CAPÍTULO 23
E l aire nocturno de Roma se deslizaba por el rostro de los cuatro, regalándoles un aroma a incienso rezagado, cuando se apartaron de la columnata de Bernini.
Sobre ellos, alineadas como un ejército silencioso, las estatuas colosales de los santos se recortaban contra el cielo oscuro.
Parecían vivas en la penumbra. Imponentes.
Expectantes. Observaban cada uno de sus pasos, a punto de juzgar sin emitir palabra.
Clara alzó la vista y un ligero temblor le sacudió el cuerpo desde el interior de sus órganos vitales.
—Siempre me inquietaron… —rumió—. Parecen saber cosas.
Bellori no se detuvo, pero su tono fue casi un murmullo solemne.
—Esa era la idea. Vigilar eternamente. De hecho, los antiguos pensaban que la altura consagra lo que mira hacia abajo.
Tan caminaba bajo ellas con la sensación incómoda de estar siendo evaluado. No por figuras de mármol, sino por algo más antiguo, más persistente, que se ocultaba en la piedra y en los silencios del Vaticano.
La basílica quedaba a su espalda, majestuosa e inmutable, con toda aquella procesión de gigantes en la cornisa como guardianes inmortales.
La escena adquiría un peso casi ritual: los cuatro caminando bajo la mirada de treinta y cuatro santos que parecían saber hacia dónde se dirigían…
y qué verdad estaban a punto de descubrir.
Así, con las estatuas vigilando desde lo alto, avanzaron hacia el borde de la plaza, devorados poco a poco por la oscuridad de la noche vaticana, mientras el eco del mensaje seguía latiendo dentro de Tan: « No es el lugar. Es el trono ».
Clara caminaba junto a él, intentando disimular el temblor en sus manos. Mateo, unos pasos atrás, no dejaba de mirar el papel doblado entre los dedos del periodista, como si temiera que en cualquier momento fuera a cambiar de mensaje.
Bellori, en cambio, avanzaba con paso firme. Había recuperado esa expresión hermética, casi sacerdotal, que nunca anticipaba buenas noticias.
—Entonces… si San Pedro es solo el escenario… —retomó Tan, intentando recuperar el hilo— ¿qué representaría Letrán para ellos?
Bellori no respondió de inmediato. Siempre marcaba los tiempos. Anduvo unos metros más hacia el centro de la plaza y se detuvo frente al gran obelisco de ella, iluminado por cuatro focos que dibujaban una sombra afilada en el suelo.
—Letrán es la matriz —dijo por fin—. El lugar donde el obispo de Roma toma posesión de su autoridad real. La sede primigenia. Según Darrow, lo que eran para ellos los templos de Enlil y Enki hace miles de años. Una puerta… o un eco de lo que fue una puerta.
Clara arrugó la frente.
—¿Estás insinuando que hay algo… físico? ¿Subterráneo?
Bellori agarró aire y continuó con su argumento:
—No necesariamente físico. A veces, los lugares no son importantes por lo que contienen, sino por lo que conectan. La autoridad, para los antiguos sumerios, más que un título, se trataba de una vibración; un alineamiento entre planos.
Aquello dejó a Mateo rígido.
—¿Vibración… como la que detectaba Mancinelli?
Bellori lo miró en silencio. Fue una confirmación sin palabras.
Tan sintió un latigazo de tensión recorrer su pecho.
—Darrow estuvo allí —dijo el periodista, recordando lo que Bellori había insinuado en la basílica—. Él, Elena y Mancinelli. ¿Qué ocurrió en esa reunión?
—Eso es precisamente lo que necesitamos descubrir —respondió Bellori—. Y solo hay un sitio donde pueden estar las respuestas: los archivos lateranenses.
Clara detuvo el paso e insistió, sin haber acabado de asimilar la autoridad del clérigo:
—¿Y tú puedes entrar ahí? ¿Así, sin más?
Bellori esbozó una sonrisa ladeada, la primera en horas.
—Digamos que… puedo entrar más fácilmente que vosotros.
Se ajustó las gafas.
—El problema será sacaros a vosotros tres.
Mateo palideció.
—¿Entrar clandestinamente? ¿En el complejo del Laterano? Estás loco, Bellori.
—No —respondió el archivero—. Estoy siguiendo un rastro que Darrow quiso que siguiéramos. Y cada minuto que perdemos, ellos lo ganan.
Tan guardó el papel en su bolsillo interior. La frase resonó de nuevo en su mente como un tambor lejano: « No es el lugar. Es el trono ».
Todo cobraba sentido. Y, sin embargo, una duda persistía como una espina clavada en la piel.
—¿Por qué avisarnos? —preguntó Tan—. ¿Por qué dejar una frase tan críptica? ¿Por qué no algo más directo?
Bellori lo miró fijamente.
—Porque la mujer que cayó por las escaleras seguramente no tuvo tiempo. Porque sabría que la estaban vigilando. Y porque confiaría en que Tan Archer —lo señaló con el paraguas— vería lo que otros no ven.
Clara intercambió una mirada inquieta con Mateo. El peso de la responsabilidad cayó de golpe sobre Tan, dejándolo casi sin aire.
—Debemos planear esto bien —dijo Clara, intentando recuperar la sensatez—. Letrán no es un museo. No es una iglesia cualquiera. Y menos aún de noche.
—No entraremos por la basílica —dijo Bellori, que parecía haber estado esperando ese momento—. Entraremos por el lugar donde jamás miran las cámaras.
Los tres lo observaron, perplejos.
Bellori clavó el paraguas en el suelo, marcando el ritmo de la revelación:
—Por el baptisterio.
Un silencio espeso se adueñó del grupo, y Tan sintió un nudo en la garganta.
Se trataba del baptisterio de San Juan de Letrán, el más antiguo de Roma.
—El primer lugar donde el cristianismo institucionalizó el paso de un mundo a otro. Un umbral… Una puerta —especificó Bellori con ese tono redundante que le caracterizaba.
—¿Estás diciendo que ahí empieza todo? —preguntó Tan.
—Ahí —respondió Bellori— es donde lo que estaban buscando Darrow, Elena y Mancinelli… pudo haber empezado a tomar forma.
Clara, pensativa, emitió un suave zumbido con los labios.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó la joven.
Bellori levantó la mirada hacia la ciudad, hacia la línea oscura de edificios que ocultaba el Laterano.
—Capítulo aparte —dijo—: necesitáis descansar, cargar fuerzas y prepararos. Mañana, al amanecer, iremos al lugar donde estoy convencido que el profesor Darrow dejó verdaderamente su último mensaje.
Mateo sostuvo el aire en sus pulmones, tembloroso, y suspiró:
—San Juan de Letrán…
—Sí —confirmó Bellori—. El trono que no era un trono. El lugar que no era un lugar.
Mientras se alejaban de la plaza, Tan sintió una certeza helada posarse sobre él: No estaban siguiendo la pista de un asesinato. Estaban siguiendo la pista de un ritual.
Y quienes provocaron los asesinatos y la desaparición de Darrow ya iban un paso por delante.
¿Acaso serían de nuevo los Hijos de las Sombras?