Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

E l amanecer llegó sin pedir permiso. Roma no despertó de golpe, sino a base de matices: un cambio de temperatura en los pasillos del hotel, un gris más claro en las cortinas, un murmullo lejano de tráfico que volvía a encenderse.

La noche no se había ido del todo. Simplemente se había retirado a los rincones.

Clara abrió los ojos con la sensación de no haber dormido, aunque el reloj del móvil decía lo contrario.

Le dolía la cabeza, la nuca… y, sobre todo, el cuello.

Se incorporó despacio. Al pasar los dedos por la piel notó el relieve irregular de la marca.

La soga carmesí. El recuerdo apretado sobre la carne.

Inspiró hondo y se le escapó alguna lágrima. El aire de la habitación olía a humedad, a champú barato y a un eco leve de miedo.

En la mesilla, Tan estaba sentado en una silla arrimada a la cama, inclinado hacia adelante, con los codos en las rodillas. No se había quitado la camisa. Los ojos, rodeados de ojeras, delataban que no había pegado ojo.

Entre sus dedos, la soga roja formaba un ovillo inquietante.

—¿Has estado aquí toda la noche…? —inquirió Clara, con la voz áspera.

Tan alzó la mirada.

—No me fiaba de la ventana —respondió, intentando una media sonrisa que no le salió—. Y tú roncas un poco.

Clara esbozó una mueca que no sabía si era risa o un intento de huir de sí misma.

—Me duele el cuello —dijo ella.

—Lo sé.

Hubo un silencio corto, cargado.

Tan se puso en pie y dejó la cuerda sobre la mesilla. No soportaba seguir tocándola.

—Pensaba que… —Clara tragó saliva—. Pensaba que me mataba.

—Yo también, no te voy a engañar… —admitió Tan.

La puerta se abrió con un golpecito suave.

Bellori asomó la cabeza. Parecía completamente vestido, con el paraguas bajo el brazo, el pelo peinado hacia atrás y un cansancio antiguo en la mirada.

—Buenos días —dijo, consciente de que esa frase podía ser un chiste cruel—. Tenemos que aprovecharlos.

Mateo apareció detrás de él, apoyado en el marco, sujetando un vaso de plástico con café de máquina.

—No he pegado ojo —confesó—. Cada ruido pensaba que era el tipo volviendo.

—Puede volver —dijo Bellori con una calma que resultaba peor—. Por eso no debemos seguir aquí más tiempo del estrictamente necesario.

Entró en la habitación sin pedir permiso y se acercó a la ventana.

—Quiero que me contéis todo otra vez. Despacio. Lo que hizo. Lo que dijo. Cómo se movía.

Clara se ajustó la camiseta de dormir, incómoda bajo la mirada analítica del archivero.

—Era… silencioso —empezó ella—. Como si no pesara. No le oí entrar. Sólo noté el aire frío cuando…

Se llevó la mano al cuello.

—No hacía ruido al pisar —añadió Mateo con frialdad—. Cuando llegó a la puerta, pensé que… que se había materializado ahí.

—Y el olor —dijo Tan—. No es una tontería. Olía a algo… antiguo. Como cuero viejo y humo. No a perfume. A… oficio.

Bellori asintió despacio. Se podía intuir en su gesto que cada detalle le encajaba en un catálogo que ya conocía.

—¿Y la cuerda? —preguntó, señalando la soga sobre la mesilla.

Tan la tomó con dos dedos, casi con repugnancia.

—Fina, pero fuerte. No sé de qué está hecha. No es simple cáñamo.

Bellori la cogió. Sus dedos expertos recorrieron las fibras como quien lee una inscripción.

—Teñida a propósito. Carmesí. El color de la «justicia pública» en ciertas ceremonias antiguas. —Alzó la vista—. Esto no es un simple instrumento. Es un símbolo. Un objeto de rito.

Se acercó a la ventana, entreabierta, y la examinó con una paciencia de relojero. El alféizar tenía marcas de desgaste; nada extraño. Pero en la madera del marco inferior, cerca de la cerradura, algo destacó.

—Tan —llamó Bellori—. Ven a ver.

Tan se acercó.

Sobre la madera, casi invisible, alguien había raspado con la punta de algo afilado un pequeño símbolo: una especie de puerta abierta a la mitad. Dos líneas verticales y una horizontal que no terminaba de cerrarse.

—Yo no he hecho eso —dijo Clara, acercándose—. Ayer por la tarde no estaba.

