Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Dos semanas antes.

Ciudad del Vaticano. Patio de la Piña.

E l cielo exhibía la tonalidad exacta del cobre antiguo cuando el profesor William Darrow cruzó el Patio de la Piña ubicado en el interior de los museos del Vaticano.

Caminaba con paso decidido, aunque sus ojos —esos ojos inquietos, brillantes, que nunca parecían reposar del todo— delataban una mezcla de exaltación y temor. A su lado avanzaban dos personas:

Dr. Aurelio Mancinelli, físico especializado en vibración de estructuras, antiguo consultor del INGV.

Elena Vassilikos, historiadora del arte y filóloga, experta en simbología mesopotámica.

Ambos eran auténticos eruditos.

Darrow se detuvo frente a la Pigna , imponente, de bronce verde, bañada por una luz tibia que hacía destacar sus patrones fractales.

—Ésta —suspiró Darrow— es la clave que llevan siglos pasando por alto.

Elena cruzó los brazos y comentó:

—La Iglesia la colocó aquí como ornamento.

—La Iglesia —corrigió Darrow— no tiene ornamentos inocentes.

Jamás. —Alzó el mentón apuntando a la cúspide de aquella estatua y relató—: ¿Cómo es posible que, en el interior del Vaticano, el centro universal de la fe cristiana, se exhiba con tanto descaro un elemento que es más bien el símbolo del conocimiento, de la ciencia?

Esto no está puesto aquí de forma casual —insistió.

El físico Mancinelli se acercó, tocando la superficie fría del bronce.

—¿Te refieres a que… puede tener otra función que desconocemos?

—Exacto. A la iglesia le gusta acumular poder, pero no sólo político o económico, sino más allá de lo material, lo que no se ve ni se toca pero que mueve el universo. —Respiró hondo— Este elemento puede ser perfectamente usado como resonador —respondió Darrow.

—Pero ¿cómo? —preguntó el físico, ojiplático.

—Una forma geométrica capaz de amplificar patrones de vibración. Los sumerios la llamaban ti-lum : «la antena». Y no era metáfora. Y será que no hay «antenas» por toda Roma —ironizó apuntando con sus dedos los símbolos de comillas.

Elena quedó mirando al vacío.

—¿La relacionas con la glándula pineal… o con los obeliscos? —preguntó imaginando que con aquello de «antenas» se refería a los obeliscos situados en distintas partes de la ciudad.

—Con ambas —reveló Darrow.

Mancinelli elevó la punta de la nariz, al tiempo que agachaba su mirada con los ojos ligeramente entreabiertos.

—William, si esto es lo que pienso… estás dando por hecho que civilizaciones separadas por miles de años compartieron tecnología… o contacto.

Darrow sonrió sin alegría.

—Exactamente. ¿Alguien lo ha dudado?

Cruzaron los corredores silenciosos del Museo Vaticano en dirección a la Capilla Sixtina. Entre ellos, una suerte de pasadizos irregulares con escaleras que descendían al tiempo que se estrechaban.

A esa hora, la mayor parte del personal ya se había retirado. Solo algunos guardias y un par de restauradores quedaban dispersos en las salas laterales.

Al finalizar aquellos corredores claustrofóbicos, accedieron por una puerta —la cual chirriaba por los años que le pesaban— hasta la monumental capilla Sixtina.

Elena quedó inmóvil.

—La piel… está diferente con esta luz —pronunció ella.

Darrow avanzó hasta quedar frente al fresco en el que San Bartolomé sostiene su propia piel. Ese fragmento siempre le había obsesionado.

—Mirad la forma —dijo el profesor—. No corresponde a un cuerpo humano normal. Mirad la mandíbula, el tejido… la proporción del rostro.

Mancinelli alzó la linterna y proyectó una luz oblicua.

La piel parecía… tensarse. Como rostro ajeno insinuándose bajo los pliegues dibujados por Miguel Ángel.

Elena se llevó la mano a la boca.

—Aunque algunos han atribuido esta figura al propio Miguel Ángel, no deja de parecer un ser cambiando de forma. Como una serpiente mudando de piel —apuntó Darrow.

Aquella interpretación sorprendió a sus dos acompañantes.

—¿Cómo no nos lo habíamos planteado antes? Tantos años pasando por aquí… —expresó Mancinelli.

—Es un recordatorio —añadió Darrow—. Miguel Ángel sabría que algo… o alguien… se arrastraba detrás de la historia de Roma. Y lo pintó aquí, disfrazado de teología.

Mancinelli revisó unas notas.

—Pero, ¿qué relación tiene esto con los obeliscos?

Darrow giró hacia ellos, sus ojos ardiendo.

—Los obeliscos son antenas verticales. La Piña, una antena horizontal. Los frescos… un manual cifrado. —Dirigió entonces su mirada hacia La Creación de Adán y completó—: Simplemente hay que ver cómo jugaba Miguel Ángel con la pintura, donde escondía mensajes.

—Y en este caso, ¿qué tipo de mensaje crees que habría querido que quedase constancia? —preguntó ella, encogida de hombros.

—Le encantaba ese tipo de encriptación bíblica.

