Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

D e repente, el sonido de una sirena se clavó en sus oídos, antes de que nadie viera bañar de azul las paredes con la luz de la baliza que la acompañaba.

Un agudo estridente que rebotó entre las fachadas señoriales de Plaza España y sus tiendas de marcas de lujo, rompiendo el silencio aterrador que se apresaba de turistas, vendedores de rosas y parejas que, justo antes de la caída del cuerpo, paseaban con normalidad haciéndose fotos ante la escalinata.

Archer aún sostenía en su mano el papel con la frase cuando la ambulancia apareció al borde de la plaza, seguida de dos coches de policía que frenaron con brusquedad. Las luces azules tiñeron de reflejos el mármol de la Barcaccia y los rostros sorprendidos de los curiosos.

Clara se tensó de inmediato.

—Ya vienen —avisó sin prácticamente mover los labios.

Un paramédico y dos agentes descendieron casi al mismo tiempo. Mateo levantó las manos instintivamente, no por culpa, sino por prevención. Tan dio un paso adelante, pero Bellori fue el primero en hablar.

—Aquí —dijo señalando el cuerpo de la chica inconsciente.

Los paramédicos se abalanzaron sobre ella con una eficacia fría.

Revisaron sus constantes, pero nada hizo apuntar a que hubiera suerte.

La subieron a la camilla. En menos de lo que tardó Tan en parpadear, el cuerpo desapareció dentro de la ambulancia.

La puerta se cerró con un golpe metálico y el vehículo arrancó de vuelta hacia la Via del Tritone.

Uno de los policías, un hombre joven con expresión agotada, se volvió hacia los cuatro.

—Buenas tardes. Hemos recibido un aviso —dijo en un inglés aceptable—. ¿Alguno de ustedes presenció lo ocurrido?

Tan intercambió una mirada rápida con Clara y Bellori. No podían contar toda la verdad. Pero tampoco podían mentir demasiado.

—Lo encontramos así —respondió Tan—. Inconsciente. No vimos quién la atacó, únicamente que llegó rodando desde allí arriba —dijo señalando el punto de partida del cuerpo.

El agente sacó una libreta y elevó, sorprendido, su mirada hacia el balcón superior de las escalinatas.

—¿Estaban juntos los cuatro?

—Sí —contestó Clara, firme y sin titubear.

—¿Notaron algo extraño antes de encontrarlo? ¿Alguien corriendo? ¿Gritos?

Mateo negó con la cabeza.

—No. La plaza estaba llena de gente. Nada fuera de lo normal.

El policía anotó un par de detalles y luego levantó la mirada hacia Bellori.

—¿Y usted? ¿Algo que añadir?

Bellori guardó un silencio sospechosamente medido antes de responder.

—Lo único que puedo decir es que llevaba esto —dijo, señalando el bolsillo de Tan para que él sacara el papel—. Se le cayó cuando intentamos ponerla de lado.

El agente tomó el papel entre dos dedos, lo leyó y ofreció una mueca incómoda.

—« No es el lugar. Es el trono ». ¿Alguno de ustedes sabe qué significa?

—No —mintió Tan con naturalidad—. Supusimos que sería un mensaje personal. Quizá de alguien que la conocía.

El policía lo miró unos segundos, intentando descifrarlo, luego devolvió la nota.

—Bien. Si recuerdan algo más, deberán ponerse en contacto con la comisaría de Trevi —dijo mientras guardaba la libreta—. Por ahora no tienen obligación de quedarse. Estamos tomando declaraciones a todos los presentes.

La tensión fue aminorando. El agente se alejó para hablar con otro grupo de personas. Las sirenas empezaron a apagarse una tras otra.

Clara soltó por fin el aire que había estado conteniendo.

—Qué mal rato —confesó.

Mateo pasó una mano por su rostro, visiblemente afectado.

—No me acostumbro nunca a estas cosas.

Tan prensó el papel entre sus dedos. La frase regresó a su mente con una claridad inquietante.

—« No es el lugar. Es el trono ».

Bellori miró el texto por encima de su hombro y luego señaló hacia el oeste, donde las calles angostas se abrían hacia Via del Corso.

—Tenemos que movernos —dijo con esa gravedad que no admitía debate—. Si nos dejó este mensaje, estaba huyendo de alguien que sabía exactamente lo que significa.

Clara lo observó con ojos entrecerrados.

—¿Y nosotros no lo sabemos?

Bellori no respondió de inmediato. Su mirada se deslizó hacia el cielo, donde el sol se acababa de inclinar.

—No aún —dijo—. Pero lo descubriremos en el Vaticano.

Tan, Clara y Mateo intercambiaron miradas entre sí. Nadie tenía una alternativa mejor.

Y así, empujados por la incertidumbre y la urgencia, se encaminaron hacia Via dei Condotti, rumbo al lugar que creían correcto…

Ya de noche, sobre la ciudad del Vaticano se posaba una luz dorada proveniente de las farolas y que parecía derretirse sobre las piedras centenarias.

Tan y Bellori atravesaron la columnata de Bernini, frente a la plaza de San Pedro, casi sin hablarse hasta llegar a la entrada del templo, a la Basílica de San Pedro.

La puerta de bronce cedió con un susurro pesado, solemne, y la basílica respiraba un aire frío que exhaló desde el interior.

Tan cruzó el arco de la puerta y, durante unos segundos, el mundo exterior quedó atrás: el ruido de la plaza, los turistas, incluso las voces de sus compañeros se desvanecieron hasta convertirse en un eco distante.

La inmensidad lo envolvió de golpe.

La nave central se abría ante él como un océano de mármol, un espacio tan vasto que parecía negarse a obedecer cualquier proporción humana.

Las columnas, monstruosas y perfectas, se elevaban hasta perderse en una penumbra dorada.

Y la luz —esa luz casi líquida— caía desde lo alto en franjas que parecían arrancadas de un sueño, atrapando motas de polvo que flotaban como constelaciones diminutas.

Clara exhaló un susurro involuntario, incapaz de contener la impresión. Mateo, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, entonó un «madre mía» casi reverencial.

El suelo bajo sus pies era un mosaico infinito de mármoles pulidos: rojos, verdes, negros, blancos, entrelazados en dibujos geométricos que parecían moverse con cada paso.

Era un mapa del tiempo. Cada baldosa estaba tan pulida que Archer tuvo la sensación de caminar sobre la superficie de un lago petrificado.

Bellori avanzó unos pasos, sin mediar palabra, y su figura quedó empequeñecida por la bóveda interior tan colosal.

Las paredes estaban vivas, repletas de relieves, ángeles, inscripciones latinas, cornisas que parecían querer escapar de la arquitectura.

Y, sin embargo, nada resultaba excesivo: todo respondía a un equilibrio extraño, imponente, cada elemento sabía exactamente a qué propósito servía.

Al fondo, como un coloso de bronce retorcido, surgía el baldaquino de Bernini, cuya sombra crecía sobre el altar mayor.

Era como un árbol de metal antiguo cuyos brazos se curvaban hacia lo alto en un gesto casi ritual.

Detrás, la cátedra dorada brillaba con un fulgor que parecía ajeno a la luz natural, como si ardiera desde dentro.

Pero, ¿y si el trono no estaba allí? ¿Pudiera ser que alguien llevara siglos asegurándose de que todos miraran en la dirección equivocada?