Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

U na corriente de aire frío recorrió la nave y provocó un leve escalofrío en la nuca de Tan. No era miedo. Era la consciencia física de estar bajo un techo que se había alzado para unirse con el cielo.

Clara se acercó a él, todavía ojiplático.

—Es… inmenso —comentó en voz baja, tratando de no ofender al edificio.

—Y, aun así —añadió Bellori, acariciando con los dedos la barandilla de mármol—, lo más impresionante aquí no es lo que se ve… sino lo que falta.

Tan lo miró sin entender. Pero Bellori ya caminaba hacia el centro del templo, buscaba algún detalle exacto en el que nadie más se estuviera fijando, todavía rumiando la frase encontrada en la Barcaza: « No es el lugar. Es el trono ».

La interpretaron como una referencia evidente: el trono del Papa debía estar allí, en el Vaticano. Era lo lógico. Lo inmediato. Lo que cualquiera pensaría.

Pero desde que habían entrado en la basílica, a Tan no dejaba de oprimirle el pecho una extraña sensación: algo no terminaba de encajar.

Bellori avanzaba mirando cada detalle con la precisión de un cirujano. Columnas, estatuas, inscripciones, sombras. Algo buscaba. Algo esperaba encontrar.

—¿Ves? —apuntó Tan, señalando el baldaquino de Bernini—. Si hablamos de tronos, es imposible no pensar en esto. No es literalmente un trono, pero… está todo el poder aquí.

Bellori negó sin siquiera mirar.

—No. Esto es grandeza, Tan. No autoridad. La diferencia es sutil, pero esencial.

Avanzaron hasta el ábside. Frente a ellos, la monumental «Cátedra de San Pedro» diseñada por Bernini se elevaba como un sol dorado rodeado de ángeles. Era impresionante. Majestuosa. Inapelable.

—Aquí está —dijo Tan—. El trono. ¿Qué más queremos?

Pero Bellori no respondió. Se quedó inmóvil. Tenso. Estudiaba la estructura como quien mira un engaño cuidadosamente construido.

—Tan… —dijo al fin, entre dientes—. ¿Qué ves?

—Una cátedra gigantesca. Una reliquia. Un símbolo. Está claro que…

—¿Te parece funcional así, prácticamente suspendida en el aire? —interrumpió Bellori.

Tan parpadeó.

—¿Funcional? Bueno, no sé si tiene que…

—¿Te parece que alguien podría sentarse ahí? ¿Que sea un trono real?

Tan volvió a mirar la estructura con otros ojos. La silla parecía casi fundida al altar, enmarcada en un delirio barroco de bronce, éxtasis y luz. No había escalera. No había espacio. Era más altar que asiento.

—No —admitió Tan—. Nadie puede usar eso.

Bellori sonrió con una gravedad que daba miedo.

—Porque nunca fue un trono. Es un relicario. Un monumento artístico. Un símbolo construido siglos después para dotar de magnificencia a algo que no estaba aquí.

Tan sintió que la primera grieta se abría en su lógica.

—Pero… esta es la iglesia más importante del mundo.

—Eso cree casi todo el mundo —dijo el sacerdote.

—¿Y no es así? —preguntó Tan.

—No —replicó Bellori, y su voz resonó suave, pero firme como una sentencia—. Es la más famosa. La más fotografiada. La más visitada…

Dio un paso hacia la cátedra.

—¿Sabes qué no es, Tan?

Tan lo miró, atónito.

—No es la catedral del obispo de Roma.

La frase cayó como una piedra en un estanque silencioso.

—Espera —balbuceó Tan—, pero siempre se dice que…

—Se dice —lo interrumpió Bellori— porque la gente repite lo que ve. Pero la verdad es más antigua que la propaganda. Vamos a salir un momento —exhortó.

Salieron al atrio. Bellori señaló una pequeña inscripción en latín que casi nadie leía, grabada sobre la puerta: un título honorífico, no un título de autoridad.