Ahí mismo puedes ver cómo en una imagen donde aparentemente no hay nada más que un hombre en la parte izquierda, en realidad, su pierna izquierda es el cuerpo desnudo de una mujer, cuya cabeza aparece también encriptada donde está Dios, delante de ese fondo que muchos lo han interpretado como un cerebro humano por su forma.

—Es cierto. No me había dado cuenta de ese detalle… —reconoció ella.

—Roma está llena de mensajes ocultos… y de nodos de resonancia. Y alguien está intentando despertarlos. Alguien capaz de mudar su piel ante todo el mundo —aseguró Darrow.

Elena retrocedió un paso.

—William… ¿estás insinuando que en Roma existe una red antigua, como una máquina dormida, dominada por gente que se arrastra, es decir… reptiles?

—Dormida, sí —respondió él—. Pero no muerta. Y, efectivamente, una sociedad oculta, cambiante, que jamás ha dejado de estar en este mundo, pero cuya raza no es humana, aunque sean capaces de ponerse y quitarse, como en el fresco, la piel de un humano.

Un silencio espeso los envolvió. La megafonía sonó en aquel momento:

—«Vayan abandonando el lugar. Las puertas están a punto de cerrar».

Salieron de la Capilla Sixtina a través de la puerta lateral que conectaba con los pasillos administrativos.

Descendían por otro pasadizo custodiado por impertérritos y coloridos guardias suizos.

Un corredor recto, de bajada, con los muros de piedra que amplificaban cualquier susurro que impactaba en sus piedras centenarias.

Darrow caminaba más rápido ahora. No le apetecía ser tan vigilado ni escuchado por nadie más que sus dos compañeros.

—Tenemos que asegurarnos de que esto no llegue a oídos de quienes no deben saberlo. Hay grupos… interesados. Y no todos humanos.

Elena lo detuvo de un brazo.

—William, estás hablando como si te persiguieran.

Él la miró fijamente.

—Me persiguen.

Mancinelli se acercó.

—¿Quién? ¿El Vaticano? ¿Servicios de inteligencia?

Darrow negó con la cabeza despacio.

—No. Alguien más antiguo. Mucho más. —Se volvió a Elena y le dijo—: Elena, los glifos que descifraste en la tablilla de Kish… ¿Recuerdas ese símbolo? El curvo, el espiral con tres líneas. La piel colgando de la mano de San Bartolomé…

—Sí —dijo ella, sacando su cuaderno—. Lo llamaban «el custodio». Según los textos, se activaba cuando una red de templos… o nodos… era perturbada.

—Pues bien —dijo Darrow con su voz quebrándose—. A San Bartolomé lo llamaban el Custodio, sí. No porque guardara un tesoro material como muchos creen, sino por algo más incómodo de admitir para la Iglesia.

—¿Y se sabe lo que custodiaba? —preguntó Elena con cierta prudencia.

—Bueno… Según la tradición más antigua, Cristo le confió un conocimiento que no debía ser revelado hasta el «momento indicado».

Un saber sobre el origen y el destino del alma, contenido en un texto que después se perdería entre los evangelios apócrifos.

—Le impuso la mano sobre el hombro a Elena— Bartolomé no lo predicó, no se atrevió.

—¿Qué hizo con ello? —insistió ella.

—Lo protegió. Lo ocultó. Era su carga. Por eso, en Oriente, los monjes decían que él no era sólo un apóstol: era el Custodio.

Custodiaba lo que no podía pronunciarse y lo que, de hacerse público, habría cambiado la Iglesia para siempre.

—Desvió su mirada hacia Mancinelli y sentenció—: Y esa es la ironía: mientras la iconografía lo muestra desollado —se le escapó un leve tosido—, sosteniendo su propia piel, la tradición secreta asegura que él fue quien mantuvo intacto el conocimiento que otros querían arrancarle.

—Se aclaró la garganta y concluyó—: A él no lo veneraban por su martirio… sino por su silencio.

En aquel instante se sintió un leve movimiento bajo sus pies seguido de un crujido lejano.

—Creo que estamos perturbando la red.

Los dos colaboradores lo miraron con un terror silencioso.

Y entonces sucedió… Un sonido, lejano, frío. Como un paraguas golpeando piedra húmeda.

Toc. Toc. Toc.

Elena se sobresaltó.

—¿Qué ha sido eso?

Darrow se puso rígido.

—Nos han encontrado.

Mancinelli palideció.

—William… ¿quién?

Darrow resopló, como aceptando por primera vez que no podía huir preso de sus paranoias conspiranoicas.

—El custodio.

Hubo otro golpe. Más cerca.

Toc. Toc. Toc.

Elena empezó a temblar.

—¿Qué hacemos?

—Separarnos —dijo Darrow—. No pueden deshacerse de los tres si no os juntáis conmigo. Id al punto acordado. Buscad el obelisco de Piazza del Popolo. Allí os enviaré lo que encuentre.

Elena quiso replicar, pero Darrow la sostuvo de los hombros.

—Y si veis una figura con paraguas… —un silencio sepulcral— corred —advirtió.

Los tres escucharon un tercer golpe. Tan cerca que parecía venir de la misma pared del pasillo.

El presunto custodio ya estaba allí.

Darrow empujó a sus colaboradores hacia dos direcciones opuestas.

—¡Id! —ordenó con premura.

Fue la última vez que estuvieron con él. Y la primera vez que entendieron que no estaban preparados para lo que venía.