Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

E l vestíbulo del hotel aún olía a café recién hecho y a cansancio acumulado. Tan, Clara y Mateo habían dormido apenas unas horas —o más bien, habían fingido dormir— antes de abandonar el hotel con el silencio de quienes cargan con un secreto demasiado grande.

Caminaron sin hablar hasta el taxi que hubieron llamado antes de salir por la puerta. El conductor apenas les dedicó una mirada; la madrugada tenía esa cortesía: no hacía preguntas.

Dejaron pasar por las ventanillas del vehículo los destellos que dibujaban el paisaje nocturno del camino, que emulaban estrellas fugaces volando a pocos metros del asfalto.

Al llegar al aeropuerto, el bullicio de primera hora los envolvió. Voces, maletas, anuncios por megafonía. El entorno destilaba normalidad. Y, sin embargo, los tres percibían algo en el ambiente… un latido inquieto, una vibración sutil que no venía de ningún altavoz.

—Voy a por agua —dijo Mateo, intentando sonar natural.

Clara sacó su móvil al mismo tiempo y comentó:

—Yo voy a revisar las noticias… por si la policía ha publicado algo hablando de Darrow.

Tan asintió distraídamente. Caminaba con la mente en otra parte, vigilando sombras entre movimientos de pasajeros, repasando mentalmente la espiral del cuaderno y el murmullo que había escuchado en la habitación.

Entonces Clara se detuvo en seco. Y, por su gesto, Tan supo que aquello no era por Darrow.

—Tan… —susurró ella, con el móvil temblándole en la mano— tienes que ver esto.

Mateo regresó justo a tiempo para mirar la pantalla por encima de su hombro. La noticia ocupaba toda la portada:

ROMA — « Colapsa parcialmente la Torre dei Conti durante la madrugada ».

El titular iba acompañado de una fotografía tomada justo al amanecer: piedras centenarias derrumbadas, polvo suspendido en el aire, bomberos iluminando con linternas la base del monumento como arqueólogos de una catástrofe.

Clara comenzó a leer en voz baja, con el temor a que alguien más pudiera escuchar:

—« El derrumbe coincidió con un ligero temblor… clasificado como de baja intensidad… protección civil investiga… no hay evidencia de actividad sísmica significativa… ».

Alzó la vista y comentó:

—¿Os dais cuenta? No hay terremoto, pero cae una torre medieval.

—¿Otra vez el agua? —preguntó Mateo sin pensarlo— Lo del estanque, los círculos… ¿puede ser…?

Tan negó despacio, aunque no porque descartara la idea, sino porque necesitaba ordenar el caos.

—No es el agua en sí. O no solo. Puede ser un patrón. Algo que se activa… o que se propaga.

Clara volvió a la noticia.

—Mira esto: « Vecinos aseguran haber escuchado un estruendo seco, como si algo hubiera cedido de golpe ». Pero el INGV —Istituto Nazionale di Geofisica e Vulcanologia de Italia— dice que no hay evidencia sísmica real, que no hay un epicentro localizado. Si eso es así, entonces, ¿qué lo hizo caer?

—Una vibración de otro tipo —propuso Tan.

Mateo abrió los ojos como platos.

—¿Como la del museo? ¿Como el latido de las paredes?

—Exacto —respondió Tan, bajando la voz—. Algo que no percibimos de forma directa. Algo… inducido. Pero no desde un punto, sino como un manto de ondas que actúa sobre una zona.

Clara se estremeció.

—¿Crees que lo que vimos en la Ciudad de las Ciencias… tiene relación con esto?

—Creo —respondió Tan sin apartar la mirada de la fotografía— que no existe la casualidad cuando los símbolos empiezan a repetirse.

Clara volvió a mirar la foto del derrumbe. Había polvo, piedras… pero algo más. Una grieta limpia, vertical, casi perfecta. Como un corte.

—Parece hecho a propósito… —musitó.

—O dirigido —corrigió Tan—. Y si Roma es el siguiente punto… alguien quiere que estemos allí para verlo. O para impedirlo.

Mateo tragó saliva.

—O alguien quiere que lleguemos —pausó un segundo y sentenció— tarde.

