CAPÍTULO 26
E l vestíbulo del hotel olía a café recalentado y papel viejo. A la luz mortecina del amanecer, todo se divisaba más gris, menos amenazante… pero también más falso, como un decorado terminado después de la función.
El recepcionista levantó la vista al oír las ruedas de las maletas.
—¿Se marchan tan pronto? —preguntó con un italiano adormilado.
—Compromisos imprevistos —respondió Bellori—. Dejamos las llaves aquí.
El hombre asintió sin insistir. Sin hacer preguntas. Acostumbrado a que la gente llegara y se fuera con historias que era mejor no conocer.
Salieron a la calle.
Roma, a esa hora, era otra ciudad. Las persianas de los comercios seguían bajadas, las aceras casi vacías, algún coche rezagado, una moto solitaria. El cielo era una franja pálida detrás de la trama de edificios.
—No puedo quitarme de la cabeza su voz —manifestó Clara mientras caminaba con un brazo sobre el pecho, protegiéndose del recuerdo.
—Yo tampoco —confesó Mateo sin mirarla—. Fue como si… como si supiera que íbamos a estar allí.
Tan constriñó la mandíbula y afirmó:
—Es porque lo sabía.
Un taxi se detuvo tras un gesto de Bellori.
—San Giovanni in Laterano —dijo el archivero al conductor.
El hombre lo miró por el retrovisor, luego a los otros tres, y asintió.
—A esta hora está tranquilo —comentó—. Así que buena idea.
Tan observaba por la ventana mientras el coche avanzaba por Via Cavour. Pasaron junto a fachadas desconchadas, grafitis, alguna ruina suelta que emergía como un diente antiguo entre edificios modernos. La ciudad parecía estirarse desperezándose.
Clara llevaba todavía la mano en el cuello, asegurándose de que la cuerda no seguía ahí. Mateo miraba fijamente el respaldo del asiento delantero, ausente. Bellori mantenía los ojos fijos en la ciudad. Parecía contar mentalmente los siglos que habían pasado sobre cada piedra.
Mateo desvió por fin la mirada del respaldo y dijo:
—A mí me faltaba aire, aunque no me tocara la cuerda.
—¿Te duele? —preguntó Tan, sin apartar la vista de la ciudad.
Clara asintió.
—Menos que anoche. Pero… —hizo una pausa—. No es solo dolor. Es la… sensación de que algo aún está ahí. Como falta de aire.
—Los Custodes Tenebrarum no atacaban al azar —dijo de pronto el sacerdote—. Elegían el lugar, la hora y al testigo. Todo forma parte del mismo mensaje.
—Estupendo —bufó Mateo—. Entonces no soy paranoico, ¿verdad?
—No —respondió Bellori—. No esta vez.
En un balcón de un edificio antiguo, una figura permanecía quieta, apoyada en la barandilla, con un abrigo oscuro. Tan no supo decir por qué, pero tuvo la impresión de que los ojos de esa persona no seguían al taxi, lo estaban esperando.
Parpadeó. Cuando volvió a mirar, el balcón estaba vacío. No dijo nada.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara, que notó el cambio en su respiración.
—Nada. O… no sé. Creí ver a alguien —respondió Tan.
—A estas horas todo parece alguien —intentó suavizar Mateo sin lograrlo.
El taxi dobló por una avenida más amplia. De pronto, el paisaje cambió. A lo lejos, sobre una explanada abierta, se alzaba la fachada del Laterano. Imponente. Sobria. Sin la ostentación barroca de San Pedro, pero con una solemnidad todavía más pesada.
El coche se detuvo cerca de la plaza. El conductor señaló con la cabeza.
—Ahí la tienen. San Giovanni —dijo—. La catedral de Roma.
La palabra catedral resonó de forma distinta después de todo lo que Bellori les hubo explicado.
Bajaron del taxi.
El aire soplaba más frío allí. La explanada casi vacía. La fachada blanca de la archibasílica se recortaba contra un cielo que aún no había decidido si quería ser día por completo. Las estatuas gigantes de Cristo y los santos coronaban el edificio, observándolos desde su altura desproporcionada.
Clara se arrebujó en el abrigo.
—No parece una iglesia —apostilló—. Parece… un tribunal.
—Porque lo fue —respondió Bellori—. Aquí se decidieron destinos de reinos enteros. Aquí se dictaron condenas, se proclamaron verdades absolutas. Y debajo de todo eso… —miró el pavimento, antiguo y gastado— hay capas que la historia oficial prefiere no recordar.
—Al fin y al cabo, dicen que Roma es como una lasaña —comentó Tan—. Según se excava se encuentran capas de historia con construcciones sobre construcciones.
—Sí. Pero algunas capas… se dejaron enterradas por una razón —avisó Bellori.
Y en aquel instante, Archer sintió algo distinto a lo que había sentido en San Pedro. Allí, la grandiosidad aplastaba. Aquí, la severidad juzgaba.
—¿Y el baptisterio? —preguntó Mateo, en voz baja.
Bellori señaló hacia un lateral del complejo, donde se alzaba un edificio octogonal, algo separado del cuerpo principal, con un aire más antiguo aún.
—Allí —dijo—. El más antiguo de Roma. El primer umbral entre el «antes» y el «después» para miles de almas.
Los cuatro se quedaron unos segundos en silencio, contemplando la estructura.
De dentro, tenue, llegó un eco metálico. Un golpe profundo, el estruendo de una puerta pesada al cerrarse o de algo grande moviéndose.
Clara contuvo el aliento.
—¿Hay alguien ahí dentro? —titubeó ella.
Bellori estrujó el puño sobre el mango del paraguas y advirtió:
—A partir de este punto —dijo, sin apartar la vista del baptisterio—, si algo sale mal, nadie podrá ayudarnos.
Y echaron a andar hacia el umbral. Hacia el lugar donde el agua, la piedra y la sombra llevaban siglos esperando.