CAPÍTULO 28
S alieron del baptisterio como quien emerge de un sueño denso, con la sensación de que el ambiente de fuera era más ligero, aunque no más seguro. El cielo seguía manteniendo una franja indecisa entre gris y azul, y la plaza del Laterano parecía continuar vacía a propósito.
Mateo se detuvo justo al cruzar el umbral.
—Respirad. Solo… respirad un segundo —se inclinó hacia las rodillas, sin quejarse, pero sin disimular el temblor.
Clara se apoyó en la barandilla de piedra.
—No sé qué era eso. No sé qué vibraba. Pero no era el edificio. Era… —miró hacia la cúpula octogonal y luego al suelo— algo de debajo. Algo que lleva siglos sin moverse.
Tan clavó la mirada en el obelisco que dominaba la explanada. Jamás lo había visto tan… presente.
El Obelisco Lateranense se alzaba como una lanza fósil de cuarenta y cinco metros, traída desde el templo de Amón-Ra de Karnak, tallada para honrar a faraones muertos hace tres mil años. Una mole de granito rojo que parecía absorber la luz del amanecer.
Y, sin embargo, algo en él devolvía esa luz hacia el baptisterio. Como si formaran parte del mismo organismo.
Bellori caminó hacia el obelisco con pasos lentos, casi reverentes.
—Darrow pasó por aquí antes que vosotros —reveló sin proyectar prácticamente su voz—. Me lo dijo una restauradora. Lo vieron rodear el obelisco tres veces. Tomar notas. Golpear suavemente la base con un pequeño martillo metálico.
—¿Golpearlo? —repitió Mateo—. ¿Pero para qué?
—Para esto —dijo Tan, tocando la piedra del pedestal.
Una vibración minúscula recorrió el granito. Tan retiró la mano de inmediato.
—No puede ser… —susurró—. Es el mismo patrón. La misma fase que la pila del baptisterio. Están en sincronía.
Clara frunció el ceño, procesando y preguntó:
—¿Quieres decir que… que el obelisco y el baptisterio están conectados?
—Quiero decir —respondió Tan— que alguien los ha hecho resonar juntos. O que siempre se supo que debían hacerlo.
Bellori se acercó y pasó los dedos por una franja del pedestal donde la piedra era más oscura.
—Esto fue abierto hace unos meses —explicó el clérigo—. Hubo una inspección arqueológica. La cerraron dos días después. Sin explicación.
Entonces Mateo quedó paralizado.
—Hay algo aquí —indicó el joven.
Se agachó. Señaló una hendidura casi invisible en el lateral del pedestal, apenas un milímetro de profundidad; parecía que alguien hubiera insertado algo allí y luego lo hubiera sacado.
Tan se acuclilló junto a él.
—Un hueco… de forma cilíndrica —detalló Archer.
—Como la cápsula del baptisterio —reveló Clara con apenas un hilo de voz.
Los cuatro se miraron. El aire pareció tensarse. Luego, Bellori retiró un poco la tierra acumulada en el hueco. Algo metálico asomó. Lo extrajo con cuidado, usando el pañuelo del bolsillo para no tocarlo directamente.
Era una pieza fina, delgada, como una lámina curva de bronce envejecido. Tenía el tamaño de una uña.
Bellori sostuvo la pequeña lámina de bronce con cuidado, girándola entre los dedos como a un fósil recién descubierto.
—Curioso —comentó—. Muy curioso.
Tan arqueó una ceja.
—¿El qué?
Bellori resopló, con ese tono de erudito cansado de ver repetir errores milenarios y explicó:
—Que durante siglos la humanidad se dedicó a quitar metal de los edificios antiguos y, ahora… parece que alguien está empezando a ponerlo de nuevo.
Mateo apretó la mandíbula.
—¿Cómo que quitar?
Bellori señaló el pedestal del obelisco con un gesto desdeñoso.
—En Roma —comenzó el sacerdote—, nada es lo que fue.
Todo está parcheado, remendado o directamente saqueado.
¿Sabéis por qué el Coliseo tiene tantos agujeros en sus muros?
No es por los terremotos ni por ataques directos.
