CAPÍTULO 8
E l taxi los dejó frente al Palau Alameda, un edificio elegante y emblemático que emergía con su brillo de cristal y focos sobre su fachada junto al tramo de los Jardines del Turia.
El aire nocturno de Valencia seguía cálido, sereno, cargado de ese olor dulce a azahar que parecía colarse en cada rincón de la ciudad.
Mateo se estiró la camiseta, mirando hacia arriba.
—Wow… este sitio es top —pronunció, con los ojos brillando.
—Espero que la comida también —respondió Clara, llevándose la mano al estómago—. Me muero de hambre.
Tan, que llevaba horas sin probar bocado, asentía en silencio. El estrés, la tensión acumulada desde Londres, la presencia del hombre del avión… todo le presionaba las sienes como una banda metálica. Necesitaba unos minutos para ordenar la mente.
Subieron la escalera hacia Àtic, el restaurante ubicado en la azotea del edificio.
La luz tenue, unas mesas de madera clara, otras de metal gris oscuro y la música ambiental los envolvieron de inmediato.
Desde la terraza se abrían unas vistas espectaculares hacia los árboles oscuros del antiguo cauce del Turia, las farolas que iluminaban las sendas y la brisa nocturna que suavizaba la temperatura.
Se sentaron cerca de la barandilla, en una mesa que les permitía contemplar la ciudad extendiéndose hacia el este. A lo lejos, aunque invisible desde esa posición, Tan sabía que la Ciudad de las Ciencias aguardaba como un animal blanco y silencioso.
El camarero les tomó nota con rapidez. En cuanto se marchó, Mateo soltó un suspiro largo.
—Vale… ¿podemos admitir por un segundo que lo del avión fue rarísimo?
—Podemos admitirlo —claudicó Tan—. Pero no podemos asumir nada más. No sin pruebas.
Clara abrió su cuaderno, ese pequeño tomo repleto de diagramas, ideas y notas que iba recogiendo para ayudar a Tan.
—He estado repasando las anotaciones que Darrow dejó en las páginas finales —comentó—. Hay frases incompletas, señales de prisa. Como si estuviera escribiendo mientras huía o mientras intentaba poner sus ideas en orden antes de… bueno, antes de desaparecer —completó con pena.
Tan asintió.
—Me preocupa lo mismo que a ti. Ese cambio en su letra. La forma en que las líneas se vuelven irregulares.
—Y hay algo más —añadió Clara, bajando la voz—. Algunas palabras están escritas cual código. No descarto que haya algún mensaje oculto.
Mateo se incorporó, con gran interés.
—¿En serio? Ojalá sea un acertijo. Los youtubers que sigo lo harían viral.
Archer iba a responder, pero en ese momento llegó la comida: tapas valencianas, carnes a la brasa, pan recién horneado. El aroma llenó la mesa, arrancando una sonrisa incluso a Tan, cuyo apetito había desaparecido desde el despegue.
Comieron durante unos minutos, en silencio, agradeciendo por fin un momento de calma. Hasta que el móvil del periodista vibró.
Una llamada entrante: Desconocido, número oculto.
Tan sintió un latigazo de adrenalina.
—¿Vas a responder? —preguntó Clara, deteniendo el tenedor en el aire.
Mateo ya estaba inclinándose sobre la mesa, intentando ver la pantalla.
—Podría ser spam , profe… o podría ser exactamente lo que necesitamos saber.
Tan inspiró hondo y deslizó el dedo para aceptar.
—Archer —sonó una voz a lo lejos por el auricular, casi susurrando.
Durante tres segundos no se escuchó nada. Solo el murmullo lejano del restaurante. El «clinc» de los cubiertos. El viento suave.
Luego, aquella voz. Una voz distorsionada, electrónica e irreconocible.
—Profesor Archer…
Tan se irguió. Clara abrió los ojos. Mateo inspiró fuerte.
La voz continuó con un acento extranjero:
—No debe buscar a Darrow en los sitios obvios. Él dejó algo para usted… Algo que no llegó a entregar a tiempo.
Tan se forzó a mantener la voz estable:
—¿Quién eres? ¿Dónde está Darrow?
Un segundo de silencio… y después:
—El mensaje está en el cuaderno. Pero usted lo está leyendo mal.
Clara abrió el cuaderno de golpe, algo la pareció haber llamado.
—¿Qué quieres decir con «mal»? —insistió Tan.
—Página treinta y tres. Léala de nuevo. No con la vista… sino con una luz adecuada.
La llamada se cortó de golpe. Sin despedida. Sin interferencias. Pareció que nunca hubiera existido.
Tan bajó lentamente el móvil. Clara y Mateo lo miraban con la cara en tensión.
—¿Qué… qué ha sido eso? —preguntó Clara.
Archer pasó una mano por la frente.
—Una advertencia. O una pista… O una trampa —especuló—. Pero no podemos ignorarla.
Mateo ya tenía el cuaderno en las manos.
—Página treinta y tres —repitió—. Vamos a ver qué narices hay aquí.
Lo abrió. La página parecía normal. Un diagrama, un par de ecuaciones, una frase incompleta… Nada más.
—No veo nada —dijo Clara—. ¿Tú?
Tan observó la página con más detenimiento. Pero no. Nada extraño.
A pesar de ello, cuando alzó la mirada e hizo ademán de levantarse un segundo para ajustarse el pantalón, divisó algo que no esperaba: En el cristal que daba a la terraza, proyectada débilmente desde la calle…
una figura: Un abrigo oscuro; alguien observándolos desde lejos. La misma figura del avión.
Tan sintió el pulso acelerarse.
—No aquí —runruneó—. No ahora.
Clara y Mateo se giraron alarmados. Pero para cuando miraron hacia el cristal… la figura ya hubo desaparecido.
Solo quedó el reflejo de las luces, danzando sobre el vidrio, del impactante cartel luminoso de «Valencia» que coronaba la barandilla.