CAPÍTULO 20
Roma — Actualidad
L a llamada llegó cuando todavía tenían en la mano la fotografía del puente. El móvil de Tan vibró:
« Número desconocido» .
—¿Sí? —Respondió Archer con el ceño arrugado.
Una voz masculina y nerviosa habló desde el otro lado.
—Profesor Archer… escúcheme bien. Soy el inspector Aldo Righetti, de la Policía de Roma. Hemos revisado cámaras. ¿Usted estuvo esta mañana en el puente de Sant’Angelo?
Clara y Mateo lo miraron alarmados, dado que Archer facilitó a los demás que pudieran escuchar la conversación en manos libres.
—Sólo de paso —respondió Tan con disimulo y expectante.
—Entiendo… Bien. Le informo que me ha pasado su contacto el profesor Salieri.
—Y ¿qué necesita?
—Pues a ello iba, señor Archer. Como sé que usted está investigando algo relacionado, necesito que lo sepa antes de que estalle en prensa —continuó Righetti—. La víctima… ya ha sido identificada.
Se hizo un silencio incómodo al resonar la palabra «víctima».
—¿De quién se trata? —preguntó Tan con titubeos.
—Se trata del Dr. Aurelio Mancinelli. Físico del INGV. Consultor internacional en vibración estructural.
El nombre cayó sobre Tan como un bloque de mármol, pesado y frío.
Clara lo reconoció al instante.
—¡El del cuaderno de Darrow…!
Mateo sintió un vuelco en el pecho.
La voz del inspector prosiguió:
—Encontramos en su ropa un símbolo extraño. Un glifo estampado en la piel. Los forenses están desconcertados. Quería advertírselo porque vi su nombre anotado en un correo electrónico del propio Darrow hace semanas.
—¿Entonces? —interpeló Mateo.
—No sé qué está pasando… pero no es un crimen común —concluyó el inspector.
La llamada terminó con aquel anuncio inesperadamente fúnebre. Tan guardó el móvil consternado. Bellori no preguntó nada. Sólo dijo sin emoción:
—Ya ha caído el primero.
Clara negó con la cabeza, horrorizada.
—Y… ¿el segundo?
Bellori reanudó sus pasos.
—Vamos —dijo el sacerdote de manera cortante—. Hay algo que quiero mostraros antes. Algo que el profesor Darrow conocía muy bien.
Tomaron dos líneas de metro hasta Plaza España. La tarde caía con un color rosáceo que fue pasando a un tono cobre cada vez más oscuro, igual que la tarde en que Darrow estaba presente frente a la Pigna .
Roma parecía sostener la respiración… hasta que el primer impacto emocional golpeó al presentarse ante la escalinata de Trinità dei Monti.
—Aquí subió Darrow hace tres semanas —dijo Bellori sin girar la cabeza—. Aquí se reunió con alguien. No sabemos con quién exactamente, aunque puedo intuirlo.
—¿Y por qué aquí? —preguntó Mateo.
Bellori señaló la fuente de la Barcaccia con su paraguas negro.
—Por eso.
Clara descendió la mirada hacia la pétrea barcaza, hundida, extraña, casi sumergida, a diferencia del resto de fuentes de Roma.
—Siempre pensé que era… bonita —admitió.
—No es sólo bonita —corrigió Bellori—. Para Darrow representaba el Apsû, el océano primigenio de los sumerios. El origen del agua subterránea. El conocimiento escondido.
—Pero, ¿qué diferencia esta fuente del resto para significarle tanto? —preguntó Clara.
—Urbano VIII la mandó construir sobre el acueducto subterráneo para proteger Roma de los enemigos.
—¿Qué relación tiene eso con la protección? —inquirió Mateo.
—Para evitar que destrozasen los acueductos y dejar con ello sin agua a la ciudad antes de sitiar Roma, como solía suceder en anteriores ataques a la ciudad cuando los acueductos transcurrían por la superficie.
Y, por supuesto… —hizo una pausa— tiene peces tallados.
Símbolos del flujo, de la memoria líquida.
Tan se tensó.
«Como en Valencia… Como la vibración del museo…»
Clara avanzó un paso para mirar de cerca los peces esculpidos.
—Darrow estuvo aquí…
—Dos veces —confirmó Bellori—. Y, tengo entendido que una con un hombre. Otra con el mismo hombre y con una mujer.
—¿Elena…? —interpeló Tan.
Bellori no respondió.
Entonces ocurrió. Un grito. No abajo… Arriba.
Los tres levantaron la vista al mismo tiempo.
Una figura oscura, apenas una silueta recortada contra las piedras de Trinità dei Monti, sostenía algo… o a alguien… por los brazos: Un cuerpo.
—¡Dios mío! —gritó Clara.
El cuerpo cayó. No de inmediato, no recto, pareció haber sido empujado con una precisión terriblemente planificada.
Rebotó en los primeros escalones ubicados a 29 metros de altura desde la parte inferior de la Plaza de España. Rodó por las escaleras. Golpeó un bordillo. La sangre comenzó a manchar las losas mientras descendía como un muñeco sin vida.
Tan corrió. Mateo quiso detenerlo, pero fue inútil.
El cuerpo llegó rodando, empujado por la fuerza de la gravedad hasta encontrarse con la fuente de la Barcaccia, donde frenó en seco con un sonido sordo, hundiéndose parcialmente en el agua.
Clara ahogó un grito.
—No… No puede ser…
Tan se inclinó, le tomó el pulso que no existía. Luego miró la cara destrozada.
La reconoció: Elena Vassilikos. La segunda colaboradora de Darrow.
—No… —lamentó Tan, roto—. No puede ser…
Entonces se apresuró a llamar a la policía y ambulancia para que acudieran de inmediato. Lo hizo con una voz quebrada por la desesperación de haber visto caer un cuerpo inconsciente, sin reacción alguna ante sus pies temblorosos.
Bellori, mientras tanto, se arrodilló junto al cuerpo.
Sacó algo del agua, algo que había empezado a flotar: un papel mojado, arrugado que se desprendió de alguna parte de aquella desafortunada.
Tal vez de algún bolsillo. Tenía un glifo dibujado y repetido tres veces.
Tres. Como los latidos. Como los pasos en el puente. Como la espiral del cuaderno.
Clara retrocedió.
—Tan… esto es una trampa macabra. Nos están siguiendo. No es coincidencia.
—O más bien… «acompañando» —puntualizó Bellori.
Mateo levantó la mirada hacia arriba. La figura del asesino aún estaba allí. Parada. Inmóvil. Mirándolos.
Luego levantó el paraguas. Lo golpeó contra el suelo de la terraza de Trinità dei Monti:
Toc. Toc. Toc.
Y desapareció.
El silencio que siguió fue antinatural.
Acto seguido, Archer tomó el papel de la mano de Bellori ante una mirada desconcertante por parte de éste, como respuesta a aquel gesto sin permiso. Lo giró. Leyó la frase escrita con tinta corrida:
« Non è il luogo. È il trono »
Clara lo miró.
—¿Qué significa…?
Tan se frotó la nuca y leyó para todos:
—« No es el lugar. Es el trono ».
Bellori cerró los ojos.
—Ahora sí —dijo con voz casi reverente—. Nos acaba de decir adónde debemos ir.
—¿Adónde? —preguntó Mateo entornando los ojos.
—Si este no es el lugar, y refiere al trono… —inició Tan.
—El Vaticano —completó Clara.
—Exacto. Se supone que allí es donde está el Papa, quien ostenta el «trono» de jefe del Estado del Vaticano y líder de la iglesia católica.