Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

T an apagó la pantalla. Durante un segundo nadie se movió. El aula, que hacía un minuto era rutina, quedó suspendida y, de pronto, el vídeo hubo helado el aire de la estancia.

Tan no dijo nada. Pensativo, tardó unos segundos en reaccionar. Volvió al presente y sacó el teléfono. Llamó a la facultad.

—Hola. Soy Tan Archer. Necesito una confirmación rápida: ¿el profesor Darrow ha venido hoy?

La secretaria tardó un instante en responder, rebuscaba en una agenda que no le cuadraba.

—Un segundo —se escuchó cómo la mujer, al otro lado del teléfono, consultaba en secretaría—… No, señor Archer —respondió al fin.

—¿Sería posible saber si ha avisado o dejado algún mensaje?

—No. Me confirman que nadie lo ha visto. Y, nos han informado de que salió de la conferencia de esta mañana en Valencia antes de su intervención. No tenemos nada más.

Tan se despidió y colgó despacio. Se giró hacia el aula. Mateo ya estaba levantándose.

—Profesor, ¿qué hacemos? —soltó, apresurado.

Tan levantó una mano, pidiendo calma sin pedirla.

—Primero: el vídeo original. —Miró a Mateo—. No el que te ha llegado reenviado.

—Lo tengo —dijo Mateo—. En el móvil.

—Bien. Me lo pasas ahora. Y que nadie lo suba a ninguna parte. Nadie —ordenó.

Una alumna oprimió los labios y preguntó:

—¿Por qué? Si lo compartimos, quizá alguien lo reconoce…

—Si lo compartimos —cortó Tan—, también le decimos a quien se lo ha llevado quiénes están mirando en la dirección correcta. Y eso no nos conviene.

—Vale, entendido —dijo Mateo y contrajo la mandíbula.

Tan volvió a encender la pantalla, allí continuaba presente la imagen congelada. La señalaba sin recrearse mientras trataba la situación:

—Segundo: no especulamos a ciegas. Observamos. —Hizo una pausa mínima—. Darrow reacciona justo después del apretón de manos.

—¿Y si fue la bebida? —preguntó alguien desde atrás—. Se le ve raro, como mareado.

Tan negó.

—No le da tiempo ni a abrirla. Fijaos, la botella sigue precintada. —Miró otra vez el fotograma—. Y la mano al pecho, eso no es un tic. No es un gesto recurrente en él.

La alumna de antes se abrazó los codos y preguntó:

—Entonces… ¿qué significa?

Tan no se lanzó a proponer ninguna teoría desmedida. Se limitó a aterrizar su planteamiento.

—Que lo que pasó no fue casual. —Miró a todos—. Alguien lo toca, Darrow se descompone y se marcha antes de hablar. Después, desaparece. Tres hechos. En ese orden.

Mateo soltó una frase, casi sin querer:

—Como si le hubieran manipulado.

A Tan no le siguió el dramatismo. Le siguió la lógica.

—Más bien, como si alguien hubiera querido impedir que dijera lo que iba a decir.

Hubo un silencio corto. Nada cómodo.

Una chica levantó la mano de forma comedida, con el respeto que infundía una situación tan delicada.

—Pero… ¿por qué tanto? Lo que iba a exponer era simplemente una teoría, ¿no?

Tan la miró con paciencia, pero sin relajar su entrecejo.

—Si Darrow no iba a presentar «una curiosidad» sino a cuestionar algo básico, y puede ser una revolución, pueden activarse dos tipos de gente: los que quieren callarlo y los que quieren robarlo.

Mateo abrió la boca, pero Tan se adelantó.

—Tercero: nadie se mueve solo.

Archer sacó un cuaderno de notas y comenzó a garabatear diagramas y conexiones.

—Ahora —dijo—, debemos ir por orden. —Inhaló y prosiguió—: El primer ponente habló de Einstein, del Nobel y de cómo la comunidad científica suele silenciar lo revolucionario.

—Y, ¿qué tuvo eso que ver con el profesor? —comentó una alumna entre el grupo.

—La reacción de Darrow se produce inmediatamente después del contacto físico con un sujeto en el escenario. Esto indica que alguien sabía de antemano de su exposición y estaría preparado para neutralizarlo.

Mateo contrajo las facciones del rostro.

—¿Y cómo encaja eso con qué?

—Con la teoría que Darrow venía a presentar —respondió Tan—. No puedo decir mucho todavía, pero los datos preliminares del título de su ponencia sugieren algo inaudito: campos electromagnéticos, pulsos controlados… Nada de magia, sino ciencia aplicada con precisión.

—¿Campos electromagnéticos? —repitió otro estudiante, incrédulo.

—Eso parece —asintió Tan—. Y no estamos hablando solo de laboratorios secretos. Darrow me avanzó antes de ir a Valencia que la misma infraestructura preexistente de ciertas ciudades puede ser utilizada para amplificar estos efectos.

—¿Como si fuera una tecnología olvidada? —planteó Clara.

—Exacto. Piénsenlo: metrópolis antiguas, con estructuras subterráneas de agua, túneles, conducciones metálicas… —Se inclinó sobre la mesa y miró a cada uno de ellos—. Todo esto puede ser aprovechado por alguien con suficiente conocimiento técnico y acceso a los lugares correctos.

Un murmullo nervioso recorrió el aula. Y, Clara, una alumna que hasta el momento no hubo intervenido, preguntó:

—Profesor, ¿entonces alguien podría manipular a Darrow sin que él se diera cuenta?

—Lo más probable, sí —respondió Tan—. Y esa es solo la primera capa de este misterio.

—¿Más aún? —interpeló Mateo.

—Hay otra capa, más profunda, que tiene que ver con acceso y permisos —dijo Tan—. Gente que puede entrar donde tú no entras. Y gente que puede hacer que, cuando alguien desaparece, nadie pregunte demasiado.

—Y ¿por qué le habló de su teoría? —preguntó Mateo con gran interés.

—Necesitaba mis contactos para publicar el artículo en el FDP —dijo Tan—. Y ahora entiendo por qué tenía prisa.

Un silencio pesado cayó sobre la clase. Incluso los más escépticos no pudieron ignorar la sensación de peligro tangible.

Archer los miró a todos, eligiendo con el dedo. Arrancó a repartir trabajo real.

—Mateo, me pasas el original y me dices exactamente la hora de la grabación.

—Vosotros dos —señaló a dos alumnos—: buscad si hay más vídeos de esa conferencia, aunque sean fragmentos, aunque sean de fondo.

—Y tú —a la alumna que había dudado—: encuentra cualquier referencia a Darrow y Valencia hoy: programa, ponentes, horarios, quién estaba en la mesa.

La clase, que al principio estaba paralizada, se transformó en movimiento.

Tan remató, sin discursos:

—Si esto es un malentendido, lo sabremos en una hora. Y si no lo es, cuanto antes sepamos quién estuvo cerca de él, mejor.

Mateo lo siguió con la mirada.

—¿Y si Darrow…?

Tan no le dejó terminar.

—No adelantemos finales —dijo—. Trabajemos con hechos.

Tan miró la hora en su móvil, cogió su chaqueta y concluyó:

—Mañana iremos más allá —dijo cerrando su cuaderno.

Al sonar el timbre, los alumnos salieron en silencio, murmurando entre sí.

Tan permaneció un instante en el aula vacía, pensando, antes de dirigirse a su oficina.

La desaparición de Darrow era solo el inicio.

Y él tenía la impresión de que lo que se avecinaba era más grande y peligroso de lo que cualquiera podría imaginar.