CAPÍTULO 32
L a humedad aumentaba a cada escalón, y el aire se volvía más y más denso, más antiguo. A mitad de la bajada, Tan notó que la respiración se le hacía más pesada. Era presión, más que cansancio. Se trataba de una presión suave, persistente, que parecía acompañar cada latido.
Clara se mantenía detrás de él, con la mano en la pared. —Esto no es una humedad normal —refunfuñó molesta—. Es como… como si estuviera viva.
Mateo gruñó, intentando mantener el humor.
—Genial. Humedad viva. ¿Qué será lo próximo? ¿Moho parlante?
Pero su voz sonó temblorosa. No había humor en ella.
Bellori, al frente, levantó la linterna. El círculo de luz reveló un corredor estrecho, con paredes de ladrillo antiguas, cubiertas por una pátina oscura. De las juntas brotaban pequeñas gotas que caían al suelo con un ritmo sorprendentemente regular.
Tan se detuvo.
—Escuchad —dijo.
El goteo no era aleatorio. Tampoco irregular. Era como un pulso. El mismo pulso que él venía sintiendo en el cuello desde Valencia.
Clara se inclinó, observando cómo una gota caía en un charco diminuto. El agua tembló al contacto, generando ondas perfectamente concéntricas, demasiado limpias para un lugar tan antiguo.
—El agua no hace eso —dijo ella en voz baja—. No así.
Bellori emitió un sonido parecido a un mugido muy corto.
—¿A qué te refieres? —preguntó tras aquel zumbido que resonó desde su nariz.
Clara pasó la mano cerca del charco, sin tocarlo.
—El agua dulce no vibra así. Ni transmite un pulso de forma tan uniforme —se incorporó, inquieta—. Tiene que haber algo disuelto. Algo que no debería estar aquí.
Mateo se alejó un poco.
—¿Algo tóxico?
Clara negó, pero sin convicción.
—No lo sé. Solo sé que… el agua está respondiendo a algo. A un estímulo externo.
—Al pulso del nodo —dijo Tan.
Bellori asintió lentamente y resaltó en voz baja:
—Si alguien quisiera amplificar una señal… usaría un conductor.
Clara lo miró fijamente.
—Pero el agua, aunque lo sea, por sí sola no es un buen conductor. Tendría que tener… impurezas. Minerales. Algo adicional —especuló la joven universitaria.
Tan sintió cierto temblor en los extremos de sus dedos y apuntó:
—Entonces están manipulando el agua del subsuelo…
Bellori dirigió sus ojos hacia el techo, tratando de atravesar la piedra con su mirada.
—Roma entera está construida sobre canales, cisternas, acuíferos… Si alguien alterara la composición del agua…
Clara completó la frase por él:
—Podría inundarla. No solo físicamente. Energéticamente.
Mateo palideció.
—¿Queréis decir que… que planean ahogar la ciudad?
Bellori negó despacio.
—No exactamente —su voz sonó grave, trágica—. Probablemente, quieren que Roma se convierta en un solo instrumento. Que toda la ciudad resuene al unísono.
Tan lo entendió entonces. Los obeliscos como antenas. Los templos como nodos. El agua como conductor… Un circuito perfecto.
—Una inundación amplificada —runruneó el periodista.
Llegaron al final del corredor. Allí esperaba una sala pequeña, abovedada, con un arco tapiado en el fondo. Los ladrillos eran modernos, toscos, como parches improvisados sobre una estructura milenaria.
Sobre la superficie de ese muro, en una zona donde el mortero se sentía más fresco, había algo escrito. Un mensaje.
Tan se acercó y lo iluminó con la linterna. Era una frase en latín, escrita con una pintura oscura:
« PER AQUAM RENASCETUR »
Clara lo leyó en voz baja.
—¿«Por el agua… renacerá»? —dedujo ella.
Bellori mordió con fuerza.
—Así es. Una sentencia ritual… la usaban sectas y sociedades secretas desde antes de la Edad Media.
Archer, casi atragantado, preguntó:
—¿Los Hijos de las Sombras?
Bellori asintió mostrando su rostro preocupado en penumbra.
Mateo engulló y preguntó con insistencia:
—¿Los Hijos de las Sombras? ¿Y renacer qué? ¿La ciudad?
Bellori negó.
—Su nuevo orden. El de una sociedad secreta ancestral.
—Los conozco sobradamente.
—¿Y eso? —preguntó Mateo.