—Míralo bien —dijo Bellori—. San Pedro es « basílica papa l». Pero no es «catedral». Aquí no está el trono. Aquí no está la cátedra del obispo.

Tan sintió un vuelco en el estómago. Todo el tiempo habían estado mirando al sitio equivocado. Y el mensaje lo decía de forma cristalina: « No es el lugar ».

Bellori inhaló fuerte, con los ojos fijados en la ciudad extendiéndose más allá del Vaticano.

—El profesor no nos decía dónde empezar, Tan. Nos decía que no viniéramos aquí. Que esto nos distraería. Que lo obvio es siempre la primera trampa.

—Entonces… —Tan se cubrió la frente con la mano izquierda, agachó la mirada y se preguntó a sí mismo—: ¿Dónde está el trono de verdad?

Bellori miró a Tan de reojo. La luz artificial reflejó un brillo en sus gafas mientras pronunciaba las palabras como quien abre una puerta invisible:

—Me da la impresión de que esta nota se pudo haber escrito en otro lugar. No precisamente ante la Barcaza.

—Ya, pero ¿dónde tuvo que estar para que eso cobrase sentido? —insistió Tan.

—Recuerdo que Darrow mantuvo una cita con ella y Mancinelli en el Vaticano —recapituló Bellori.

¿Y si fuese ese día la última vez que se vieron? ¿Y si aquel día, en aquel momento y en aquel lugar fue escrita esa frase?

—En la iglesia que de verdad más importa para la autoridad del obispo de Roma. No aquí. No en el Vaticano.

Se volvió hacia Tan, lentamente.

—El trono está en la Archibasilica Sanctissimi Salvatoris et Sanctorum Ioannis Baptistae et Evangelistae in Laterano, Omnium Urbis et Orbis Ecclesiarum Mater et Caput .

—¿Dónde? ¿Eso es un lugar? —Preguntó Tan estupefacto.

—Sí, la Archibasílica del Santísimo Salvador y de los Santos Juan Bautista y Juan Evangelista de Letrán, Madre y Cabeza de todas las Iglesias de la Ciudad y del Mundo —tradujo Bellori y concluyó—: Ese es su nombre original.

—Jamás he oído el nombre de ese templo. —Pestañeó con fuerza, se encogió de hombros y culminó—: ¿Una archibasílica? ¿De qué se trata?

—Más comúnmente se la conoce como San Juan de Letrán y, efectivamente, es una catedral y archibasílica, dado que está dedicada a los dos santos Juanes. Y allí se encuentra el mayor relicario de la iglesia católica custodiado.

Tan, por primera vez, sintió que había entendido lo que el profesor quiso decir. Que la frase no era una pista, sino un aviso apremiante.

—Vaya… ese nombre sí que lo he oído en alguna ocasión… pero el original jamás —reconoció Tan.

—Es un tanto complicado de recordar —apuntó Mateo.

—Pero, ¿cómo accedemos a su interior? ¿Qué nos podemos encontrar allí y por qué? —preguntó Tan.

Entonces, ante la mirada de los tres, Bellori guardó un silencio incómodo, como que no quería confiarles algo. Al poco, después de recapacitar les dijo algo que causó que los tres arquearan al mismo tiempo las cejas, sorprendidos.

—Creo que ya os dije cuál es mi trabajo aquí en Roma.

—Archivero de la Biblioteca Pontificia —recordó Clara.

—Efectivamente. Y, en concreto, Archivero de la biblioteca secreta lateranense —especificó Bellori.

—¿Lateranense? —interrumpió Mateo.

—Sí, relativo al Laterano… A Letrán —completó Bellori.

—Difícilmente habría podido haber caído en ello antes. Donde… ¿se encuentra San Juan de Letrán? Cuando todo el mundo siempre piensa en los archivos del Vaticano —recapacitó Archer.