Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

E l avión tomó tierra en Valencia con un golpe seco que hizo rebotar ligeramente el fuselaje. Clara soltó el aire contenido. Mateo, que presumía de ser un viajero experto, presionó los dientes cuando las ruedas chirriaron contra la pista y luego se incorporó fingiendo absoluta tranquilidad.

Clara, sentada junto a la ventanilla, era de complexión delgada, con un rostro expresivo que mezclaba inteligencia y timidez.

Tenía el cabello castaño recogido en un moño improvisado, con mechones sueltos que se rebelaban constantemente, y unos ojos grandes y oscuros que absorbían cada detalle con avidez casi científica.

Vestía ropa cómoda — pantalones anchos y una sudadera gris—, pero llevaba en la muñeca un reloj analógico antiguo, muy poco propio de su generación, que marcaba un contraste curioso con su juventud.

Mateo, en cambio, era pura energía contenida.

Alto y de hombros estrechos, con ese aire aún adolescente que no termina de asentarse en la edad adulta.

Su pelo rizado y algo indisciplinado enmarcaba un rostro simpático, salpicado de pecas y algún grano aislado, con una expresión que pasaba en segundos del entusiasmo absoluto a la preocupación genuina.

Vestía camiseta negra, vaqueros y unas zapatillas modernas.

Tan, por su parte, no apartó la vista del hombre del abrigo oscuro hasta el último segundo.

Durante el descenso, las turbulencias habían vuelto a sacudir el avión con un vaivén irregular. Parecía que una mano gigante estuviera tanteándolo desde fuera. Algunos pasajeros se quejaron, una azafata perdió momentáneamente el equilibrio y Clara agarró el brazo de Mateo casi con desesperación.

Pero el hombre del asiento 14C permaneció impasible. Ni un gesto. Ni una mueca. Ni siquiera esa tensión involuntaria que cualquier humano siente en el estómago cuando el avión cae un par de metros de golpe. Sólo un leve parpadeo; cada vibración del aparato confirmaba algo que él ya sabía.

Tan intentó disimular mientras lo observaba, pero la impresión que le producía era sensiblemente intensa como para ignorarla. Había algo… incorrecto en él. Como una pieza que no encajaba del todo en el rompecabezas del mundo.

Cuando el avión se detuvo frente a la terminal, Clara se quitó el cinturón con rapidez.

—No vuelvo a subir a un avión en mi vida —refunfuñó.

—Sí, sí, claro… hasta que encuentres otro billete por nueve libras —respondió Mateo, intentando recuperar su tono ligero.

Sin quererlo, su comentario arrancó una sonrisa a Tan.

Los pasajeros empezaron a levantarse en estampida. El hombre del 14C fue de los últimos en ponerse en pie; su movimiento fue suave y preciso, tanto que por un momento Tan tuvo la impresión de estar viendo algo ensayado, como un actor en una obra donde el resto del reparto no conocía el guion.

Al pasar junto a ellos en el pasillo, el hombre giró apenas la cabeza. Sus ojos se detuvieron un instante en Archer. Era una mirada exacta, precisa, aunque sin ser prolongada. Generó la sensación de haberlo analizado en una fracción de segundo.

Tan sintió un leve espasmo por el contraste. El aire cálido del aeropuerto de Manises les golpeó al salir por la puerta de embarque. Valencia siempre tenía ese olor: una mezcla de humedad marina, café recién hecho y gente con prisa.

Mateo empujó su mochila hacia arriba y se volteó hacia Clara.

—¿Lista para la paella? —preguntó.

—Lista para pisar tierra firme —respondió ella, exagerando el temblor en las piernas.

Caminaron hacia la cinta de equipajes mientras Tan mantenía la mirada en el flujo de pasajeros que se disgregaban entre señales y columnas. Buscó al hombre del abrigo, pero lo perdió entre la multitud. Algo en esa desaparición súbita lo incomodó aún más.

—¿Lo estás buscando? —preguntó Mateo en voz baja, sin necesidad de especificar a quién.

Tan no respondió.

La cinta comenzó a moverse con un traqueteo metálico. Maletas de todos colores rodaron hacia ellos: negras aburridas, verdes chillones, una rosa con pegatinas. Clara localizó la suya casi de inmediato.

—A ver si tenemos suerte —dijo Mateo— y salimos pronto antes de que se colapse esto.

Pero Tan seguía inquieto. Había algo… una sensación persistente. No miedo, exactamente. Más bien la sospecha de que el vuelo no había sido una simple coincidencia geográfica entre desconocidos.

Finalmente, sus maletas aparecieron. Salieron al exterior, donde la humedad nocturna ya se mezclaba con las luces amarillentas de los taxis alineados.

Clara miró alrededor con ojos curiosos.

—Así que… Valencia —comentó ella—. Huele a verano.

Tan inspiró hondo. Sí, a verano… pero también a algo más. Algo que aún no sabía nombrar.

Mientras avanzaban hacia la parada de taxis, una figura cruzó fugazmente el extremo de su visión periférica. Un movimiento rápido. Un abrigo oscuro.

Tan se giró de inmediato. La acera estaba vacía. Mateo le observó en silencio.

—Tan… ¿todo bien?

El periodista tardó unos segundos en responder.

—Sí —dijo finalmente—. Todo bien. Será el cansancio del vuelo.

Pero sabía que no era eso. Sabía que el aterrizaje abrupto no había marcado el final del peligro. Era tan sólo el principio.