CAPÍTULO 33
L a subida por los últimos peldaños se hizo más larga de lo que ya era. Las escaleras no querían soltarlos y el murmullo del agua seguía subiendo desde la cripta, más lejano, pero más insistente, como un recuerdo que no se dejaba olvidar.
Tan empujó la puerta con cuidado.
El batiente cedió con un gemido de madera vieja.
La nave de Santa Croce los recibió con una penumbra distinta a la de antes: más amarilla, más baja.
Alguien hubo encendido algunas velas dispersas, pero no los grandes focos del techo.
La luz era insuficiente para una iglesia abierta…
aunque intensa para una iglesia cerrada.
Mateo se asomó primero.
—No me gusta —refunfuñó.
No había fieles ni turistas. Ni rastro del hombre del traje. Pero algo había cambiado.
En el suelo, la piedra clara mostraba pequeñas huellas oscuras; evidencias que hacían intuir que alguien habría caminado por allí con zapatos mojados.
Las pisadas no formaban un camino nítido: daba la sensación de que aparecían y desaparecían, como si la persona se hubiera desvanecido a medio recorrido.
Clara prensó el entrecejo.
—Eso no estaba cuando entramos —dijo ella mientras señalaba al frente con el dedo.
Bellori se acercó a uno de los bancos cercanos al pasillo central. Uno estaba ligeramente desplazado, girado sobre su propio eje; probablemente alguien lo habría movido con prisa.
Una gota cayó del respaldo al suelo.
Tan levantó la vista. El techo no goteaba.
—El agua… —murmuró— está apareciendo donde no debería.
Se acercó a la pequeña pila de agua bendita junto a la puerta lateral. La superficie estaba quieta, pero al acercar la mano notó algo: el líquido vibraba levemente, como después de que alguien hubiera golpeado una nota muy grave en algún lugar de la basílica.
—Ni se te ocurra tocarla —dijo Clara, casi en un hilo de voz.
Tan retiró la mano. No hacía falta repetirlo, aunque quiso romper la tensión:
—No debería pasar nada. Está bendecida… —comentó con cierto humor fino.
Bellori chafó los labios.
—No toca estar aquí más tiempo del estrictamente necesario. —El clérigo se volvió hacia ellos y advirtió—: Cuanto más se active el nodo, más inestable será este lugar.
Un ruido lejano, metálico, llegó desde el exterior. No pareció ser de ningún motor, más bien el golpe sordo de algo pesado encajando en su sitio.
—Vámonos —ordenó Tan—. Antes de que decidan cerrarnos dentro.
La luz del día los golpeó como un cambio de dimensión.
La plaza frente a Santa Croce permanecía casi vacía.
Un par de coches aparcados, un ciclista que pasó sin mirar, una mujer mayor sentada en un banco con un bolso en el regazo.
El cielo seguía siendo una franja desvaída, pero ahora había algo más: un brillo extraño en el pavimento húmedo.
No había llovido y, sin embargo, la piedra brillaba en ciertos puntos, como regada a conciencia en zonas al azar.
Clara se agachó y tocó con la punta de los dedos una de esas manchas. No estaba empapado, solo… húmedo. Una humedad que parecía reciente.
—No viene de arriba —dijo la joven—. Viene de abajo.
Mateo miró alrededor, inquieto, y preguntó:
—¿Y el del traje?
Tan no tardó en encontrarlo. Estaba apoyado en un árbol, al otro lado de la plaza, ni cerca ni lejos. El mismo traje oscuro. La misma inmovilidad tensa. Esta vez ni siquiera fingía mirar el móvil ni un monumento. Solo los observaba.
—Ahí —señaló Tan.
El hombre no se movió. No hizo ademán de acercarse. Se limitó a inclinar la cabeza, un gesto mínimo, casi cortés… y a continuación giró levemente el cuerpo.
Quedó orientado hacia una de las calles que salían de la plaza. Una avenida discreta, sin tiendas llamativas ni turistas con cámaras. Un camino hacia el este.
—Nos está marcando la dirección —dijo Clara, con la garganta seca.
Mateo soltó una risa nerviosa.
—¿Y qué se supone que hacemos? ¿Le damos las gracias y nos vamos obedientemente hacia donde quiera?
Tan aguantó la mirada del hombre unos segundos. Sus ojos no destilaban desafío. Tampoco simpatía. Solo una especie de certeza neutra, como la de alguien que ya conociera el final del libro.
—No nos está guiando él —dijo al fin el periodista y miró el suelo—. Es la red. Él solo sabe leerla mejor que nosotros.
Bellori abrió la boca para replicar, pero algo a su derecha llamó su atención.
Una tapa de alcantarilla, cerca del bordillo, temblaba con levedad. Apenas un milímetro. Una vibración casi imperceptible que coincidía, con precisión inquietante, con el pulso que Tan sentía en la base del cuello.
—Mirad —señaló el sacerdote.
Clara se acercó.
Con cada pulso, un finísimo hilo de agua se filtraba por la junta metálica y se extendía sobre la piedra formando una pequeña línea brillante. Aunque no había fuga ni inundación.
—Está subiendo —dijo Clara—. El agua está subiendo.
Un perro, atado a una verja cercana, empezó a gemir. Se levantó, tiró de la correa, miró al suelo y luego hacia ellos con las orejas bajas… Sentía algo que no sabía cómo nombrar.
Mateo se echó la mano izquierda al pecho.
—El suelo de Roma está como respirando raro, incluso sudando —dijo el joven—. Y yo no tengo ganas de ver qué pasará cuando exhale definitivamente.
—Tenemos que salir de la línea directa de este nodo —dijo Bellori, recuperando el tono práctico—. Cuanto más tiempo permanezcamos aquí, más expuestos estaremos a lo que sea que estén preparando.
Sacó un pliego doblado de la sotana. Era un mapa, para nada moderno, de líneas torcidas y tinta desvaída, con nombres en latín y glosas añadidas al margen en una caligrafía antigua.
—¿Eso lo llevabas ahí todo el tiempo? —preguntó Mateo.
—Siempre llevo un mapa —respondió Bellori y desplegó el papel sobre un banco, sujetándolo con el paraguas—. Éste reproduce rutas de peregrinación y puntos de culto olvidados. Muchos de ellos se construyeron sobre antiguos santuarios.
Aquel mapa que sacó Bellori podría contener alguna respuesta a las incógnitas que iban irrumpiendo en el camino de los cuatro. Algún elemento, quizás, ritualístico o de poder… Algo que pudiera interesar a un grupo de personas de mente retorcida y perversa.