CAPÍTULO 31
E n el interior de Santa Croce la luz recién filtrada de la mañana apenas iluminaba las naves laterales. La basílica les recibió vacía, sin nadie alrededor que pudiera socorrerles en caso de que la situación se volviera a terciar cruelmente dramática.
Archer caminó despacio, con precaución, sintiendo cómo el sonido de sus pasos llegaba con un retardo extraño, igual que en el baptisterio. Una fracción de segundo. Nada más. Suficiente para ponerle el corazón alerta.
Bellori andaba atrevidamente adelantado, como que conocía bien el camino, y en cierto modo así era: sus pasos lo llevaron directo a una puerta lateral, a la derecha del presbiterio. No era grande. No estaba señalizada. Y tenía dos candados modernos, de acero bruñido, completamente nuevos.
Mateo suspiró:
—Qué raro. Una puerta interior en una iglesia cerrada con doble candado. Muy tranquilizador.
Bellori deslizó el dedo por la superficie. No había polvo. No había marcas antiguas. Era un cierre reciente.
—Esto antes no estaba así —titubeó el sacerdote y se encogió de hombros—. El acceso a la cripta solía estar abierto para restauradores.
Tan se agachó y examinó el suelo, donde pudo ver varias huellas marcadas en las baldosas. Especialmente una más nítida que las otras: la marca de un zapato de suela fina, más formal, con un patrón cruzado que reconoció al instante.
Entonces, Tan tuvo un presentimiento. Rápidamente sacó su móvil y rebuscó entre las fotos una imagen de una huella que recordaba haber captado antes… en Valencia.
—Darrow estuvo aquí —rumoreó Archer.
Clara se inclinó junto a él.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estas son las mismas huellas, con la misma trama y tamaño, que vimos en Valencia, en el museo.
Acto seguido exhibió la imagen al resto.
—¿Veis? Es idéntica —insistió Tan.
El silencio se cargó de tensión.
Bellori sacó un pequeño haz de llaves de su sotana. Eran llaves de archivo. De zonas que no se enseñaban a turistas.
—Intentemos con esto —dijo.
Probó tres. La tercera encajó. Un clic metálico resonó más fuerte de lo que debería; el sonido bajó por el suelo antes de subir a sus oídos.
El segundo candado, sin embargo, estaba asegurado con un sello plástico de la Sovrintendenza Archeologica di Roma . Rojo. Oficial. Intacto.
—¿Y ese? —preguntó Clara.
Bellori expiró con fuerza.
—Si lo rompemos, sabrán que alguien ha entrado.
—Ya lo saben —dijo Tan.
Los otros tres le miraron.
Tan señaló discretamente hacia el extremo opuesto de la nave.
De repente, un hombre irrumpió allí con su presencia. El mismo traje oscuro de la calle. El mismo porte quieto y fingiendo mirar un fresco. Pero en realidad no miraba el fresco, los miraba a ellos.
—Nos ha continuado siguiendo —dijo Tan.
El hombre, al darse cuenta de que lo habían visto, no mostró sorpresa. Ni incomodidad. Solo inclinó la cabeza ligeramente… como un reconocimiento. Y empezó a caminar hacia ellos.
Clara dio un paso atrás y balbuceó:
—Bellori. Decide ya.
El sacerdote dudó solo un segundo. Lo suficiente como para dejar claro que esto no era un protocolo, sino una elección moral.
Luego tomó el sello plástico y lo rompió. El chasquido sonó como un latigazo.
El hombre aceleró el paso. Tan abrió la puerta sin mirar atrás.
Un aire húmedo, casi subterráneo, escapó desde el interior, un soplo que olía a tierra mojada y a algo metálico, algo que no debería estar allí.
—Dentro —ordenó Tan.
Bajaron los primeros escalones. La oscuridad los tragó lentamente.
Bellori apagó la luz de la nave con un interruptor junto a la puerta, dejándolos en penumbra casi total.
La puerta quedó entornada y el hombre llegó justo entonces.
Se oyó su mano apoyar la palma en la madera y, tras ello, un silencio incómodo. Luego… Un clic suave. Algo se hubo deslizado —quizá una navaja, quizá una lámina metálica— por la rendija de la puerta, evaluando el cierre.
Mateo contuvo la respiración y Clara sintió su pulso en el pecho acelerarse hasta asustarle.
—No está intentando entrar —apostilló Tan.
—No —dijo Bellori, con un tono grave, casi resignado—. Está esperando a ver por dónde salimos.
Tan hubo cerrado la puerta desde dentro, aunque el hombre no hizo ademán de abrirla. Pero tampoco se alejó.
Su silueta seguía allí, quieta, detrás de la madera, y los cuatro lo sabían sin necesidad de verlo. Podían sentir su presencia al otro lado, como un peso apoyado en la puerta. Un guardián o un mensajero, o algo peor: alguien que también entendía la red.
Bellori encendió una linterna.
—Rápido —dijo—. Si Darrow bajó aquí… seguro que dejó algo.
Tan descendió el primer tramo de escaleras. Las paredes rezumaban condensación de agua, y ello se notaba al inhalar. Se sentía un ambiente palpitante, la cripta respiraba en ciclos lentos.
Y entonces lo vieron. En el segundo rellano. Trazado con tiza gris, casi disuelto por el agua.
Un símbolo. El mismo patrón vibratorio del baptisterio. El mismo del obelisco. Pero aquí… incompleto. Dos líneas rotas. Borradas a propósito.
Clara se llevó una mano a la boca.
—Darrow estuvo aquí —exhaló.
Tan pasó los dedos por la tiza sin tocarla.
—No solo eso —interpretó—. Intentó impedir que alguien siguiera su camino.
Bellori bajó la linterna y añadió:
—Pues no lo consiguió.
Al fondo del corredor, muy abajo, muy lejos… un murmullo se elevó como una exhalación profunda. Era agua moviéndose. Resonando o llamando o… advirtiendo.
Y ahí fue cuando la cripta tembló apenas un segundo. Entonces supieron que acababan de cruzar un umbral del que era difícil —quizá imposible— dar vuelta atrás.