CAPÍTULO 14
T an no conseguía conciliar el sueño. Llegados al hotel cada uno hubo ocupado su habitación de la forma más digna posible, a pesar de la tensión acumulada y de la multitud de preguntas que rondaban sus cabezas.
La habitación de Archer estaba completamente en silencio. Era ese tipo de silencio que carga el aire, conteniendo electricidad estática, y a la espera de algo.
Se sentó en la mesa, encendió una pequeña lámpara del hotel y abrió de nuevo el cuaderno de Darrow. Entre sus páginas se exhibía una espiral, diminuta, casi inocente, pero le resultaba imposible apartar la mirada de ella.
La dibujó con el dedo en el aire. Una curva que giraba hacia dentro. Una entrada, o una salida… o un ciclo.
Sobre ella, en letras casi microscópicas, Darrow había escrito una frase:
« El agua recuerda lo que el aire transmite ».
Tan la leyó varias veces. El agua recuerda … …e l aire transmite .
—¿Memoria o resonancia? —se preguntó a sí mismo en un leve susurro.
Repasó las otras notas: Figuras geométricas, longitudes de onda, correlaciones entre vibraciones hídricas y campos magnéticos. Una frase que parecía un acertijo:
« Lo que fluye no cae. Lo que cae no fluye ».
Y bajo ella, un símbolo sumerio para « camino », unido al de « voz ».
Tan entornó la mirada. Era casi como que Darrow hubiera querido dejar dos niveles de lectura: uno científico… y otro mítico… o místico. Como queriendo decirle que las antiguas civilizaciones sabían más de lo que aparentaban.
Entonces tocó el borde del cuaderno, cuando percibió una vibración. Breve. Como un pequeño pulso eléctrico.
Retiró la mano, sorprendido. Volvió a tocarlo y… nada.
—Estoy demasiado tenso —cuchicheó el periodista, aun sabiendo que no era verdad.
Al poco tiempo, cayó en un sueño profundo, el cansancio se apoderó de él incluso sentado en la silla. No era la primera vez que le pasaba de esa forma.
Pero de repente… el sonido de un golpe seco le hizo levantar la cabeza.
No provenía de su habitación. Tampoco del pasillo. Venía de dentro de la habitación contigua. La de Mateo.
Tan se puso en pie de inmediato.
—Mateo… —apeló, mientras abría la puerta—. ¿Estás despierto?
El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por la luz azulada del rótulo de emergencia. Tocó suavemente la puerta de Mateo.
Nada.
Golpeó un poco más fuerte.
—¿Mateo?
Silencio.
Tan contuvo la respiración y su pulso se aceleró.
Cuando iba a insistir, escuchó un ruido. Un crujido. Algo —o alguien— parecía moverse al otro lado.
—¿Mateo? Ábreme.
La manilla bajó lentamente desde dentro. La puerta se abrió apenas unos centímetros, lo suficiente para que Tan empujara.
Y lo vio. Mateo estaba en pie, pero no parecía despierto. Sus ojos estaban abiertos… sí, pero vacíos, sin brillo, sin expresión. Esa sensación de que miraran a través de él.
—¿Mateo? —preguntó Tan, despacio—. ¿Qué estás haciendo?
El chico no parpadeó.
Entonces Tan vio algo que le dejó helado: En la palma de su mano, Mateo sostenía el cuaderno de Darrow.
No sabía cómo lo pudo haber cogido. No escuchó la puerta abrirse. No escuchó pasos.
Y en la página abierta… La espiral brillaba. Y no reflejaba luz: brillaba por sí misma.
Tan sintió que el estómago se le contraía.
—Mateo, escucha. Dime algo. ¿Me oyes?
El chico inclinó ligeramente la cabeza, intentaba recordar una palabra que se le escapaba, y finalmente rumió algo con una voz ronca, casi irreconocible:
—…fase once…
Tan dio un paso hacia atrás.
—¿Qué has dicho?
La espiral brilló más fuerte.
Clara apareció de repente al fondo del pasillo, pálida, con el pelo revuelto y la respiración entrecortada.
—Tan… he oído… ¿Qué está pasando?
Mateo levantó la vista hacia ellos. Su expresión seguía vacía. Y entonces… Se desplomó.
