CAPÍTULO 6
E l taxi avanzaba por las calles londinenses bajo la luz turbia de la ciudad; el tráfico denso y los faros reflejados en el asfalto húmedo creaban un ritmo mecánico que parecía marcar la urgencia de su misión.
Tan sostenía el cuaderno negro entre las manos, repasando mentalmente los diagramas mientras Mateo lo observaba con una mezcla de entusiasmo y ansiedad.
—Profesor, creo que deberíamos avisar a alguien más —dijo Mateo de repente—. Hay alguien más que podría ayudarnos. Inteligente, estudiosa… Clara. Está en clase de ética de la comunicación y es una máquina analizando datos.
Tan lo miró, evaluando la propuesta.
—¿Quieres que se una al viaje? —preguntó, ligeramente escéptico.
—Sí, y… —Mateo sacó su móvil— encontré un billete barato para ella. Menos de 10 libras. Oferta relámpago. Es muy top … estudiante de primera.
Tan suspiró, resignado.
—No me gusta la idea, pero está bien. Le advertiré que deberá seguir nuestras indicaciones al pie de la letra. Esto no es un viaje turístico.
Llegaron al aeropuerto de Heathrow. Dentro, el murmullo incesante, el aroma a café instantáneo y el arrastrar de maletas creaban un ambiente de tránsito perpetuo.
Clara los esperaba cerca de la puerta de embarque, cargada de cuadernos y con los auriculares colgando del cuello.
Su mirada curiosa y analítica los recibió con una sonrisa contenida.
—¿Vosotros dos me escribisteis? —preguntó, levantando el móvil—. ¿Qué es tan urgente?
—Lo sabrás pronto —respondió Tan—. Pero escucha, nada de distracciones. Este viaje no es inocente. Tiene que ver con algo muy serio que Darrow estaba estudiando.
En tanto atravesaban el control de seguridad, Mateo bromeaba para aliviar la tensión:
—Me siento como en mi propia serie de espionaje low cost . Billete barato, misión imposible… Todo en uno.
—Esto no es un juego —replicó Tan sin mirarlo.
Al embarcar en el avión —un modelo mediano con iluminación tenue y un zumbido constante—, Tan notó algo extraño.
A unos asientos de distancia, un hombre de unos cincuenta años, cabello oscuro peinado hacia atrás, gafas finas, vestía un traje demasiado formal para un vuelo barato.
Sostenía un cuaderno diminuto y anotaba con movimientos breves, casi nerviosos.
Pero lo más inquietante era su mirada: se detenía en cada pasajero unos segundos, como fichándolos mentalmente.
Mateo frunció el ceño.
—Profesor. Ese tipo… me da mal rollo.
—Todavía no sabemos nada —respondió Tan—. Observa. Solo observa…
Clara tomó asiento entre ambos. Nada más abrocharse el cinturón, abrió el cuaderno de Darrow y comenzó a leerlo con la concentración de un criptógrafo descifrando un mensaje en clave. Señalaba diagramas y apuntes, sus labios murmurando fórmulas casi inaudibles.
—Si lo que describe aquí es correcto —dijo finalmente—, estamos hablando de hilos que podrían conectar estructuras cósmicas como raíles energéticos.
Esto no solo afectaría fenómenos electromagnéticos en la Tierra…
Podría alterar cómo entendemos el universo mismo.
Comunicación instantánea, transporte sin fricción, manipulación de masas…
—engulló—. Si alguien pudiera controlarlos, controlaría la estructura misma de la realidad.
Mateo sonrió orgulloso.
—¿Veis? Clara es otro nivel. Está en su prime ahora mismo.
Tan parpadeó, intentando comprender esa expresión.
—Mateo… céntrate. No sé qué significa eso, pero ahora mismo necesitamos cabeza fría.
El avión comenzó a moverse hacia la pista. Clara tensó los dedos contra los reposabrazos.
—No me gusta despegar —admitió—. Me marea un poco.
—Respira por la nariz —dijo Tan— y no mires por la ventana.
El rugido de los motores aumentó en intensidad, empujándolos hacia atrás mientras el fuselaje vibraba. Mateo achinó los ojos un instante. Tan, que había volado cientos de veces, sintió sin embargo una punzada de inquietud: demasiados elementos desconocidos y piezas moviéndose a la vez.
Una vez en el aire, atravesaron una capa de nubes densas y el avión tembló brevemente. Un par de pasajeros soltaron exclamaciones contenidas. Clara presionó los dientes.
—No pasa nada —dijo Mateo, intentando sonar seguro—. Es solo… una turbulencia ligera. Nivel… eh… normalito.
Pero Tan vio al hombre del cuaderno: no reaccionó.
Ni un parpadeo. Solo cerró el cuadernillo, lo guardó con precisión quirúrgica en un bolsillo interior y reclinó levemente la cabeza, como si estuviera escuchando algo en la distancia.
Sus manos descansaban entrelazadas, rígidas, parecía aguardar una señal.
Esa calma artificial le inquietó aún más que la turbulencia.
A mitad del vuelo, otra sacudida recorrió el avión. Algo más fuerte. Una bandeja metálica cayó en la parte trasera y un bebé comenzó a llorar. Clara contuvo un grito y Mateo la sujetó por el antebrazo.
El hombre misterioso alzó la vista. Miró directamente a Tan. Solo un segundo. Pero fue suficiente para que Archer sintiera un escalofrío; aquella mirada tenía intención… y reconocimiento.
Cuando el avión finalmente descendió hacia Valencia, la luz anaranjada del atardecer entraba por las ventanillas. La presión del descenso hizo que los oídos de Mateo se taponaran.
—Dios, odio esta parte —dijo, masajeándose las sienes—. Mis oídos sufren tela, profesor.
Tan no entendió, pero no preguntó. Estaba ocupado observando cómo el hombre extraño se ajustaba la corbata y tomaba un pequeño estuche negro del compartimento superior. No parecía un turista. Ni un académico. Ni un pasajero común.
Parecía alguien que sabía exactamente quiénes eran ellos, y que no había subido a ese vuelo por casualidad.