Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

L a fotografía apareció en la pantalla del móvil de Tan de un flashazo .

No quería mirarla, pero sabía que debía hacerlo.

Mientras avanzaban con el miedo en las rodillas hacia la Plaza de San Pedro y con la cúpula cada vez más imponente sobre sus cabezas, el eco del crimen ocurrido en el puente seguía palpitando en sus sienes.

Clara caminaba a su lado en silencio, pálida en exceso para su tono habitual. Mateo, un paso por detrás, llevaba los brazos cruzados como si intentara contener un temblor interno.

Bellori avanzaba por delante de ellos, paraguas negro colgando de la muñeca, tan silencioso que parecía deslizarse.

Archer detuvo el paso un instante.

—Esperad…

Amplió la fotografía. En ella, el cuerpo del puente aparecía en un ángulo torcido, la sangre formando un reguero que se mezclaba con la piedra antigua. Pero no fue eso lo que le hizo entornar los ojos.

—¿Qué ves? —preguntó Clara, acercándose.

Tan señaló un detalle minúsculo en la muñeca del muerto.

—Eso —indicó—. Un sello. ¿Lo ves?

Mateo ladeó la cabeza.

—¿Es una marca…?

—No es una marca cualquiera —respondió Tan—. Es un sello húmedo por lo que se aprecia en el reflejo. Alguien lo estamparía después de matarlo. O antes de dejarlo caer. Por su intensidad, se ve fresco todavía.

Clara pestañeó repetidamente.

—¿Qué dice? —preguntó la joven, sorprendida.

Tan amplió más. El símbolo era curvo, casi espiralado, y se rodeaba de tres líneas.

—Es… un glifo. Probablemente sumerio —apuntó—. Igual que los del cuaderno de Darrow.

Bellori se volvió al haber estado escuchándolos desde el fondo de su sotana.

—Os dije que no era un asesinato casual —dijo en voz baja—. Roma rara vez permite que lo antiguo muera del todo.

El sacerdote señaló el puente a lo lejos.

—Charles Dickens, cuando visitó Roma, escribió sobre Mastro Titta con una mezcla de horror y fascinación. «El hombre más puntual de la ciudad», lo llamó. Su paraguas rojo era un anuncio de muerte. Roma siempre anuncia lo que viene… pero solo a quienes saben leerlo.

Tan alzó la foto una vez más.

—Pues… esto no es un aviso al azar. Es un mensaje directo. Y el glifo… es idéntico al que Darrow encerró en la espiral del cuaderno.

—Entonces significa que Darrow sigue vivo —expuso Clara.

Bellori no respondió. Su silencio fue peor.

—¿Qué es un glifo? —preguntó Mateo.

—Eran símbolos cuneiformes. La escritura de Sumeria en sus tablas de arcilla —avanzó Clara.

A los pocos minutos, la Plaza de San Pedro los recibió con una amplitud casi irreal.

El obelisco se alzaba en el centro, vertical, perfecto, como una aguja clavada en el cielo de ese día grisáceo.

Turistas dispersos sacaban fotos sin comprender que estaban caminando sobre un plano antiguo, uno trazado con precisión geométrica.

Bellori se detuvo justo al borde del óvalo.

—Observad bien —pidió—. En Roma nunca se coloca nada por capricho.

Señaló el obelisco.

—Este monolito fue traído desde el Circo de Nerón. Aquí mismo murieron mártires, entre ellos Pedro. Sixto V lo levantó en esta plaza como eje de un mapa oculto. Es… como una antena.

Mateo abrió los ojos.

—¿Como una antena?

—Sí, de piedra —corrigió Bellori—. No transmite, pero concentra. Las antiguas culturas sabían que ciertas formas verticales podían amplificar fenómenos invisibles: ondas, vibraciones… voluntades.

Las palabras de Bellori fueron… demasiado precisas, por lo que Tan se acercó al obelisco, pasó la mano por la superficie fría y pulida, y sintió un cosquilleo extraño.

—Bellori —dijo de pronto Archer—. Quiero acceso a la Biblioteca Vaticana. Necesito ver manuscritos sobre rituales sumerios, sobre obeliscos, sobre resonancia… y sobre custodios.

Clara lo miró sorprendida. Mateo contuvo la respiración. Bellori, sin embargo, bajó la mirada y dijo la frase que lo cambió todo:

—No soy archivero de la Biblioteca Vaticana.

Tan se quedó inmóvil.

—¿Cómo que no?

Bellori inspiró despacio; la decisión de hablar parecía costarle años de vida.

—Entonces nos has tomado el pelo —le reprochó Mateo.

Tan le dedicó un gesto de prudencia a Mateo. Tenía la intuición de que algo de importancia iba a revelar.

—Dije la verdad. Soy archivero de biblioteca Pontificia… pero no de ésta.

Clara frunció el ceño.

—Entonces… ¿de cuál?

El sacerdote los observó uno por uno, como midiendo su fuerza para escuchar aquello.

—De la biblioteca más antigua y secreta de la ciudad. El verdadero templo principal de Roma —respondió Bellori—. La sede episcopal del Papa.

—¿Y se trata de…? —interpeló Archer.

— De la madre de todas las iglesias. San Pedro es un símbolo, es la imagen, pero Letrán es el origen. Y es allí donde puede estar lo que buscáis.

Tan sintió cómo su intuición encajaba como una llave en una cerradura, aunque no era consciente de a qué lugar se refería Bellori. La conclusión era inevitable.

—¿Letrán? ¿Estamos en el lugar equivocado…? —preguntó Archer de forma breve tratando de tirar de la lengua al sacerdote.

Bellori asintió.

—Y ellos lo saben —confirmó el sacerdote.

Clara dio un paso hacia atrás.

—Pero entonces… ¿por qué matar a ese hombre en el puente? ¿Por qué dejar un glifo sumerio en su piel?

Bellori empuñó el paraguas negro con fuerza.

—Mastro Titta cruzaba ese puente antes de cada ejecución. Era un aviso. Un límite. Un recordatorio de que quien cruzaba al lado equivocado… no volvía.

A Tan se le pusieron los pelos como escarpias.

—¿Y nosotros…?

Bellori clavó su mirada en él. Todavía fría. Todavía insondable.

—Vosotros ya lo habéis cruzado. Y cada paso que deis desde ahora… os acerca más a lo que Darrow pudo haber descubierto.

El viento sopló entre las columnas de Bernini, haciendo vibrar las placas metálicas del obelisco con un susurro grave.

—¿Qué hacemos…? —preguntó Mateo, desorientado.

El sacerdote se giró. Señaló la calle que conducía lejos de la plaza.

—Vamos a Letrán, dado que lo que buscáis seguro que no está aquí. Y lo que teméis… tampoco.

Los tres se tensaron.

Entonces Bellori añadió con una gravedad que heló la sangre de todos:

—Y si el custodio ha despertado… no nos queda prácticamente tiempo.

Justo en aquel momento, el destino decidió marcar un punto y aparte resonando las campanas de San Pedro.