Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 30
34%

CAPÍTULO 30

L a Via Conte Verde tenía el aspecto de una calle cualquiera a esa hora: persianas a medio subir, el olor tenue a pan recién hecho, alguna scooter aparcada de cualquier manera. Pero a mitad de la acera, un grupo de operarios municipales rodeaba una zanja recién abierta en el pavimento.

Un generador portátil emitía un zumbido irregular. No era el típico sonido mecánico: había algo desigual. El motor parecía estar respondiendo a un pulso que venía de otra parte.

Tan redujo el paso.

—Esperad —exhortó Archer.

Uno de los operarios levantó la vista al verlos acercarse. Tenía la cara manchada de polvo y un cigarrillo apagado pegado al labio.

—Zona restringida —dijo sin brusquedad, pero sin ánimo de dar explicaciones.

Bellori mostró su acreditación de la diócesis —una maniobra que en Roma abría puertas que ningún documento oficial lograba abrir del todo.

—Solo una pregunta, hijo —dijo el sacerdote—. ¿Problemas con la red?

El operario gruñó y se quitó el casco, pasándose la mano por la frente sudada.

—Más que problemas… rarezas. Los sensores de presión se han vuelto locos desde la madrugada. Marcaban picos irregulares; el agua había empezado a pulsar en vez de fluir.

Clara apretó los dientes.

—¿Pulsar?

—Sí, signorina . Empuja y luego se detiene un segundo.

Hizo un gesto hacia el generador.

—Y este condenado trasto responde al mismo ritmo. Va y viene. Va y viene.

Mateo se inclinó hacia la zanja, curioso. Dentro, entre tierra húmeda y fragmentos de tubería antigua, corría un hilo de agua marrón. No era mucho, pero literalmente vibraba.

—¿El agua vibra así normalmente? —preguntó.

El operario soltó una carcajada ronca.

—¿Normalmente? No. Esto parece una cafetera rota. Si sigue así, nos tocará cambiar medio tramo de tubería.

Otro operario desde el interior de la zanja intervino:

—A lo mejor es como la otra vez.

—¿Qué otra vez? —preguntó Tan, de inmediato.

El hombre que estaba dentro se secó el sudor con el dorso de la mano.

—Hace unas semanas. Vino un tipo raro. Alto, canoso. Llevaba un cuaderno lleno de dibujitos.

Clara abrió los ojos.

—¿Qué hacía?

—Nos preguntó por las conducciones antiguas. No por las modernas. Quería saber qué tramos databan de época imperial. —Se rio— Parecía más interesado en la tubería que en la iglesia de al lado.

—¿Preguntó por algo más? —insistió Tan.

—Sí —dijo el operario—. Quería saber si habíamos notado… aún recuerdo la expresión: «vibraciones inconsistentes». Lo dijo así, palabra por palabra. Lo llamábamos «el profesor del agua».

Mateo y Clara intercambiaron miradas. Darrow. No había duda.

Bellori se aclaró la voz.

—¿Recuerdan hacia dónde se dirigió?

Los operarios se encogieron de hombros. Uno señaló con la llave inglesa hacia el este.

—Hacia allí, en dirección a Santa Croce. Lo vimos cruzar el parque. —Se encogió de hombros— Vaya usted a saber qué buscaba ahí abajo.

Tan sintió de nuevo el pulso en su cuello —ese tirón leve que le había acompañado desde Valencia— intensificarse un instante.

El agua volvió a vibrar en la zanja. El generador respondió con un chasquido.

Clara dio un paso atrás.

—No es el agua —aseguró—. Es lo que se mueve a través del agua.

El operario, sin entender, tiró de la palanca del generador.

—Bueno, señores, lo que sea. Mientras no reviente la calle, mejor para todos.

Bellori agradeció la información y se apartaron.

Mientras se alejaban, Archer se giró y les preguntó en voz alta:

—Una última pregunta. ¿Vestía una gabardina gris?

—Sí. En efecto —respondió el operario.

Así, siguieron caminando hacia Santa Croce. Pero el aire había cambiado. Roma ya no parecía solo una ciudad. Era una red. Un organismo que respiraba bajo ellos. Y Darrow había estado estudiando su sistema cardiovascular.

