Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Pero entonces Clara ladeó la cabeza.

—¿Os habéis fijado…? —susurró, con las cejas contraídas—. Hay algo raro en los espacios.

—¿Raro cómo? —preguntó Mateo entornando los ojos.

Ella pasó el dedo por encima del papel, sin tocarlo.

—Esto no es casual. Los huecos… las zonas sin texto… están colocados como formando algo. No sé qué, pero… hay una forma. Algo que se intuye.

Tan entrecerró los ojos. Visto desde arriba, como un patrón general, sí había algo: una figura alargada, estilizada, como un contorno tridimensional hecho de vacío entre las palabras.

Pero no lo reconoció. No todavía.

—Es un mensaje dentro del mensaje —dijo Clara.

—Eso parece —asintió Tan—. Pero aún estamos lejos de saber qué significa.

Cuando volvieron a mirar la página, se percataron de una frase en letra más clara, casi imperceptible, descentrada, escrita como al borde de la desesperación:

« No busquéis donde brilla. Buscad donde resuena»

Mateo abrió los ojos.

—Vale, eso sí que es cifrado total.

—Es Darrow —apuntó Tan—. Esto es exactamente lo que haría él.

Permanecieron diez minutos más discutiendo interpretaciones posibles. Ninguna encajaba. Ninguna era concluyente. Y la silueta formada por el texto, esa especie de contorno que apenas intuían, quedó archivada en sus mentes para tener en cuenta más adelante, como una pieza del puzzle aún sin par.

Pero decidieron no prolongar más tiempo su presencia en el restaurante, por lo que pidieron la cuenta, pagaron y salieron de Palau Alameda.

La noche de Valencia se tornó suave con el pasar de las horas, con una brisa leve que agitaba las ramas de los árboles del Turia. Transcurrían por la avenida, iluminada por farolas cálidas y ornamentales que proyectaban sombras largas sobre el suelo.

La tranquilidad reinaba, hasta que Tan lo sintió. Ese tirón en la nuca. Esa intuición que nunca fallaba.

—No os giréis —avisó—. Pero me temo que no estamos solos.

Clara sintió un nudo en la garganta de inmediato. Mateo fingió mirar un vehículo inexistente.

—¿El del avión? —preguntó ella con voz casi inaudible.

—Lo sospecho —dijo Tan.

Siguieron caminando, tratando de mantener el ritmo. A unos veinte metros detrás, una figura solitaria caminaba con una cadencia demasiado regular. No aceleraba ni reducía el paso. No hablaba por teléfono ni miraba el móvil. No mostraba ningún gesto humano habitual. Simplemente… avanzaba.

Mateo se atrevió a hablar:

—Profe… dile que nos estamos paranoiando y que es un turista italiano perdido.

—Ojalá —respondió Tan sin humor.

Tomaron el paso de peatones para cruzar hacia el antiguo cauce del río. El semáforo estaba en rojo. Un coche se detuvo en primera línea.

Pero entonces, sin previo aviso, el mismo coche aceleró. No a velocidad de atropello intencionado. Peor. A velocidad de advertencia.

Un rugido súbito, una ráfaga de luz y metal que avanzó hacia ellos como un latigazo.

—¡Cuidado! —gritó Clara.

Archer la agarró del brazo y tiró de los dos hacia atrás. El coche pasó rozando, tan cerca que el aire caliente del motor les azotó en las piernas. Mateo perdió el equilibrio y cayó de lado sobre el bordillo.

El vehículo no frenó ni miró atrás. Avanzó unos metros, giró bruscamente y desapareció entre dos calles laterales.

Silencio. Solo su respiración acelerada.

—Vale… vale… —balbuceó Mateo— eso no ha sido un accidente. Eso… eso era un mensajito.

Tan lo sabía. Clara lo sabía. Los tres lo sabían.

Cuando se giraron, la figura que los seguía ya no estaba.

Continuaron avanzando hacia los Jardines del Turia. La avenida se estrechaba en algunos tramos y el follaje proyectaba sombras caprichosas sobre la acera. Un murmullo sordo de tráfico lejano se mezclaba con el canto apagado de algún pájaro nocturno.

De repente, un arbusto a su derecha se estremeció de forma brusca.

Clara dio un respingo y se aferró al brazo de Tan.

—¿Qué es eso? ¡Joder, qué es eso!

Mateo levantó ambos brazos en postura defensiva, como pretendiendo bloquear cualquier cosa que saliera del seto.

—¡Quietos! —ordenó Tan, retrocediendo un paso, tensando el cuerpo.

El arbusto volvió a moverse. Esta vez más violento. Algo rasgó las hojas. Un par de finas ramas cayeron al suelo tras un crujido agudo.

Clara se cubrió la boca. El seto se abrió de golpe y una sombra saltó hacia ellos. Un salto rápido. Bajo. Ágil.

Clara gritó. Mateo también, aún más alto. Y Tan chafó con fuerza los dientes.

Entonces la sombra cruzó entre sus piernas. Un gato. Corpulento, gris, con ojos amarillos brillantes que los observó desde la barandilla antes de escabullirse al otro lado y perderse en la oscuridad.

Un silencio absurdo irrumpió antes de que Mateo soltara, con el corazón a mil:

—Vale… vale… Me niego a aceptar que casi muero de un infarto por un gato.

Clara se dejó caer un segundo sobre un banco y soltó un suspiro histérico entre risas.

—En este viaje nos va a dar algo.

Tan no sonrió. Su instinto seguía alerta.

Y entonces, como un flash involuntario, le vino el recuerdo: Londres.

La calle de camino a su casa. El contenedor de basura golpeando la pared.

La cámara robada por los guardias que intentaron intimidarle.

La sensación de estar siendo observado. Y dos zorros de gran envergadura saltando del contenedor, provocó un crujido violento que le hizo retroceder en plena noche, mientras buscaba pruebas de un caso que casi le costó la vida.

La misma tensión. La misma adrenalina filtrándose en el estómago. La misma advertencia silenciosa del entorno.

—¿Profesor? —preguntó Clara, al notar que él seguía ausente.

Tan volvió al presente.

—Sí… estoy bien —suspiró—. Este tipo de sobresaltos me recuerdan que no podemos bajar la guardia, pero tampoco podemos perder el norte.

Clara lo miró con cierta comprensión. Mateo, sin entender del todo, solo asintió.

—No dejemos que esto nos distraiga —dijo Tan—. Tenemos que llegar a la Ciudad de las Ciencias antes de que sea más tarde.

Reanudaron el camino. Las sombras se volvían más densas a medida que descendían hacia el antiguo cauce del río. Allí, el rumor del agua en las fuentes y el eco de sus pasos sobre los puentes de piedra y hormigón creaban un ambiente inquietantemente solemne.

A lo lejos, entre los árboles, la silueta blanca de los edificios futuristas empezaba a asomar.

Y mientras avanzaban hacia ella, cada uno de los tres —sin reconocerlo en voz alta— sintió lo mismo: Que estaban entrando en territorio marcado. Que todo lo que había pasado hasta ahora era solo un aviso. Una advertencia. Y que el verdadero peligro estaba aún por comenzar.