—No —confirmó Bellori—. Esto es… un sello de paso.

—¿De qué hablas? —preguntó Mateo.

Bellori acarició el glifo con la yema del dedo, sin tocarlo del todo.

—Los viejos registros del Vaticano y del Laterano mencionan a veces a los Custodes Tenebrarum como agentes de «justicia invisible». Según algunas crónicas, no dejaban cadáveres al azar. Marcaban los lugares donde había comenzado un juicio… o donde volverían para completarlo.

Se giró hacia ellos.

—Este símbolo indica que este cuarto… ya ha sido señalado.

Clara se llevó la mano al cuello de nuevo.

—¿Quieres decir que va a volver?

—Quiere decir —rectificó Bellori— que ya no sois daños colaterales. Sois parte del rito. Y un rito, Tan… —clavó la mirada en él— sólo termina de dos maneras: o se frustra, o se consuma.

La habitación se encogió un poco alrededor de ellos.

Tan sintió un frío que no venía de la ventana.

—Tengo una pregunta —dijo el periodista, intentando mantener la voz firme—. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué no se limitan a borrar las huellas de Darrow? A Mancinelli ya lo han… —la imagen del cuerpo sobre el puente cruzó su mente—. A Elena también. ¿Qué pintamos aquí?

Bellori lo sostuvo en silencio durante un par de segundos.

—Porque Darrow no era idiota —respondió al fin—. Repartió el peso. Las claves. El conocimiento. No lo guardó en un único cuaderno ni en su cabeza. Lo diseminó en personas.

Señaló a cada uno, casi con solemnidad.

—Tú, Tan, tienes la narrativa: sabes las conexiones, la historia, el relato. Clara tiene la mirada: supo ver lo que otros no vieron en Valencia. Y Mateo… —lo miró—, tú tienes el sistema: entiendes cómo se entrelazan los datos, los patrones, las vibraciones.

Hizo una pausa.

—Cada uno de vosotros lleva una pieza del mapa sin saberlo. Eso os convierte en objetivos. No por lo que habéis hecho, sino por lo que podéis llegar a entender.

Mateo se dejó caer en la silla más cercana.

—Genial —dijo, intentando un humor que no le salía—. Somos un rompecabezas andante.

Clara exhaló con potencia por la nariz, casi como un toro a punto de embestir.

—Entonces… ¿qué propones? —preguntó la joven—. ¿Esperar aquí a que el «heredero» vuelva a terminar lo que empezó?

Bellori negó de inmediato.

—No. Cuanto más tiempo estemos en un lugar marcado, más ventaja le damos. Tenemos que salir de aquí, ahora.

—¿Ahora? —repitió Mateo—. ¿Ni siquiera vamos a den…?

—¿Denunciar qué? —lo interrumpió Tan—. ¿Que un espectro de siglos pasados ha intentado estrangular a tu compañera en un hotel de tres estrellas? No, Mateo. Esto no se detiene con una patrulla de policía. Se detiene donde empezó a tomar forma.

Entonces los ojos de Bellori se oscurecieron un grado.

—En Letrán —apuntó el sacerdote.

Mateo se frotó la cara con ambas manos.

—¿Y no sería mejor… no sé… irnos de Roma? —preguntó, sin mirarlos—. Coger un avión. Volver a Londres. O a España. A cualquier sitio que no tenga verdugos herederos y glifos en las ventanas.

El silencio que siguió fue denso. Tan lo rompió:

—Si nos vamos —dijo despacio—, los Hijos de las Sombras siguen adelante con lo que estén preparando. Nadie más sabe lo que nosotros sabemos. Nadie más ha visto lo que hemos visto. Nos convertimos en cómplices por omisión.

Miró a Clara. Ella sostuvo la mirada, con los ojos enrojecidos pero firmes.

—No quiero morir estrangulada en un hotel —dijo—. Pero tampoco quiero vivir sabiendo que no hicimos nada.

Mateo apretó los labios. Bajó la cabeza.

Entonces, Tan se dirigió a los tres con la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros al estar acompañado de sus alumnos:

—Si esto se nos va de las manos… —buscó las palabras— no seremos héroes, seremos listos. Y sabremos cuándo correr.

Mate asintió:

—Hecho.

Bellori cogió el paraguas, se colocó la bufanda y concluyó:

—Haced vuestras maletas. Nos vamos ya.