CAPÍTULO 4
T an salió del aula con paso rápido, cargado de una inquietud que llevaba horas acrecentándose en su interior. Mateo lo siguió a pocos metros, nervioso, aferrando la mochila contra el pecho.
—¡Profesor! —lo llamó.
Tan se detuvo un instante en el pasillo y se giró.
—¿Sí?
—¿Va a intentar localizar al profesor Darrow? —preguntó Mateo.
Archer lo miró con la seriedad de quien ya conoce el peso de ciertos caminos.
—Sí —respondió—. Voy a llamarle ahora mismo.
Mientras caminaban hacia la salida, Tan sacó el móvil y marcó el número personal de Darrow.
—El número al que llama no está disponible.
Ante esa respuesta, torció los labios, en tensión. Volvió a marcar. Nada.
Probó el fijo de la casa. Tres, cuatro, cinco tonos… Silencio.
Colgó despacio.
—Esto no me gusta —musitó—. Nada de nada.
Mateo hinchó el pecho, reuniendo valor.
—Profesor Archer, si va a ir hasta su casa, voy con usted.
Tan lo miró fijamente. Era una mirada que Mateo nunca le había visto antes en clase. Sin enfado ni impaciencia. Era una advertencia silenciosa.
—Mateo. Escúchame con atención —dijo Tan—. Este tipo de situaciones pueden ser peligrosas. Muy peligrosas. No es la primera vez que me encuentro en algo así, y no voy a arrastrar a un alumno a un escenario que puede… —hizo una mueca nada halagüeña y advirtió—: complicarse.
Mateo estrujó los puños.
—Lo sé. Pero no puedo quedarme de brazos cruzados —insistió—. El profesor Darrow era cercano a nosotros. Y usted… usted tampoco debería ir solo. Al fin y al cabo, si no le hubiera informado seguiría sin saber nada de esto.
Tan negó con la cabeza.
—Precisamente por eso debo ir solo. He visto lo que ocurre cuando uno se mete donde no debe. No pondré a un estudiante en esa posición.
Pero Mateo no retrocedió. Dio un paso hacia él.
—Con todo respeto, profesor Archer… no pienso dejar que se vaya solo. No voy a perdonarme si después descubro que pude haber hecho algo. Estoy en este asunto le guste o no. Y si no me deja ir con usted… iré por mi cuenta.
Tan cerró los ojos un momento. «Era testarudo, en exceso», pensó. Y, para su disgusto, le recordó a alguien: a sí mismo cuando era joven.
Un suspiro resignado se escapó de sus labios.
—Está bien —dijo finalmente—. Vienes conmigo. Pero harás exactamente lo que diga. ¿Entendido?
—Entendido —respondió Mateo, casi sin aire.
El trayecto en metro hasta Camden Town transcurrió sin palabras. Tan observaba los túneles pasar al otro lado de la ventana, su mente repasando posibilidades oscuras. Mateo, a su lado, apenas podía mantenerse quieto.
Cuando llegaron, la calle descansaba tranquila, iluminada por un sol pálido de media tarde y dibujada por las exuberantes fachadas de los negocios punk de la zona.
La casa de Darrow los esperaba en silencio. Tan se detuvo en seco. La puerta de entrada estaba entornada y la cerradura… rota.
Intercambió una mirada con Mateo.
—Quédate detrás de mí —dijo Tan en voz baja.
Entraron con cautela. El pasillo era un paisaje de desorden reciente: un paragüero caído, un abrigo en el suelo, papeles que asomaban bajo una puerta entreabierta…
—Profesor… —voceó Mateo—. Alguien ha estado buscando algo.
—Sí —respondió Tan—. Y esperemos que no lo haya encontrado.
Subieron las escaleras hacia el despacho. La puerta estaba forzada también.
Dentro, el caos era aún mayor: libros tirados, archivadores abiertos, cuadernos arrancados de sus estantes, el portátil bloqueado con huellas de intentos bruscos de acceso.
—Esto no es vandalismo —afirmó Tan en voz baja—. Es una búsqueda exhaustiva.
Mateo comenzó a revisar los documentos que aún estaban sobre el escritorio: hojas sueltas, notas tachadas, diagramas incompletos… nada conducía a nada. Cada página era un callejón sin salida; los papeles amontonados solo generaban más preguntas y frustración.
—Qué desastre —comentó Mateo, frustrado—. Todo esto es imposible, parece un laberinto para despistar.
De pronto, Mateo levantó la vista y observó un mueble lateral con polvo irregular. Un panel distinto con tono diferente, como una puerta de un coche antiguo repintada tras un accidente por un taller no oficial, casi imperceptible, pero que parecía ocultar algo.
—Profesor… esta estantería está… rara —dijo—. El polvo no está uniforme y el tono… Parece que alguien ha manipulado uno de sus paneles recientemente.
Tan se acercó y preguntó:
—¿Qué ves?
—Creo que puede haber algo —respondió Mateo—. Pero no estoy seguro de cómo...
Revisó los cajones del escritorio, buscando cualquier cosa que pudiera servir. Entre clips, llaves antiguas y papeles viejos, encontró finalmente un pequeño imán circular.
—Mire —dijo el alumno, sosteniéndolo entre los dedos.
Mateo pasó el imán por la junta del panel del mueble sospechoso… Nada. Un poco más arriba… Nada. Pero entonces… clic.
El panel se desplazó ante la sorpresa de Acher revelando un compartimento oculto.
—Muchos muebles antiguos usan mecanismos magnéticos para ocultar compartimentos secretos —aseguró Mateo—. Lo aprendí de un youtuber al que sigo.
—¿Y se dedica a esto?
—Hace vídeos resolviendo cajas secretas y acertijos mecánicos. Estoy bastante enganchado a ese canal de puzzles.
Tan asintió ligeramente. Ante la curiosidad de un joven que podía marcar la diferencia.
Dentro del compartimento descubierto apareció un cuaderno negro, envuelto en un sobre kraft. Y el sobre llevaba escrito a mano:
«CONFIDENCIAL — SOLO PARA ARCHER»
Mateo parpadeó, atónito.
—Profesor… su nombre.
Tan tomó el cuaderno con las manos tensas.
—Él sabía que algo así podía ocurrir —dijo, sin apartar la vista del sobre—. Y sabía que acabaría viniendo.
Se metió el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta.
Mateo lo miraba, esperando una instrucción, una señal… Algo.
Tan respiró profundamente.
—Vámonos de aquí —dijo—. Este lugar ya no es seguro.
Pero mientras salían del despacho, Tan no pudo evitar pensar que aquel cuaderno era solo la primera pieza del rompecabezas, y que dar con la segunda… podría costarles más que una tarde de investigación.