Bueno, no solo. —Se inclinó ligeramente hacia ellos— Es porque desmontaron su armazón.
Sacaron las grapas de bronce que unían los bloques de travertino.
Toneladas de metal. Las fundieron para hacer armas.
Cañones. Ballestas. Lo que hiciera falta en cada guerra.
—¿En serio? —preguntó Mateo.
—Por supuesto —respondió Bellori—. El Coliseo era prácticamente una mina de hierro vertical.
Le arrancaron el esqueleto. Y claro… luego la gente se preguntaba por qué se venía abajo.
—Sonrió con ironía— Quitas las grapas de un edificio de cien mil toneladas y lo sorprendente no es que se derrumbe.
Lo sorprendente es que no te caiga encima en ese mismo instante.
Clara entrecerró los ojos, mirando la lámina de bronce.
—¿Y dices que hacían esto en todos los edificios?
Bellori alzó un dedo y respondió:
—No en todos. Pero sí en muchos. Templos, arcos, incluso obeliscos.
Si tenía metal, se lo llevaban. La historia de Roma no es solo construir sobre capas…
también es saquear las anteriores. —Luego señaló la hendidura del pedestal— Y ahora, de repente, alguien decide volver a insertar piezas metálicas donde antes las arrancaron.
Después de siglos extrayendo, ahora alguien… inserta.
Mateo proyectó una mueca y especuló:
—Estarán rearmando algo que antes desarmaron.
—Exacto —dijo Bellori—. Como cerrando un circuito que nuestros antepasados se preocuparon de dejar abierto.
Tan se ruborizó.
—Darrow siempre decía que Roma nunca estuvo desconectada… solo incompleta —comentó el periodista.
Bellori levantó la lámina de bronce, donde brillaba la palabra:
« TONITRUS »
—Pues quizá —dijo— alguien está empezando a completarla.
Pero lo que importaba era el grabado. Una serie de líneas rectas, cruzadas. El mismo patrón del baptisterio. Y, debajo, una única palabra en latín: « TONITRUS ».
Bellori la pronunció en voz baja.
—«Trueno».
Tan sintió un temblor recorrerle la espalda.
—O… «estallido».
—O «descarga» —añadió Bellori, sombrío.
Mateo miró el obelisco, el baptisterio y a los demás; trataba de entender el tamaño del tablero donde estaban jugando. Y entonces les preguntó:
—¿Estáis pensando lo mismo que yo?
—Sí —dijo Tan—. Esto no es una pista aislada. Es una red. Un sistema.
—Un dispositivo —concluyó Clara.
El viento sopló desde la Via Merulana, levantando un remolino de polvo alrededor de la base del obelisco. Por un instante, el aire pareció vibrar de nuevo, como un zumbido grave apenas audible.
—El apagón español —arrojó Tan y miró alrededor, por si alguien pudiera escucharlo.
—Darrow dijo que habría un «trueno» antes de la activación. Un pulso… o una descarga —reprodujo Bellori.
Clara oprimió la mandíbula.
—¿Y qué se supone que va a pasar aquí, en Roma?
Bellori deslizó el dedo por la palabra TONITRUS.
—Si Darrow tenía razón… —engulló—, aquí no habrá un trueno —alzó la vista hacia la inmensidad del obelisco. —Aquí habrá… muchos.
Mateo dio un paso atrás, incapaz de apartar los ojos del coloso de granito.
—¿Cuál es la siguiente marca? —preguntó.
Tan petardeó ligeramente con los labios. Miró hacia la archibasílica, hacia las calles que se abrían en abanico desde la plaza.
—Si esto es una red, el próximo nodo estará en línea recta con este. —Señaló hacia donde el sol comenzaba a elevarse— Hacia el este. Hacia donde Darrow siempre dibujaba la curva ascendente de energía.
Clara tensó la mirada.
—¿Sabes a dónde apuntas?
Tan asintió lentamente y respondió:
—A otro obelisco. A otra pieza perdida del mapa. —Miró a Bellori y le conminó—: Vamos. No tenemos tiempo.
Y echaron a andar, dejando atrás el baptisterio y el obelisco, que parecían observarlos marcharse como dos centinelas milenarios… sincronizados por primera vez en siglos.