Tan corrió hacia él.
—¡Mateo! ¡Mateo!
Clara llegó al mismo tiempo.
El chico respiraba. Pero profundamente dormido. Inconsciente. Como desconectado.
Tan le tomó el pulso. Firme. Regular.
—Está vivo —dijo, para tranquilizarla—. Está vivo.
Clara temblaba.
—¿Qué… qué ha sido eso?
Tan cerró el cuaderno de un golpe.
La espiral dejó de brillar inmediatamente.
—No lo sé —respondió, con un hilo de voz—. Todavía no.
Al fondo del pasillo, la luz de emergencia parpadeó. Una vez. Dos. Tres.
Clara alzó la mirada.
—Tan… ¿crees que esto tiene que ver con… ellos?
Tan no respondió. Porque sí lo creía. Y porque sabía que aquello era solo el principio.
Alzó a Mateo por los hombros, ayudándolo a entrar de nuevo a su habitación.
—Empieza a prepararte —dijo Tan sin mirarla—. Nos vamos al amanecer. Cuanto antes estemos en Roma… antes entenderemos qué demonios está ocurriendo.
La luz parpadeó de nuevo. El silencio del pasillo parecía observarlos. La espiral, aún grabada en su mente, giraba lentamente. Daba la sensación de que alguien, en algún lugar, acabara de activar algo. Algo que llevaba siglos esperando.
Finalmente, y como pudo, Tan dejó a Mateo recostado en la cama, lo cubrió con la colcha como si aquello pudiera protegerlo de lo que fuera que lo hubiera atravesado. Clara permanecía en el umbral, abrazándose a sí misma, intentando controlar la respiración.
El cuaderno, cerrado, descansaba ahora sobre la mesa. Inofensivo. Silencioso. Como si no hubiese hecho brillar nada segundos antes. Pero Tan sabía que no estaba dormido. Estaba… esperando.
Cerró la puerta con suavidad y ambos salieron al pasillo. La luz azulada seguía parpadeando, inquieta.
—Tan… —dijo discretamente Clara—. ¿Crees que Mateo ha sido… activado por algo?
Él no respondió inmediatamente. Miró hacia la sombra que nacía en la esquina del pasillo: larga, afilada, ajena a la arquitectura del hotel.
—No sé si es la palabra correcta —respondió al fin—. Pero lo que ha ocurrido esta noche… no ha sido un sueño. Ni sonambulismo. Ni casualidad.
Clara prensó los dientes.
—¿Y la «fase once»? ¿Qué significa? ¿Por qué lo dijo así?
Tan comprimió la garganta. Todo en él, desde su racionalidad hasta ese instinto que solo se afina tras años investigando aquello que no debería existir, le decía lo mismo:
—Lo que sea… no ha terminado.
Ambos dieron un paso atrás sin darse cuenta. Algo en el pasillo había cambiado. ¿El silencio? ¿El aire? La tensión. Parecía que el propio hotel hubiera colocado un oído invisible para escuchar cada palabra que pronunciaban.
Tan respiró hondo.
—Como digo, mañana salimos hacia Roma en el primer vuelo que encontremos. Si las notas de Darrow están codificadas… la clave no está aquí. Ni en Valencia. Está en los lugares que él mismo estudió. En la ciudad donde lo sagrado y lo prohibido se mezclan. En la ciudad donde todo deja rastro.
Clara asintió lentamente, con el temor justo para hacerla más decidida.
—¿Roma…?
—Roma —insistió Tan.
Entonces, como una firma final de la noche, una sombra cruzó por detrás de la luz de emergencia. Tan se volteó de inmediato. Vacío. Solo el pasillo y el murmullo lejano del ascensor.
Pero sobre la alfombra, apenas visible, algo había quedado marcado: una huella circular, húmeda, como el borde de un paraguas recién apoyado.
Tan sintió un escalofrío subiéndole por los pies.
—Vámonos de aquí —sentenció.
Clara no preguntó. Ni dudó.
Ambos caminaron hacia sus habitaciones sin volver la vista atrás.
Porque comprendieron que alguien —o algo— ya sabía que partirían hacia la capital italiana y que, en Valencia, lo que habían vivido aquella noche sería apenas un aliento comparado con lo que les esperaba.