CAPÍTULO 17
L a piedra de la Torre dei Conti seguía vibrando cuando Tan, Clara y Mateo se apartaron, cada uno con un temblor distinto en las manos. El sacerdote Bellori los instó a caminar.
—No permanezcamos aquí más tiempo —advirtió con calma tensa—. Este lugar ha sido… tocado.
Tomaron un taxi. Mientras se alejaban del derrumbe, Roma comenzó a desplegarse ante ellos como un organismo milenario que despertaba despacio, capa a capa, siendo desenterrada por el amanecer.
Las calles se angostaban a medida que se acercaban al corazón de la ciudad.
El taxi se detuvo en una pequeña plaza desde la que la cúpula de San Pedro recortaba el cielo gris del amanecer. A su lado, en medio del inmenso vacío arquitectónico, se erguía un punto destacado y vertical: el obelisco vaticano.
Tan lo vio y, aun sin querer, sintió un tirón en el pecho.
El sacerdote caminó unos pasos hasta quedar frente a la vista despejada de la basílica.
—Éste —dijo— es uno de los lugares más manipulados de la historia. No por fe… sino por diseño.
Clara comprimió los músculos de su cara y preguntó:
—¿Manipulados… cómo?
Bellori señaló el obelisco con un leve gesto del paraguas.
—Ese monolito llegó desde Heliópolis, la ciudad del sol. Es el único obelisco de Roma sin jeroglíficos, el único que sobrevivió intacto a todos sus traslados. Los antiguos lo llamaban «testigo». Y no fue colocado donde está por motivos estéticos, sino geométricos.
Tan completó la frase sin pensarlo.
—Sixto V reorganizó Roma como si se tratase de un mapa… o un circuito.
El sacerdote lo miró con aprobación.
—Exacto. Ordenó mover cuatro obeliscos de los más de veinte que hay en la actualidad. Más de veinte agujas. Más de veinte líneas de conexión invisibles entre sí. Algunos…, trece de ellos, proceden de culturas que anteceden al cristianismo por milenios.
Mateo alzó la vista hacia la aguja.
—¿Y eso qué tiene que ver con Darrow?
—Darrow buscaba resonancias —respondió Bellori—. Lugares donde vibración, historia y mito se superponen. Y en Roma, ese tipo de lugares siempre tienen una aguja en el centro. San Pedro es uno de los nodos principales.
Clara se humedeció levemente los labios.
—Entonces… ¿él habría estado aquí? —preguntó ella.
El sacerdote sostuvo su mirada durante un segundo que se eternizó antes de responder.
—Si buscaba la fuente… sí.
Tan sintió algo clavarse en su interior. Una mezcla de intuición y temor.
—Tenemos que ir a San Pedro —dijo Archer finalmente.
Bellori no sonrió, pero hubo algo en su expresión que parecía decir: «exactamente lo que esperaba».
Comenzaron a caminar hacia el puente que conducía al Castillo de Sant’Angelo, con la basílica aún lejana, pero ya imponente. Las estatuas de ángeles los observaban desde los extremos, de mármol frío, como guardianes impertérritos.
Fue entonces cuando Mateo se detuvo en seco.
—¿Habéis oído eso…?
Un sonido rítmico. Leve. Constante. Inconfundible.
Toc. Toc. Toc.
Tan lo reconoció tarde. Clara lo sintió en la piel antes que en los oídos. Bellori se tensó, casi imperceptiblemente.
Al otro extremo del puente, una figura avanzaba despacio. Una gabardina negra. Un paraguas colgando de la mano. El paso firme, como caminando al compás de un metrónomo silencioso.
El sacerdote expresó en voz baja y cansada:
—Hace siglos, ese sonido era… sentencia.
Clara se aferró al brazo de Tan.
—¿Quién es…?
Bellori no apartó la vista.
—En Roma hubo un hombre a quien llamaban Mastro Titta. El ejecutor del Estado Pontificio. Cruzaba este puente —dijo señalando el de Sant’Angelo— para llevar a cabo su oficio. Siempre con un paraguas rojo. Siempre a este ritmo… —hizo una pausa breve, trágica—. Toc. Toc. Toc.
Mateo retrocedió instintivamente.
—¿Me estás diciendo que…?
—No —interrumpió Bellori—. No es él. Murió hace mucho. Pero a veces —su voz se volvió aún más grave— los ecos de una ciudad tan vieja encuentran… herederos.
La figura avanzaba hacia ellos. El paraguas golpeaba el suelo marcando un compás macabro. Y entonces, de pronto… Un grito.
Un hombre se desplomó hacia un lado del puente. Un policía corrió hacia él gritando en italiano. La multitud empezó a retroceder.
El del paraguas no se detuvo. Ni aceleró. Solo pasó a su lado como quien contempla un cuadro ya terminado.
Tan sintió el corazón clavársele en la garganta.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Clara.
Bellori bajó la mirada un instante, como recomponiendo sus pensamientos.
—Una advertencia —respondió el clérigo—. Un recordatorio de que este puente… es un umbral.
La figura del paraguas se detuvo por un segundo, volvió levemente el rostro hacia ellos —sin mostrar la cara— y continuó caminando hasta desaparecer entre las sombras del castillo.
El silencio que siguió no pareció natural.
Tan balanceó varias veces la cabeza hacia delante y hacia atrás.
—San Pedro —dijo con firmeza—. Es ahí donde Darrow habría ido. Y donde debemos empezar, pero lo que acaba de suceder…
Bellori asintió.
—Demasiado rápido. Como si supiera que estamos tras algo o alguien que le molesta.
Y mientras acababan de atravesar el puente, con el miedo en las rodillas, se acercaron a aquel cuerpo que acababa de ser… ejecutado sobre los adoquines. Un reguero de sangre señalaba que estaban ya en un camino prohibido. Era el primer aviso directo a su llegada a Roma.
Tan salió corriendo en busca de aquel verdugo, tratando de encontrarlo… Pero no hubo éxito. Se acababa de desvanecer y el horror del cadáver de un ser humano degollado acababa de desorientarles.
Clara y Mateo estaban totalmente en shock . No eran capaces de articular palabra. Las manos de aquellos dos jóvenes universitarios temblaban como un pájaro caído de su nido en una madrugada gélida de invierno.
Pero alguien debía de tomar la iniciativa.
—Ya os dije que no era buena idea venir. —Tan apretó la mandíbula y prosiguió— No es la primera vez que me juego el cuello —inspiró y completó de forma pausada—, por querer hurgar en un caso, en el que algún poder oscuro tiene algún interés en marcha.
—Pero… ¡debemos saber qué ha pasado con el profesor Darrow! —exclamó Mateo iracundo.
—Y ¿qué hacemos con…? —trató de preguntar Clara.
—No es nuestro trabajo, vámonos ya —ordenó Tan con enfado—. Tomemos unas fotos del cuerpo y no consintamos que nos frenen. La policía ya está en la zona.
Bellori quedó impactado por la determinación mostrada por Archer en un momento tan extremo.
—Habéis cruzado el puente equivocado —pronunció Bellori, sin apartar la vista del cadáver—. Nada de lo que venga después será un accidente.