Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

E l hotel elegido por Bellori rebosaba un encanto antiguo que, a esa hora de la noche, resultaba inquietante.

De día podía pasar por un alojamiento modesto para turistas; de noche, los pasillos se convertían en corredores silenciosos donde la luz se filtraba a retazos, proyectando sombras que se estiraban como dedos demasiado largos.

El recepcionista apenas levantó la vista cuando entraron. Un hombre apagado, de rostro hundido, que parecía llevar años en el mismo sitio, respirando el mismo aire rancio.

Tan sintió un cosquilleo incómodo al cruzar el vestíbulo. Era su intuición.

—Descansad —dijo Bellori, entregándoles las llaves metálicas—. Mañana necesitaremos la mente despejada.

Mateo hizo un gesto de aprobación, pero su mirada estaba perdida. Clara, agotada, aplastó el abrigo contra el pecho. Tan sintió cómo el peso de la jornada le caía sobre los hombros como un manto de plomo.

Subieron por el ascensor, un aparato estrecho que crujía como si guardara memoria de un siglo entero de huéspedes.

Cuando las puertas se abrieron en la tercera planta, lo primero que escucharon fue el silencio. Un silencio demasiado perfecto.

—Me pone de los nervios —expresó Mateo.

—El silencio nunca es inocente —respondió Bellori.

Llegaron a las habitaciones contiguas. Tan y Clara compartían una puerta interna que permitía pasar de una habitación a otra; Mateo se alojaba justo enfrente; y Bellori, al fondo del pasillo.

Clara entró en su cuarto y soltó un suspiro que no sabía que estaba aguantando.

—Voy a ducharme —anunció.

Mateo se retiró a la suya. Bellori se quedó en el pasillo, paseando con el paraguas apoyado en el hombro como un arma medieval.

Tan se dejó caer sobre la cama. Todo se detuvo por fin. O no.

Clara salió del baño envuelta en vapor. El espejo estaba empañado; pasó la mano por el cristal para ver su reflejo. Fue entonces cuando lo notó.

Una corriente de aire fría rozó su piel húmeda.

Miró a la ventana. Estaba entreabierta. Se quedó inmóvil. Recordaba perfectamente haberla cerrado. Pero, ¿y si…?

—¿Tan? —llamó, su voz mezclando duda y un hilo de alarma.

Archer reaccionó al instante y abrió la puerta interior. Clara señaló la ventana.

—No he dejado eso abierto —dijo.

Tan avanzó un paso hacia ella. Nada parecía fuera de lugar. Entonces su mirada captó algo que le hizo estremecerse: Una sombra, detrás de Clara.

Era una figura inmóvil, compacta, casi inhumana, pegada a la penumbra. Parecía formar parte de ella, calzada con botas oscuras, vestido de negro, capucha baja. No había rostro. Ni ojos. Ni un solo centímetro de piel visible.

La presencia era tan silenciosa que el mundo pareció vaciarse a su alrededor.

Tan abrió la boca para gritar, pero no dio tiempo.

El brazo del encapuchado se movió con gracia quirúrgica. Una cuerda roja voló como un pétalo carmesí y se cerró en un instante alrededor del cuello de Clara.

Ella soltó un gemido estrangulado.

Tan se lanzó, pero el hombre se giró con una velocidad que rozaba lo antinatural, tensando la cuerda y arrastrando a Clara hacia sí. Su cuerpo quedó entre ambos, su respiración entrecortada, su piel marcada por la presión.

El encapuchado habló por primera vez:

— La colpa non è tua. La colpa è di chi apre la porta dell’ombra —«La culpa no es tuya. La culpa es de quien abre la puerta de la sombra».

Su voz era grave pero controlada, casi… litúrgica. Como quien dicta una sentencia.

Tan avanzó un paso, con las manos extendidas.

—¡Suéltala! —exclamó con rabia.

El verdugo inclinó ligeramente la cabeza, atento a la petición. La cuerda chirrió al tensarse un milímetro más en la garganta de Clara.

—Mastro Titta no mataba por placer —dijo el encapuchado—. Ejecutaba para equilibrar. Y vosotros habéis desequilibrado algo muy antiguo.

Clara trató de patear hacia atrás, pero el atacante movió su cuerpo con ella, manteniendo el control absoluto.

Tan sintió el corazón retumbarle en los oídos.

—¿Quién eres?! —preguntó—. ¿Qué quieres de nosotros?!

—«Querer» no es un verbo que nos corresponda —respondió la figura—. Nosotros obedecemos. Y la sombra ha hablado.

En ese momento se oyó un ruido leve: una taza rompiéndose.

Mateo se hallaba en la puerta. Sus ojos alternaban entre Clara, la cuerda y Tan. Estaba paralizado.

El verdugo giró apenas la cabeza para verlo.

Ese segundo fue decisivo.

Clara, movida de nuevo por un impulso desesperado, golpeó con la rodilla hacia atrás, impactando en la espinilla del atacante. La cuerda se aflojó tras el tenso bloqueo.

Tan saltó con un rugido, embistiendo al encapuchado. Los tres cayeron contra el suelo con un estruendo sordo.

Clara se apartó arrastrándose hacia la cama, tosiendo, jadeando. Mateo corrió a ayudarla.

El encapuchado rodó como un animal entrenado. En un movimiento fluido recuperó la postura y retrocedió hasta la ventana abierta.

Se detuvo en el marco. Su voz fue ahora un suspiro rasposo:

— L’ombra reclama il trono. E presto… si aprirà —«La sombra reclama el trono. Y pronto… se abrirá».

Entonces desapareció hacia la noche, tragado por la oscuridad exterior.

Bellori llegó corriendo, pálido, con el paraguas en alto.

—¡Dios mío…! ¿Qué ha pasado?!

Tan recogió la soga carmesí del suelo. Temblaba ligeramente, todavía tibia. Clara tocó su cuello marcado.

—Ha intentado… matarme —dijo, sin voz.

Bellori se quedó inmóvil unos segundos. Luego su rostro cambió tanto y en tan poco tiempo… Se endureció.

—No es un sicario cualquiera —dijo el sacerdote—. Sin duda podría ser uno de los Custodes Tenebrarum . Los descendientes de los verdugos papales que desaparecieron hace siglos.

—No paraba de hablar de sombras —replicó Tan—. ¿Y si…? ¿Y si…? —repitió con temblor en manos y pies, y culminó—: ¿…los Hijos de las Sombras los estén usando como sus manos ejecutoras?

—¡Pero creíamos que eran un mito! —apuntó Mateo.

Tan lo miró fijamente.

—Mito no. Nos acaba de dejar su tarjeta de presentación.

Bellori asintió lentamente.

—La soga carmesí. El sello del heredero. Esto significa… —Se interrumpió, retuvo el aire en los pulmones unos segundos y concluyó—: Estamos dentro del ritual. No fuera.

El hotel, que dos horas antes parecía refugio, ahora era solo un escenario más del mismo horror.

—Mañana —dijo Bellori, mirando la ventana abierta— iremos a Letrán. Pero ya no como buscadores… sino como perseguidos.

Después de todo aquel momento terrorífico, la noche, que antes era solo oscura, ahora parecía observarlos desde todas partes.