CAPÍTULO 11
E l silencio regresó al instante en que la figura desapareció tras el pilar. No un silencio normal, era espeso, contenido, sujetado por manos invisibles.
Tan levantó la vista hacia la superficie acristalada del museo. Las costillas blancas, gigantescas, que formaban la estructura parecían vibrar levemente, como cuerdas tensadas por un músico invisible.
Clara retrocedió un paso.
—¿Lo notáis…? —indicó.
Mateo entornó los ojos.
—¿El qué?
—El suelo. Está… temblando.
Tan clavó la mirada en el estanque que bordeaba el edificio. El agua se mostraba quieta, perfectamente quieta. Hasta que una onda minúscula recorrió la superficie. Una sola. Como algo respirando bajo el agua.
La vibración se repitió.
—No es el suelo —dijo Tan muy despacio—. Es… esto.
Apoyó la mano en una de las placas del museo.
La sintió tibia. Luego… un zumbido casi imperceptible. Una pulsación.
Tic. Tic. Tic.
No era mecánico ni eléctrico. Era orgánico.
Clara se acercó con cautela y puso la mano junto a la de Tan. Su respiración se aceleró.
—Es como… un latido.
Mateo negó con la cabeza.
—No, no, no… Los edificios no laten, ¿verdad? Decidme que esto tiene una explicación normal.
Tan no respondió. Porque la teoría de Darrow estaba allí, latiendo bajo sus dedos.
Hilos. Resonancia. Energía. Información.
De pronto, una vibración diferente surgió del interior del museo, sin tratarse de un latido ni de un eco. Era una especie de señal. Un destello contenido.
Y entonces lo oyeron. Una voz. Pero no como antes. Esta vez era más clara. Más cercana y urgente.
—Fase once… iniciada.
A Clara se le heló la sangre.
—¿Once? —inquirió ella—. ¿Otra vez el once?
Mateo ya no intentaba disimular el miedo.
—Profe… ¿qué «fase»? ¿Qué están iniciando?
Tan lanzó una mirada al estanque, que ahora mostraba ondas sucesivas. Daba la sensación de que algo se agitaba en la profundidad.
—No lo sé —receló—. Pero parece que ya ha empezado.
Un destello los cegó por un segundo. El edificio reflejó una luz desde algún punto invisible. Clara tuvo que cubrirse los ojos. Y cuando bajaron la mano… había alguien al otro lado del estanque: La figura. Otra vez.
Pero ahora no estaba inmóvil. Caminaba lentamente paralelo a ellos, al otro lado del agua, bajo la pasarela.
Un paraguas negro colgaba de su mano. Cerrado. Y lo golpeaba suavemente contra su pierna al caminar.
Toc. Toc. Toc.
Un gesto tan cotidiano que resultaba aún más siniestro.
Clara contuvo la respiración.
—Es él —comentó casi sin aire—. El mismo, el del avión, el del restaurante… El de todos lados.
Tan dio un paso hacia adelante.
—¡Eh! —llamó.
La figura se detuvo. Inclinó la cabeza apenas un milímetro, como quien escucha algo lejano.
Y entonces hizo algo que clavó un miedo frío en los tres: Señaló el museo con el paraguas. Un gesto lento, deliberado, que indicaba un punto exacto. El mismo punto donde la fachada vibraba.
Un segundo después, Mateo dio un respingo.
—¿Habéis escuchado eso? —dijo, mirando a todos lados.
Tan frunció el ceño.
—¿El qué?
—Como alguien… diciendo mi nombre.
Clara lo miró horrorizada.
—Yo no he oído nada.
Mateo se tocó el oído, confuso.
—Ha sido como… como si lo hubieran susurrado justo aquí.
Tan se mordía el labio, analizándolo.
No lo notó acústico. Tampoco nada que fuera físico. Era otra cosa. Un primer indicio de… interferencia.
Y justo entonces, desde la fachada, otra voz rebotó con precisión quirúrgica:
—El custodio ya está allí.
Mateo se giró por completo.
—¡¿El qué?!
Tan no pestañeó.
—Repetidlo —ordenó, mirando a la pared—. Repetidlo si es lo que creo.
Pero la voz se desvaneció como un hilo cortado.
Clara señaló con el dedo, temblando.
—Tan… el hombre.
La figura ya no estaba.
El estanque volvió a calmarse. Y sobre la barandilla metálica, justo donde él había pasado, apareció un objeto: Un paraguas. Nuevo. Negro. Impoluto.
Mateo emitió un silbido casi imperceptible.
—Profe… no se lo ha dejado. Lo ha puesto ahí. Para que lo cojamos.
Tan avanzó despacio y lo tomó.
Era ligero. Y al tocarlo, sintió algo en la empuñadura. Una vibración eléctrica. Un impulso breve, como un código.
Y allí, grabado con precisión, vio un símbolo que le detuvo el corazón: Un pez. Pero no cristiano. Alargado, antiguo, sumerio. El mismo contorno que Darrow había dibujado entre espacios vacíos en su cuaderno.
Tan cerró el paraguas con fuerza.
—Se acabaron las coincidencias —dijo con voz grave—. Estamos siguiendo la pista correcta.
Clara lo miró, pálida.
—¿Y eso es bueno… o es malo?
Tan levantó la vista hacia el monumental esqueleto blanco del museo.
—Depende —respondió—. De quién quiera que lleguemos hasta el final.
La fachada vibró una última vez; replicaba. Y entonces, en la superficie del agua, un reflejo fugaz mostró algo imposible: una sombra gigantesca, alargada, similar a un pez colosal deslizándose bajo ellos.
Cuando Clara parpadeó, ya no estaba. Pero los tres lo habían visto. Y lo sabían.
La Ciudad de las Ciencias no solo resonaba. Estaba viva. Y los estaba guiando… O avisando.
Las ondas del agua se intensificaron de repente, cual algo agitándose bajo el estanque. Una sombra gigantesca se proyectó por un segundo en la superficie: alargada, oscura, como un pez colosal moviéndose bajo ellos.
Clara dio un paso atrás, sin aire. La sombra desapareció.
Tan, Clara y Mateo se quedaron paralizados. Y entonces… Mateo dejó de estar allí.
Tan tardó un segundo en procesarlo. Clara tardó menos.
—¿Mateo? —llamó, mirando a ambos lados.
Nada.
Tan avanzó unos pasos.
—¡Mateo!
Solo eco y el pulso del edificio.
Clara sintió que la garganta se le cerraba.
—Tan… ¡Tan! ¡No está! ¡No está! —insistió asustada.
Era imposible. Había estado a menos de un metro. No hubo tiempo para correr. Ni para esconderse. Ni para…
Un grito rasgó la noche. Lejano. Afilado. Humano.
Tan y Clara se quedaron petrificados.
—¿Ha sido…? —balbuceó Clara.
El grito volvió. Más claro. Más reconocible… Era Mateo.
Tan sintió cómo algo helado le recorría la columna. Clara se llevó las manos a la boca, temblando.
—¿Le ha pasado algo…? —soltó entre sollozos.
Y ahí terminó la noche. Sin respuestas. Sin Mateo. Solo el eco del grito rebotando en la Ciudad de las Ciencias, de la que su propia arquitectura quería retenerlo.
Algo había ocurrido. Y no parecía nada bueno.