Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 16
18%

CAPÍTULO 16

E l avión aterrizó en Roma con un chirrido largo de frenos que hizo vibrar hasta los reposabrazos. Mateo abrió los ojos, sobresaltado. De pronto su cuerpo recordó el episodio de la noche anterior, incluso dormido. Clara, a su lado, lo observó con preocupación silenciosa.

Tan no articuló palabra durante el descenso. No hubo dicho casi nada desde que dejaron Valencia. Pero su mirada, clavada en el horizonte rojizo que teñía las nubes al amanecer, tenía un peso nuevo: culpa, inquietud, una sospecha creciente de que había llevado a sus alumnos a un punto sin retorno.

Roma los recibió con aire frío, una mezcla de niebla y olor a piedra humedecida. Del aeropuerto salieron casi sin hablar, siguiendo el curso natural de los pasajeros que se desperdigaban entre señales luminosas y altavoces que anunciaban llegadas.

Fue entonces cuando Tan sintió el zarpazo de la intuición.

—Nos están esperando —pronunció entre dientes, sin girarse.

Clara arrugó el entrecejo.

—¿Cómo lo sabes?

Tan no respondió. No perdió tiempo ni comprobó si alguien los seguía, simplemente lo sabía, como un reflejo que había aprendido en los años más duros.

Al salir a la zona de taxis, Mateo fue el primero en verlo.

—¿Ese hombre…? —articuló.

Apoyado junto a una columna, envuelto en una sotana negra impecable, un sacerdote esperaba con las manos entrelazadas. Su rostro era anguloso, afilado, casi pétreo. El sol naciente delineaba la silueta de un paraguas colgado de su muñeca.

Un paraguas negro.

Clara contuvo la respiración.

El sacerdote no sonrió ni saludó. Solo pronunció con voz grave:

—Profesor Archer.

Tan se detuvo, tensándose de inmediato.

—¿Nos conocemos?

El sacerdote inclinó levemente la cabeza.

—No personalmente. Pero he sido advertido de su llegada.

—¿Advertido por quién? —disparó Clara, adelantándose.

El hombre no parpadeó.

—Por alguien que quiere que encontréis lo que buscáis antes de que sea tarde.

A Tan se le heló el aire en el pecho.

—¿Quién es usted? —preguntó.

El sacerdote extendió una tarjeta delgada, de papel texturizado.

« Padre Lucio Bellori. Archivero de Biblioteca Pontificia ».

Tan palideció. Supuso que ante él se acababa de personar alguien con mucha información en su poder. Alguien desde dentro del Vaticano.

—Si lo desean —añadió el sacerdote— puedo acompañarlos a un lugar seguro. Roma no es recomendable para extranjeros que llegan con demasiadas preguntas.

Mateo dio un paso atrás.

—Profe, yo… no sé si deberíamos subirnos a ningún coche.

Tan no respondió. Estaba analizando cada gesto, cada sombra en el rostro del sacerdote, cada detalle del entorno.

Los adoquines húmedos. El eco de las maletas transcurriendo sobre éstos.

El silencio extraño alrededor de ellos, generaba la sensación de que el aeropuerto entero hubiera exhalado al mismo tiempo.

Finalmente, Archer habló:

—Antes necesito hacer una llamada.

El sacerdote asintió, sin reprochar ni preguntar a quién.

Tan se apartó unos metros, sacó el móvil y marcó un número que no usaba desde hacía años.

—¿Profesor Salieri? Soy Archer… sí, lo sé.

También pensé que nunca volvería a llamarle.

Necesito… orientación. Algo que enlace teología antigua con resonancia física.

Sí. Sumerios, agua, vibración. ¿Ha oído hablar de rituales que conecten lo divino con ondas?

… ¿Cómo dice?… ¿Un custodio?… Entiendo. Voy hacia allí.

Colgó.

Clara lo miró fijamente.

—¿Qué te ha dicho?

Tan sopló hacia el suelo.

—Que si hemos venido a Roma… hemos venido al lugar correcto… y al peligro correcto.

—¿Quién es ese tal Salieri? —preguntó Mateo, expectante.

—Un teólogo que investiga ciencia antigua. Cuando él dice «peligro», es peligro de verdad.

El sacerdote se acercó, sin invadirlos, pero con una presencia que llenaba el aire.

—La Torre dei Conti —dijo— no cayó sola. No como creen los periódicos. Roma no tiembla sin permiso.

—¿Y quién otorga ese permiso? —preguntó Clara.

El sacerdote miró hacia el cielo gris.

—Los que manejan los hilos desde hace siglos.

Tan lo observó con atención. Había algo en él… Una serenidad inquietante. Nada parecía sorprenderle, en sus ojos se podía leer que ya había vivido este tipo de catástrofes demasiadas veces.

—Llévenos allí —dijo finalmente Archer.

El taxi avanzó hacia el centro de Roma. Y allí empezaron las texturas.

Las calles se estrechaban poco a poco hasta convertirse en venas antiguas hechas de adoquines irregulares que golpeaban el chasis del coche con un ritmo primitivo.

La piedra húmeda de las fachadas exhalaba siglos de historia.

Las fuentes, incluso las más pequeñas, murmuraban con ese sonido de agua eterna que sólo Roma posee.

Clara apoyó la mano contra la ventanilla.

—Es como si todo… respirara.

Tan no dijo nada. Pero lo sentía también. Y lo que fuera que dormía bajo sus piedras… se estaba despertando.

Cuando llegaron a la Torre dei Conti, rodeada por cintas policiales y montones de escombros, los tres se acercaron lentamente.

La piedra estaba fracturada de un modo imposible. No irregular, no azaroso.

—Esto no es un derrumbe natural —evaluó Tan—. Esto es… un corte. Como que algo hubiera vibrado desde dentro.

Clara se inclinó para mirar mejor.

—Parece quemado.

—No quemado —corrigió el sacerdote, acercándose con el paraguas apoyado en su hombro—. Más bien erosionado.

Mateo retrocedió.

—No me jodas…

Tan giró la vista hacia el sacerdote.

—¿Erosionado por quién?

El sacerdote constriñó los labios.

—No por quién sino por qué. Por lo que han despertado.

Y entonces Mateo se quedó rígido.

—Profe… —clamó— ¿has oído eso?

Tan se tensó.

—¿El qué?

Mateo tocó su oído, pálido.

—Una voz. En latín… Creo que decía… —Cerró los ojos, aterrorizado— Custos advenit .

Clara estrujó su mano.

—¿Qué significa?

El sacerdote respondió por Tan.

—«El custodio llega».

Un silencio espeso cayó sobre ellos.

Tan sintió, por primera vez, auténtico miedo.

—Tenemos que movernos… Ahora —ordenó el periodista.

Pero antes de dar un paso, la piedra de la Torre, la misma donde Mateo había apoyado la mano… vibró.

Tic. Tic. Tic.

Como un corazón antiguo despertando.

Tan retrocedió, asustado.

El sacerdote sonrió apenas como quien sabe algo más que los demás, y anunció con solemnidad:

—Ha comenzado.