Al final de la avenida, la fachada discreta de Santa Croce in Gerusalemme apareció entre los árboles: sencilla, severa, como evitando llamar la atención a propósito. No impresionaba por la fachada. No era su intención.

A diferencia del Laterano, no se alzaba para dominar la ciudad, sino para esconderse en ella.

El edificio parecía casi modesto, de piedra clara y líneas sobrias, como una iglesia que hubiera aprendido a hablar en susurros para no despertar lo que dormía bajo sus cimientos.

Entre los árboles del pequeño jardín frontal, el aire era más frío y húmedo. Tan lo notó de inmediato: cada paso sobre la grava ligera producía un crujido apagado; el suelo parecía ser más blando de lo que debería.

Bellori señaló la estructura con el paraguas.

—Ésta es una de las basílicas más antiguas de Roma —dijo—. Surgió sobre los restos del palacio de Helena, la madre de Constantino. Bajo estas paredes hubo salones, pasadizos, cisternas… y algo más.

Clara observó la fachada sin parpadear.

—No parece peligrosa.

—Porque fue diseñada para no parecerlo —respondió Bellori—. Pero si supieras cuántas filtraciones, túneles sellados y depósitos hay bajo esta tierra…

Un golpe seco retumbó de lejos, resonaba desde el estómago de la tierra.

Mateo balbuceó:

—¿Eso ha sido…?

—Agua —dijo Tan antes de pensarlo—. Moviéndose.

Bellori sonrió sin humor.

—Bienvenidos a Santa Croce. Aquí es donde Roma empieza a hablar desde abajo —dijo Bellori, más serio que nunca—. Aquí empiezan los túneles más antiguos. Las catacumbas secundarias. Y el agua que vimos antes fluye bajo este lugar.

Mateo bufó.

—Perfecto. Otra iglesia encantadora.

Pero Tan no lo escuchaba. Algo vibraba de nuevo. No en el suelo. No en el aire. En él. Un pulso grave, idéntico al del baptisterio.

Cuando llegaron a la sombra de Santa Croce, Bellori se detuvo con una expresión que ninguno le había visto antes. Causaba mucho respeto.

—Hay algo que debéis saber sobre estas catacumbas —dijo en voz baja—. No todas aparecen en los planos.

Miró a Tan, como buscando una reacción.

—En el siglo XIX, durante unas obras, se descubrieron galerías que no coincidían con ninguna ruta cristiana conocida. Túneles sin cruces, sin nichos, sin señales de culto —relató el sacerdote.

Se acercó un poco más, como temiendo que alguien pudiera escucharles, cuando completó:

—Se decía que eran demasiado húmedos para haber sido usados por los primeros cristianos. El agua corría por ellos; venía de algún río subterráneo que nadie logró identificar.

Clara se mordió el labio y preguntó:

—¿Y qué hicieron? ¿Los revisaron?

Bellori negó con la cabeza con un suave balanceo.

—No. Los sellaron. Todos.

Su voz bajó aún más.

—Pues dos de los obreros que trabajaron allí dijeron haber oído algo. No eran voces, ni pasos… Era como un rumor. Un murmullo que subía desde más abajo.

—¿Como si el suelo respirase? —completó Tan.

—Efectivamente.

Mateo retrocedió un paso y preguntó:

—¿Y nadie volvió a entrar?

—Darrow quiso. —Bellori suspiró y reveló—: Pidió acceso. Le dijeron que no existían. Que no había nada allí abajo. Pero los documentos que yo mismo consulté… —calló un instante— digamos que eran demasiado insistentes en negar algo que nadie les preguntó directamente.

Tan sintió el pulso en la base del cuello intensificarse. La vibración no venía del templo. Venía del subsuelo. Y era idéntica a la del baptisterio.

Clara lo notó también. Su cara palideció.

—Tan —reanudó ella—. ¿Lo sientes?

Él asintió lentamente.

—Estamos encima del segundo nodo.

Y con esa certeza clavada en la piel, cruzaron el pequeño atrio y se dirigieron hacia las puertas de Santa Croce, donde la penumbra los esperaba consciente de que iban a entrar.