Tan seguía leyendo la noticia en su teléfono incluso después de que Clara y Mateo guardaran silencio.

La caída parcial de la Torre dei Conti había quedado registrada por decenas de móviles, pero lo que atrapó su atención no fue el derrumbe en sí, sino un pequeño párrafo en la parte inferior del artículo: « Minutos antes del colapso, varias zonas del centro de Roma experimentaron cortes intermitentes en las comunicaciones móviles y fallos breves en las redes de datos.

Las autoridades atribuyen el suceso a una sobrecarga puntual, aunque los técnicos del INGV trabajan para determinar si existe correlación con la vibración registrada en la estructura ».

Archer bajó el móvil lentamente, como si algo pesado acabara de depositarse sobre él. Se sentó en un banco del aeropuerto.

—¿Lo habéis leído…? —preguntó con voz tensa.

Mateo y Clara le miraron sin comprender.

—¿El derrumbe? Sí —dijo Clara.

Tan negó despacio.

—No. Lo anterior. Los fallos en las comunicaciones.

Silencio.

—¿Y eso qué? —preguntó Mateo.

Tan apoyó los codos sobre las rodillas y juntó las manos; un gesto que solo hacía cuando la situación, de repente, se volvía más grave de lo que esperaba.

—Los fallos en las comunicaciones no ocurren antes de un colapso estructural —explicó—. Ocurren cuando hay interferencias externas. Algo que afecta redes, señales… transmisión.

Clara abrió los ojos con un destello de horror.

—¿Interferencias… electromagnéticas?

Tan no quiso afirmarlo de inmediato, pero su rostro lo dijo todo.

—Si alguien está probando algo que puede derribar una estructura antigua… —inhaló con fuerza— no estamos ante un caso académico, ni una disputa científica, ni un simple secuestro.

Mateo se frotó el mentón con fuerza.

—¿Entonces…?

—Entonces —continuó Tan, mirando la pantalla donde la torre aparecía envuelta en polvo—, esto puede ser una prueba. Un ensayo a pequeña escala. Y el siguiente paso podría no ser un monumento. Podría ser… una ciudad entera.

Clara sentía que se le ponía la piel de gallina una vez más, pero ahora con mayor intensidad.

—¿Estás diciendo que lo que sea que Darrow descubrió… podría usarse como arma?

Tan estrujó el móvil con su mano.

—Darrow hablaba de hilos… resonancia… vibración dirigida. Si alguien ha aprendido a amplificar eso, podrían derribar lo que quisieran desde kilómetros de distancia. Sin explosiones. Sin ruido. Sin dejar rastro evidente.

La zona se quedó helada.

—Tenemos que darnos prisa —dijo Tan, levantándose—. No sabemos cuánto tiempo queda. Pero si la torre cayó hoy, significa que están probando, afinando y ajustando.

Mateo habló con la voz quebrada:

—¿Y si esto tiene fecha? ¿Un día concreto?

Tan sostuvo la mirada hacia ambos.

—No lo sé. Pero todo indica que falta poco. Muy poco —reiteró—. Y lo que sea que vaya a ocurrir, sin duda esta es la señal de que… será en Roma.

Tan levantó la cabeza. Mateo y Clara se tensaron. Solo duró un segundo. Un susurro. Un aviso.

Archer exhaló lentamente.

—Recoged vuestras mochilas —ordenó—. El vuelo saldrá en breve. Y cuando lleguemos a Roma empezará la parte más peligrosa.

Un anuncio por megafonía interrumpió su conversación: «Atención, pasajeros del vuelo 2734 con destino a Roma-Fiumicino: embarque por la puerta 11».

Los tres quedaron petrificados.

Puerta 11.

Otra vez el once.

Clara levantó la vista despacio, con la precaución de no hablar en voz alta.

—Tan… ¿ves lo que yo veo? —preguntó ella.

Él no respondió. Solo cerró el puño alrededor del asa de su mochila.

—Vamos —instó finalmente.

Y caminaron hacia la puerta de embarque como quien cruza un umbral. Un umbral que ya los estaba esperando.