Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

E l sonido de sus pasos sobre el pavimento antiguo parecía más alto de lo que debería; el aire del amanecer ya no absorbía del todo el ruido. Cada eco llegaba con un retardo mínimo, casi imperceptible… pero lo suficiente para que Tan sintiera un cosquilleo por todo el cuerpo.

Esa ligera desincronización no era normal. No en un espacio abierto.

A esas horas, el baptisterio de San Juan de Letrán se alzaba como un octógono de sombras azules y piedra antigua.

Las columnas exteriores parecían más gastadas que las de la basílica, y sin embargo conservaban una dignidad severa, intacta, como construidas para soportar no solo siglos, sino algo más…

Bellori avanzó primero.

—Recordad —avisó—, este edificio no fue diseñado para impresionar. Fue diseñado para transformar.

Mateo cerró la boca y no dijo nada. Clara se frotaba los brazos, aún con el miedo a la cuerda que ya no estaba marcada.

Tan empujó la puerta.

El interior irrumpió prácticamente a oscuras. La primera luz débil del día entraba por los ventanales altos, rompiéndose en fragmentos oblicuos que no llegaban a alcanzar el suelo. El ambiente allí dentro era frío, y evocaba a algo… detenido.

En el centro, la pila bautismal ocupaba el espacio como un pequeño lago circular de mármol rojizo. El agua estaba quieta. En ella no se dibujaba ni la más mínima onda.

No había un solo guardia. No había turistas. Ni siquiera se oía el murmullo de la ciudad.

—Qué mal rollo. No me gusta esto —protestó Mateo.

—A mí tampoco —admitió Clara, y era evidente que no se limitaba a hablar del edificio.

Bellori se acercó a la pila. Pasó los dedos por el borde. La piedra vibró suavemente.

Tan la sintió desde donde estaba, como una onda que se deslizaba por el suelo hasta sus zapatos.

—Bellori… —dijo Tan, avanzando con cautela—. Eso no es normal.

—Por supuesto que no es normal —respondió el archivero sin apartar la mirada del agua—. Darrow estuvo aquí y midió algo que no supimos comprender.

Clara se inclinó y escuchó. No oyó nada… y eso la inquietó más.

—No hay eco —dijo—. En un octógono como este debería haberlo. Pero… nada. Parece que el sonido no quiere quedarse.

Tan apoyó la mano en una de las columnas interiores. Se sentía excesivamente fría.

Un golpe sordo retumbó desde las profundidades. Uno. Solo uno. Pero fue suficiente para que el agua de la pila temblara con un anillo perfecto.

—¿Habéis oído eso? —preguntó Mateo.

—Lo hemos oído todos —respondió Tan.

Bellori retrocedió un paso y señaló el borde exterior del baptisterio:

—Mirad.

Había algo grabado en la piedra. No era moderno. No parecía restauración reciente. Era una serie de líneas rectas, cruzadas, que formaban una figura geométrica incompleta, casi idéntica a la que habían visto en Valencia cerca de la Ciudad de las Ciencias.

Clara se agachó.

—Esto es… —tocó una línea—. Esto es una frecuencia. Un patrón. Darrow intentó replicar esto en su cuaderno. Mira, Tan. Es la misma secuencia cortada que vimos junto a la pasarela del museo.

Mateo miró a su alrededor, nervioso y preguntó de forma retórica:

—¿Y quién demonios graba una frecuencia en la piedra de un baptisterio del siglo IV?

Tan se puso en pie con gesto lento.

—Alguien que sabía que este edificio no es solo un edificio. Alguien que sabía que Roma tiene… otros niveles.

—Como dijo Bellori, «capas que no quieren que salgan» —añadió Mateo.

Bellori abrió la boca para responder, pero se quedó quieto, inmóvil.

—¿Qué pasa? —preguntó Clara.

El sacerdote no respondió de inmediato. Solo levantó la mirada hacia la galería superior, el nivel alto del octógono.

En la penumbra, una silueta se recortaba entre dos columnas. Seguía inmóvil. Observando.

Tan sintió cómo el corazón le daba un pequeño vuelco. Era imposible distinguir rasgos, pero la postura… la postura era exacta: Un hombre; quieto; con un paraguas apoyado en el suelo.

—No puede ser… —gruñó Mateo.

La figura no se movió. Ni un centímetro.

Nuevamente, con esa presencia, el aire parecía más denso. Más frío.

Y entonces, sin ruido alguno, sin un solo paso, la silueta retrocedió… y desapareció detrás de la columna.

Tan corrió hacia la galería. Subió las escaleras laterales. Llegó arriba.

Vacío. Solo columnas antiguas, sombras y el sonido de su propia respiración.

—No hay nadie —dijo desde arriba.

Nadie quiso creerlo.

Clara se fajó más el abrigo alrededor del cuerpo.

—Nos está siguiendo desde Valencia.

—No —corrigió Tan mientras bajaba los escalones—. No nos sigue. Nos… precede.

Bellori volvió a la pila bautismal. El agua estaba otra vez quieta. Pero la vibración no había cesado del todo.

—Darrow tenía razón —dijo el sacerdote casi en un rezo—. Roma no es la meta. Roma es la llave.

El eco de la palabra llave pareció hundirse en las piedras.

Tan lo entendió de golpe. El hombre del paraguas no los estaba advirtiendo. Los estaba guiando hacia algo. Algo que Darrow descubrió justo antes de desaparecer.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Tan. Miró a los otros tres—. Y seguir la siguiente marca. Donde sea que nos lleve.

Mateo, que se pasó la mano por la frente, intentando ocultar el temblor, refunfuñó:

—Genial. Perfecto. Entramos en la ciudad eterna y ya tenemos a un tío siguiéndonos por edificios del siglo IV.

—No es un tío —replicó Clara en voz baja—. Es un custodio. Igual que los de anoche.

—Pero este no nos ataca —dijo Bellori—. Este… nos acompaña o nos precede. Parece querer que comprendamos algo.

Tan miró una vez más las líneas grabadas en la piedra. Eran antiguas, pero no pertenecían a ninguna restauración documentada.

Un mensaje. Un patrón. Un mapa.

—No es solo que Roma tenga capas —especuló Tan—. Es que alguien las está haciendo vibrar.

Y la idea le atravesó el pecho como un instinto primitivo: ¿Y si el apagón que ocurrió en España en 2025 no fue un accidente? ¿Acaso fue un ensayo? ¿Y Roma…? ¿Es la activación?