—Tuve la desdicha de encontrarme con ellos en Londres… y en Madrid —reconoció Tan al tiempo que le temblaba un músculo de la mandíbula—. No solían usar simbología medieval, ya que se autoerigen herederos de dioses sumerios.
—Entonces… ¿en qué se basan sus creencias? —preguntó Clara.
—Parte de su doctrina procede de traducciones marginales de Qumrán —quiso añadir Bellori.
Clara parpadeó.
—¿Qumrán? —preguntó ella.
—Los Manuscritos del Mar Muerto —apuntilló el sacerdote.
Tan asintió, con una gravedad tal que silenció la estancia:
—En uno de los rollos fragmentados aparece una secta disidente que hablaba de «la purificación final» y de «las aguas de la renovación», pero no en sentido espiritual… sino físico.
Miró el muro, la frase, el símbolo completado.
—Los Hijos de las Sombras reinterpretaron esa idea —relató Tan—. Creen que una civilización solo renace después de un acto de devastación. —Alzó la linterna apenas— Para ellos, Roma no es una ciudad, es un sacrificio.
—¿Quieres decir que… —Mateo completó su pregunta con los labios secos— esta gente se basa en los mismos textos que descubrieron junto al Mar Muerto?
—En los márgenes de esos textos —precisó Tan—. En las partes que nadie quiso estudiar porque parecían demasiado apocalípticas o, quizás, incoherentes. —Su voz bajó aún más— Ellos sí las estudiaron. Y las tomaron al pie de la letra.
Un silencio espeso se apoderó del corredor.
Entonces Tan añadió, casi para sí:
—Cuando los he visto actuar… no todos hemos salido vivos —lamentó con una expresión profundamente triste.
La confesión de Archer dejó atónitos a los tres, aunque más en especial a Mateo y Clara. El conocimiento de Bellori sobre historia le dejaba en una posición distinta. Comprendía que la historia son ciclos, y ésta, aunque no tiende a repetirse, tiende a rimar.
De otro lado, debajo de la frase, casi como una firma, se podía intuir con el reflejo del haz de la linterna otro trazo: un círculo incompleto, idéntico al que Darrow había dejado en el rellano, pero este estaba… cerrado. Completado con un trazo firme.
Clara retrocedió un paso.
—Este símbolo sí está completo.
Se miraron entre todos.
—Ellos han entrado aquí. No solo Darrow.
Tan notó algo en el suelo. Una hoja de un cuaderno, mojada por las filtraciones. La recogió con cuidado. Apenas podía leerse, pero una línea destacaba con claridad:
« The water is changing »
(« El agua está cambiando »)
No decía qué. No decía cómo. No decía con qué. Y eso lo hacía aún más inquietante.
De súbito, un ruido seco resonó sobre sus cabezas. Como si algo pesado se hubiera movido en la iglesia superior.
Clara levantó la vista.
—¿Ha sido…?
Tan asintió.
—Sí.
—¿El hombre del traje? —preguntó Mateo.
—O alguien peor —vaticinó Bellori.
Las gotitas del techo comenzaron a caer más rápidas, más frías. Tan extendió la mano y dejó que una cayera sobre la piel.
Ardió.
No como quemadura. Como un calambre. Un destello eléctrico.
Retiró la mano de inmediato.
—Esto no es agua de lluvia —dijo con voz baja—. No es filtración normal.
Clara lo miró horrorizada y balbuceó:
—Tan… si están alterando el agua de esta forma…
—Pueden inundar Roma con un conductor perfecto —finalizó él—. Y amplificar el pulso hasta romperla.
Bellori apagó lentamente la linterna tras un pensamiento terrible que acababa de aterrizar en su mente, y vaticinó:
—El agua subirá.
—¿Cuándo? —preguntó Mateo.
—Cuando activen el siguiente nodo —completó el sacerdote.
Entonces, desde el otro lado del muro tapiado, llegó un sonido. Un golpe. Luego otro. Un murmullo grave de un río contenido a la fuerza. Algo colosal se desplazaba bajo sus pies.
Clara retrocedió.
—No es solo agua…
Tan la tomó del brazo.
—Vámonos. Ahora.
—Darrow salió por sus propios medios. Nosotros también debemos hacerlo —conminó Bellori.
Y mientras subían los peldaños, el murmullo se transformó en un gorgoteo inquietante. El subsuelo de Roma había empezado a despertar.
Detrás de ellos, en la penumbra de la cripta, una última gota cayó del techo. Pero no vibró al tocar el suelo. Se deslizó hacia el muro tapiado. Al encuentro de su destino.
En cambio, Roma, silenciosa arriba, parecía contener la respiración.