CAPÍTULO 13
L a carrera terminó cuando el pez arquitectónico quedó atrás, hundido en el blanco roto por la oscuridad del complejo a esas horas. Los tres respiraban entrecortadamente, todavía con el pulso marcado por el descubrimiento y por el miedo sutil que parecía adherirse al aire como humedad.
Tan se detuvo y apoyó una mano en uno de los pilares blancos del Museo Príncipe Felipe.
—Antes de irnos… —dijo, recuperando el aliento— quiero ver la sala donde Darrow dio su conferencia. Necesito pisar ese lugar. Ver con mis propios ojos qué ocurrió allí dentro.
Clara se pasó una mano por el cabello, aún temblorosa por las ondas del estanque.
—¿Crees que encontraremos algo? Ya ha pasado bastante tiempo…
Tan miró hacia el edificio.
—No confío en las cámaras —respondió—, pero sí en los espacios. Los lugares a veces guardan cosas que las grabaciones no captan. Resonancias. Huellas. Indicios.
Mateo asintió de inmediato, impulsivo, casi con alivio.
—Pues vamos. No pienso irme de Valencia sin saber qué narices pasó con Darrow ahí dentro.
El museo estaba cerrado, sí. Pero el complejo exterior era público, y ciertos accesos técnicos quedaban a veces olvidados en manos de la rutina.
Bordeando la fachada, encontraron una puerta lateral metálica entreabierta. Ni rota ni forzada. Simplemente… mal cerrada. Una de esas negligencias tan humanas que pueden cambiar el curso de una historia.
Tan empujó con cautela. La bisagra emitió un quejido largo y suave, como que el edificio despertaba.
—Dentro —ordenó en voz baja.
Entraron.
El interior del museo era un océano de penumbra. Solo las luces de emergencia delineaban pasillos, escaleras y barandillas metálicas. El eco era tan agudo que cada respiración se multiplicaba varias veces a cada paso que avanzaban.
A medida que avanzaban, el sonido de sus pasos cambiaba según la sala: un eco corto, un eco largo, un eco que se estiraba, un eco que parecía doblarse sobre sí mismo.
—Este sitio da mal rollo así —presintió Mateo, tocando la pared curva con los nudillos.
—Es el diseño —respondió Clara—. Las superficies cóncavas hacen que el sonido rebote y se vuelva impredecible.
Tan no añadió nada. Pero en su mente, esa imprevisibilidad era demasiado lógica como para ser ignorada.
Después de un par de corredores, un letrero plateado emergió en la penumbra:
«SALA DE CONFERENCIAS — ACCESO PERSONAL AUTORIZADO»
La puerta estaba sin llave.
—Otra casualidad —resopló Clara.
Tan negó lentamente.
—Ninguna de estas cosas es casualidad ya.
La empujaron.
La sala era inmensa y silenciosa, con la iluminación reducida a una línea tenue de leds a lo largo del suelo. El escenario parecía un puente flotante sobre un mar de butacas vacías. El atril seguía allí, exactamente donde Darrow se había apoyado horas antes.
Sobre la mesa: Una botella de agua sin abrir. Una servilleta doblada en triángulo. Un cable desconectado. Una silla ligeramente desplazada.
Mateo se acercó al atril, tocando el borde con el mismo respeto que se tiene a algo sagrado.
—Aquí… aquí estaba sentado cuando empezó a temblar —dijo en voz baja.
Clara examinó la mesa con meticulosidad.
—Mira esto —indicó ella.
Señaló una zona apenas perceptible donde la luz LED revelaba una huella tenue, como un rastro aceitoso. Sacó el móvil, la fotografió y reflexionó:
—Podría ser de Darrow… —desvió unos centímetros su mirada.
—Mmm… Guantes de látex —dijo Tan inmediatamente—. Uno de los ponentes le estrechó la mano. Ese fue el momento.
Clara observó la superficie inclinada y comentó:
—El producto no venía de la botella.
—No —confirmó Tan—. Y no tuvo tiempo de beber nada. Fue contacto. Cutáneo, rápido y preciso.
Mateo se inclinó hacia la silla desplazada.
—¿Y esto? ¿Por qué está así?
Tan respondió antes de pensarlo:
—Porque alguien se levantó demasiado rápido. Una reacción involuntaria…
Clara suspiró, sintiendo un nudo extraño en el pecho.
—Aquí empezó todo. Pero no había terminado.
—Vamos al baño —dijo Tan.
El baño estaba casi a oscuras, con un ligero olor metálico impregnando el aire. El eco era distinto allí: más suave, más denso, tal vez las paredes absorbían parte del sonido.
—Fue aquí —desembuchó Mateo—. Aquí desaparece del vídeo.
Clara se adentró, observando el suelo. Y lo vio. Una gota seca, amarillenta, adherida en una junta del azulejo.
—Tan.
Él se acuclilló.
—Compuesto orgánico —barruntó el periodista—. Pero no común. Tiene brillo. Oxidación rápida.
—¿De algún tipo de toxina o químico? —preguntó Clara.
—De algo diseñado para actuar rápido —respondió Tan sin levantar la vista—. Y luego evaporarse casi del todo.
Mateo se apoyó en la pared. Intentaba imaginar al profesor Darrow tambaleándose, tratando de mantener la compostura ante cientos de personas… y fallando.
—Profe… ¿crees que lo secuestraron aquí? —preguntó Mateo.
Tan negó lentamente.
—No en este baño. Aquí solo empezó la crisis. Darrow tuvo que salir por otra puerta antes de perder el control.
Clara miró la ventana trasera del baño, entreabierta.
—¿Y si esa fue la ruta? Hacia la salida del museo. Donde no hay cámaras.
Tan meditó unos segundos la respuesta.
—Tiene toda su lógica —afirmó él—. Pero ya no está aquí.
Acto seguido, Mateo se puso a revisar atentamente cada parte de la ventana y, de forma inesperada, encontró algo:
—Mirad. El marco tiene una sombra en la parte central, como si algo sucio se hubiera restregado en él.
—¿A ver? Parece que hay un resto de goma de suela de zapato o algo así —dijo Tan con los ojos entornados.
Archer rascó aquello y lo guardó en un pañuelo de papel que llevaba en el bolsillo.
Las luces de emergencia parpadearon. Una vez. Otra.
Tan se levantó de inmediato.
—Nos tenemos que ir. Ahora.
Pero antes de salir, Clara tocó el borde de la ventana.
—Aquí es por donde se lo llevaron. Estoy segura.
Mateo, meditabundo y con la mirada perdida, reflexionó en voz alta:
—Entonces Roma no es solo la próxima pista… es donde debemos encontrarlo vivo.
Tan no respondió.
Porque por primera vez dudó de si llegarían a tiempo.
Salieron al exterior directos al hotel, asfixiados por la sensación de que algo había seguido cada paso que dieron dentro del museo. El aire nocturno de Valencia parecía más pesado y, al cruzar la pasarela hacia los Jardines del Turia, Tan miró por última vez al complejo iluminado.
No dijo nada. Pero supo, con una certeza casi dolorosa, que esa noche no habían descubierto un misterio.
Acababan de abrir una puerta. Una que no podrían volver a cerrar.