CAPÍTULO 29
C ruzaron la plaza del Laterano con el paso apretado, como quienes saben que quedarse quietos es peor que avanzar sin rumbo. Roma despertaba a ritmo pausado a esa hora, sin saber todavía si iba a ser ciudad o escenario.
Tan caminaba unos pasos por delante, consultando el cuaderno de Darrow como brújula antigua. No había nada explícito allí —solo trazos, fragmentos, curvas suspendidas entre líneas rectas— pero cada vez estaba más seguro de que el científico no había dibujado al azar.
A su lado, Bellori señalaba con el paraguas en la dirección del sol naciente e indicaba:
—El obelisco de Santa Maria Maggiore está en esa línea —dijo con voz baja—, pero el que debería estar en Santa Croce sería aún más antiguo. Y más… problemático.
—¿Problemático por qué? Si ahí no hay ninguno —preguntó Mateo.
—Porque podría haber sido movido. Cambiado de sitio. Descontextualizado.
Se giró un instante hacia ellos.
—Y todos los objetos que se sacan de su contexto… suelen intentar volver.
Clara arrugó el ceño.
—¿Cómo que «volver»? Es un obelisco, no un perro perdido.
Bellori sonrió con esa paciencia de profesor al borde del cinismo.
—Clara, en Roma nada está quieto. Ni la piedra. Ni la historia. Ni lo que creemos que pertenece a un solo lugar. —Alzó un dedo y reseñó— Los monumentos dependen del lugar donde se plantan, igual que los órganos dependen del cuerpo donde laten. Mueves uno… y alteras el sistema entero.
A Mateo se le erizó el vello.
—Entonces… si este «sistema» estaba incompleto, supongo que alguien lo está completando ahora.
—Exacto —dijo Tan—. Darrow lo insinuó: « Roma está desafinada… aún ». —Pasó la página— Si el Laterano es el primer nodo, el segundo debería estar…
Se detuvo. En la esquina de Via Merulana, un hombre con traje oscuro estaba quieto, petrificado. Parecía estar consultando un mapa, pero no movía la cabeza. Solo los ojos.
Cuando Tan volvió a mirar, el hombre ya caminaba en dirección contraria. Demasiado rápido y preciso.
—No estamos siendo discretos —gruñó Tan a regañadientes.
—Nunca lo somos —respondió Clara—. Solo que creemos que sí.
Siguieron adelante. Piedras gastadas, balcones con ropa tendida, motos aparcadas torcidas. Una Roma tan cotidiana que parecía empeñada en no revelar nada… salvo a quienes sabían qué mirar.
Llegaron a la altura de un cruce. En el centro, junto a un pequeño jardín urbano, había una señal turística. Tan se acercó casi sin pensar, como si algo tirara de él.
La señal no tenía nada especial: una flecha, un texto, un dibujo del obelisco de Santa Maria Maggiore. Aunque algo se percibía extraño.
—¿Veis esto? —dijo Tan señalando el grabado del obelisco.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Mateo.
—La orientación —dijo Clara de inmediato—. Está invertido.
Tan asintió.
—Exacto. Este dibujo muestra la sombra del obelisco —alzó la mirada y la lanzó al horizonte— en la dirección contraria de la real.
Bellori se inclinó, ajustándose las gafas.
—No es un error de impresión —apuntó—. Estas placas las revisa la Sovrintendenza . Nunca se equivocan en esto.
—Pues alguien las ha cambiado —dijo Tan—. O las ha sustituido.
Mateo puso los ojos en blanco y replicó:
—Perfecto. Ahora también cambian señales turísticas. ¿Qué será lo siguiente? ¿Los semáforos?
Pero Clara estaba mirando algo más.
—Esto no es un error. Es un mensaje —dijo ella tocó la placa.
Estaba templada, como recién instalada.
—Nos están diciendo que el siguiente nodo no es el obelisco que creemos.
Tan sintió un latido en la sien, sin dolor. Simplemente un pulso.
—Santa Croce —premonizó él—. Es el otro. El más alterado. El que fue movido.
Miró la placa invertida.
—Y esta señal está «haciendo sombra» hacia allí… Literalmente.
—¿Quién demonios deja mensajes en placas turísticas? —preguntó Mateo.
Bellori soltó un suspiro cargado de resignación.
—Los mismos que insertan piezas metálicas en obeliscos de hace treinta siglos. —Señaló con el paraguas hacia el este— Santa Croce está a veinte minutos a pie. Y si Darrow pasó por aquí… también pasó por allí.
Clara se sobrecogió:
—¿Y si nos están guiando hacia una trampa?
—Entonces ya estamos dentro —replicó Tan—. La única salida es seguir adelante.
La calle se estrechaba mientras avanzaban, al tiempo que Roma les conducía por un embudo invisible. Las fachadas se inclinaban sobre ellos. El murmullo de la ciudad subía y bajaba de intensidad sin razón aparente.
Al final de la vía, tras una hilera de árboles, se adivinaba la silueta cuadrada y discreta de Santa Croce in Gerusalemme.
Bellori se detuvo un momento.
—Aquí comienzan las iglesias de la Reliquia —dijo—. Lugares que guardan fragmentos de lo que no debería existir en el mundo físico.
Mateo castañeteó levemente los dientes, y se pronunció:
—Genial. Más piezas de museos peligrosas.
Pero Tan ya no escuchaba. Había notado algo. Un temblor sutil en el pavimento. No un tráfico lejano. Ni un metro pasando por debajo. Era otro pulso. El mismo que había sentido en el baptisterio. Más débil. Pero idéntico.
Clara lo sintió también. Lo supo por la forma en que se tensó, y se llevó una mano al pecho.
—Es la misma vibración… —corroboró ella con visible cautela.
Tan miró hacia la iglesia.
—El segundo nodo —añadió él—. Está activo.
Y la idea se clavó en ellos como un presentimiento inevitable: No estaban mapeando Roma. Roma estaba mapeándolos a ellos.