CAPÍTULO 5
S alieron de la casa de Darrow en silencio. La tarde londinense se deslizaba pálida sobre Camden, y las sombras de los edificios parecían alargarse en la acera mojada por una llovizna reciente.
Tan sostenía el cuaderno negro con cuidado, consciente de que entre sus páginas podía hallarse la llave de algo más grande de lo que imaginaban. Mateo lo seguía de cerca, con la mochila al frente, una mezcla de nervios y emoción dibujada en su rostro.
—No sé cómo él hacía estas cosas —dijo Tan, señalando el cuaderno—. Los compartimentos secretos, los mecanismos ocultos… le encantaban los enigmas. No era solo precaución; era parte de su manera de pensar. Cada escondite, cada detalle, estaba pensado para proteger su trabajo.
Mateo asintió, aún sorprendido.
—Entonces… esto es realmente importante —pronunció en voz baja, casi para sí mismo.
—Eso parece —respondió Tan—. Y hay algo más. Mira esto.
Abrió el cuaderno en un esquema que mostraba líneas que se entrecruzaban, conectando puntos de manera aparentemente caótica. Pero Tan intuyó un patrón: hilos invisibles, como raíles que podían recorrer el mundo… o incluso el universo de punto a punto.
—Exacto —dijo, señalando la figura—. Según Darrow, si alguien consiguiera probar la existencia de estos hilos electromagnéticos, estos hilos invisibles, y además desarrollara tecnología capaz de utilizarlos…
no solo cambiaría la ciencia conocida. Cambiaría el cómo funciona el universo.
Y eso podría alterar todo: desde la comunicación y el transporte hasta la comprensión del cosmos.
—O sea… que no es solo que alguien quisiera esconder su investigación —dijo Mateo, tragando saliva—. Es que lo que él encontró podría ser… un cambio total en las reglas del juego.
Tan asintió, sin apartar la vista de los diagramas.
—Exacto. Y por eso hay que tener cuidado. Aunque aún no sepamos quién podría estar interesado en esto ni cómo, es un riesgo potencial. No podemos descartar que Darrow haya sido presionado, intimidado… o algo peor.
Cruzaron la calle entre gente pintoresca, con crestas y dilataciones sobredimensionadas en las orejas, gente que al primer golpe de vista impactaba y podía llegar incluso a causar cierto miedo a alguien con prejuicios.
Bajaron las escaleras hacia la estación de metro. La luz fluorescente parpadeante iluminaba el pasillo, creaba sombras que danzaban por las paredes de azulejos desgastados y, allí, el aroma a humedad y metal caliente les recibió desde el andén.
—Madre mía… —se dijo a sí mismo Mateo—, esto es otro rollo. La estación parece sacada de una peli de misterio.
Tan sonrió ligeramente, pero no dijo nada.
Observó los raíles que se perdían en la penumbra y el flujo constante de pasajeros.
Cada detalle le recordaba a las advertencias de Darrow: las ciudades, la infraestructura, las conducciones metálicas y los túneles podían servir como raíles y amplificadores naturales de ciertos campos electromagnéticos.
Esa era la razón por la que un contacto o un pulso bien aplicado podía afectar a una persona de manera localizada, casi imperceptible.
Se acomodaron en un banco mientras esperaban el tren. Mateo hojeaba el cuaderno con dedos temblorosos, a la vez que Tan le explicaba en voz baja:
—Darrow hablaba de que la rotación de la Tierra podría arrastrar estos hilos, generar un efecto de atracción… y si alguien descubriera cómo amplificarlo o controlarlo, podría manipular la información, la tecnología… incluso la percepción de la realidad.
—Como… ¿raíles invisibles del universo? —se preguntó Mateo, incrédulo—. O sea, en plan… no solo sería la gravedad que conocemos, sino hilos que afectan a todo. Brutal.
Tan lo miró, ligeramente confundido por la jerga, pero comprendiendo la esencia de lo que quería decir.
—Sí —afirmó—. Todo el universo, Mateo. Y eso incluye cómo se mueve, cómo se comunica… cómo se puede controlar. Si alguien logra entender cómo usar esto, los límites que conocemos dejarían de existir.
El tren llegó con un estruendo metálico.
Subieron a uno de los vagones vacíos, donde el ruido de las ruedas frotando las vías reverberaba en los paneles.
Tan extendió el cuaderno sobre sus rodillas y comenzó a señalar conexiones, mientras Mateo escuchaba y asentía.
Entre los gráficos, los diagramas y las notas manuscritas, aparecían referencias a España…
En concreto, la Ciudad de las Ciencias en Valencia, a su arquitectura, la iluminación y la estructura metálica del Museo Príncipe Felipe.
—¿Ves esto? Por eso vamos a Valencia —dijo Tan finalmente, sacando el móvil—. Tengo que analizar de cerca esos lugares. Y necesito acceso a todos los datos que pueda conseguir sobre la conferencia y sobre la teoría de Darrow.
Mateo lo observó mientras el periodista compraba los billetes de avión por internet en cuestión de minutos.
—Wow… profesor, esto es un tanto rápido —comentó el joven—. Yo todavía estaba pensando en cómo llegar.
—No podemos perder tiempo —replicó Tan, con la seriedad que solo podía acompañar a un peligro potencial—. Lo que él encontró no es solo un descubrimiento académico. Si alguien lo descubre antes que nosotros, podríamos tener problemas graves a la vista de la ausencia de Darrow.
El tren se adentró en las fauces de los túneles, y Tan observaba el flujo de luces y sombras, pensando en cómo cada línea metálica, cada estructura subterránea y cada canal de agua podía actuar como un amplificador de los hilos que Darrow había investigado. Era inquietante.
Mientras, Mateo repasaba mentalmente lo que le evocaba todo ello: control, censura, conocimiento oculto, tecnología avanzada, influencia… Un misterio que parecía extenderse de nuevo desde Londres, pero ahora en Valencia y, quizá, más allá.
Al mirar por la ventana del vagón en la oscuridad, Tan sintió por primera vez que la misión que tenían por delante no era solo una investigación científica: era un viaje que podría hacerles cambiar la comprensión de la humanidad sobre el universo y, de paso, salvarlos de algo de mayores dimensiones que un simple secreto académico.