CAPÍTULO 10
E l trayecto desde los Jardines del Turia hacia la Ciudad de las Ciencias no era corto, pero ninguno de los tres se quejó de ello. Preferían avanzar a pie, lejos de coches que aparecían sin aviso y de calles estrechas donde una sombra pudiera convertirse en ataque.
El antiguo cauce del río permanecía envuelto en un silencio extraño. Demasiado perfecto y limpio.
Cuando, después de unos minutos, comenzaron a divisar la gran cúpula acristalada del Palau de la Música, Clara se detuvo sin darse cuenta.
La fachada curva, iluminada desde dentro, se reflejaba en el estanque frontal. Parecía un portal invertido a otra realidad. Las palmeras alineadas junto al agua parecían escoltarlo como guardianes.
—Valencia es… otra cosa —evocó Mateo—. Mira eso, parece un templo hecho de cristal.
Tan asintió lentamente. No era un templo antiguo… pero transmitía algo igual de solemne.
—Este edificio fue diseñado para amplificar la música —dijo—. Para hacerla resonar con limpieza. Para que cada nota viaje hasta el último rincón de la sala.
Clara comprimió los párpados.
—¿Amplificar…? Como lo que acabamos de oír en la página de Darrow. «Donde resuena».
Tan no dijo nada, pero guardó la observación para sí: A veces, las ciudades hablan. Y ésta, especialmente de noche, parecía estar susurrando algo que todavía no entendían.
Siguieron avanzando, dejando atrás el Palau de la Música, y el paisaje arquitectónico cambió de forma casi abrupta. Gigantesco. Imponente… Desconcertante.
El Palau de les Arts Reina Sofía emergió ante ellos como un coloso blanco flotando sobre el agua. Era un edificio imposible de clasificar: mitad casco, mitad barco, a punto de romper la superficie.
Mateo disparó un silbido involuntario.
—Dime que esto no parece una nave espacial recién aterrizada.
Clara lo miró con complicidad.
—O un barco preparado para navegar… no por el mar, sino por algo más. No sé… como si estuviera hecho para viajar entre estrellas.
Una corriente subió por la columna vertebral de Tan y le hizo agitarse levemente. Aquello había sido una coincidencia… ¿o intuición?
El diseño del edificio, con sus planchas curvadas y sus capas superpuestas, destilaba algo que recordaba peligrosamente a ciertas ilustraciones antiguas que Darrow había mencionado en algunos ensayos: aquellas que hablaban de «naves celestes» asociadas a los mitos sumerios: Anunnaki; los que bajaron del cielo.
Pero Tan sacudió la cabeza.
—Es solo arquitectura —dijo en voz baja—. O eso espero.
Y siguieron caminando… Cuando finalmente alcanzaron el terreno del Museo Príncipe Felipe, la escala del edificio les arrebató el aliento. De cerca, parecía verdaderamente un esqueleto gigantesco. Las «costillas» blancas ascendían decenas de metros hacia el cielo nocturno.
—Dios… —musitó Mateo—. Esto no parece un museo. Todo el entorno parece… un conjunto de naves.
—Bueno, y este… ¿una nave o un templo? —dijo Tan.
Clara lo observó con interés.
—¿Templo?
—Muchos templos antiguos imitaban lo que veían en el cielo —dijo Tan—. O lo que creían ver. A veces, lo que descendía. O lo que regresaba.
Clara y Mateo se miraron. Ambos pensaron lo mismo, pero ninguno se atrevió a decirlo.
Llegaron a la explanada delantera del Museo Príncipe Felipe. La luz azulada que iluminaba sus fachadas se reflejaba en los estanques y creaba un silencio aún más extraño.
Hasta que lo rompió una voz.
—…aseguraos de que no encuentren el acceso…
Los tres se quedaron petrificados.
—¿Habéis oído eso? —susurró Clara.
—Sí —respondió Mateo, con la piel erizada.
Otra voz, más lejana, más grave:
—…mañana es el límite…
Tan levantó la mano.
—Callaos. Escuchad.
Parecía imposible: estaban prácticamente solos. Nadie cerca. Nadie detrás. Nadie frente a ellos.
Las voces flotaban en el aire. Venían de todas partes y de ninguna a la vez.
—…el protocolo debe cumplirse…
Clara carraspeó.
—¿De dónde viene eso?
Entonces Tan avanzó unos pasos, colocándose frente a la fachada curva del museo.
Sintió cómo el aire vibraba. Cómo la arquitectura devolvía el sonido.
—La concavidad del edificio… —explicó— es un amplificador. Un espejo para el sonido. Las voces vienen de la parte trasera. Y la fachada las lanza hacia aquí como una antena.
Los tres quedaron en silencio, asimilando la revelación.
Clara miró el cuaderno.
—No busquéis donde brilla… Buscad donde resuena.
Tan sintió la punzada de una certeza. Darrow los había guiado exactamente a ese punto. A ese fenómeno acústico. A esa revelación física.
—«Donde resuena» es literal —dijo—. Este edificio… este punto… es su primera pista real.
Mateo se abrazó a sí mismo, inquieto.
—¿Y si toda la Ciudad de las Ciencias —inspiró y continuó— es un instrumento gigante? ¿Un dispositivo diseñado para amplificar algo o… para ocultarlo?
Tan iba a responder, pero entonces Clara emitió un grito ahogado.
En el extremo de los soportales del museo, una figura oscura se recortaba contra la luz azulada del estanque. Inmóvil. Mirando directamente hacia ellos.
Era la misma del avión. La misma del Palau Alameda. La misma sombra que los había seguido desde Londres.
—Tan… —suspiró Clara— se está moviendo…
Pero la figura no es que se movió. Simplemente… desapareció detrás de un pilar.
Los tres corrieron hacia allí. Y cuando giraron la esquina… no había nadie.
Ni pasos. Ni eco. Ni señal de huida. La arquitectura habría absorbido la figura… o nunca hubo estado allí.
Clara apretujó el cuaderno contra su pecho.
—Esto no es normal. Nada de esto lo es.
Tan inspiró y expiró de forma profunda y sonada.
—No. —Pausó un instante y concluyó profundamente preocupado—: Esto solo es el principio.
Y mientras observaban la fachada monumental del museo, que resonaba con voces que nunca debieron escuchar… los tres comprendieron que lo que habían descubierto no era sólo una pista. Era una advertencia.