Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

A rcher caminaba despacio frente a los alumnos de su clase, con las manos entrelazadas tras la espalda. Medía cada palabra antes de soltarla.

—Hoy quiero que reflexionemos sobre un problema bastante sencillo —dijo, deteniéndose frente a la pizarra—: ¿Qué ocurre cuando la verdad deja de ser rentable?

Varios estudiantes arquearon las cejas. A Tan le gustaba lanzar preguntas que parecían más filosóficas que periodísticas, en la clase de Ética en la Comunicación que impartía en la facultad de Londres.

Una chica al fondo levantó la mano.

—Que intentan callarte.

—Bien —dijo Tan—. Ahora lo difícil: ¿quién decide si te callas?

Un chico con chaqueta azul oscuro sonrió sin humor.

—¿De verdad vamos a fingir que existe «la verdad»? Usted trabaja en un periódico. Si algo no conviene, no sale.

La clase se removió. Tan lo miró como si le hubiera hecho un favor.

—¿Nombre?

—Ethan.

—Ethan, te lo compro a medias —dijo Tan—. Sí, hay filtros. Sí, hay presiones. Y sí, a veces se pierde.

Se acercó un paso.

—La pregunta de hoy no es si el sistema es sucio. La pregunta es: cuando lo sabes… ¿qué haces tú?

—Usted nos está pidiendo que nos inmolemos —replicó Ethan.

—No —dijo Tan—. Te estoy pidiendo que seas capaz de decir «no» una vez en tu vida, aunque te cueste algo.

La alumna de antes arrugó la frente antes de interpelar de nuevo:

—¿Y a usted qué le costó?

Tan no respondió rápido. Eso lo hizo creíble.

—Una fuente. Dos años de trabajo. Y un enemigo que todavía me lee —dijo y volvió a la mesa—. Tarea: traedme un caso real donde se compró el silencio. Sin moralina. Solo hechos.

Se oyó la incomodidad entre los alumnos. Tan concluyó:

—La ética no se defiende con frases bonitas. Se defiende cuando alguien te ofrece una salida fácil. Imaginaos —continuó—: Si la verdad pone en riesgo grandes intereses, ¿qué creéis que pasa?

Una alumna respondió:

—Que se intenta enmudecer.

—Exacto. —Tan sonrió, con ese gesto que mezclaba satisfacción e interés—. Un sistema donde las presiones y lobbies lo empujan a callar.

—Bueno, supongo que cada uno es libre de contar su verdad, ¿no? —respondió aquel alumno.

—A veces ni eso. La historia demuestra que la reacción habitual es silenciar al mensajero antes que el mensaje llegue a la gente.

Un murmullo recorrió el aula. Justo entonces, otro estudiante, Mateo, levantó tímidamente la mano.

—Profesor… hablando de eso… ¿ha oído algo del profesor Darrow? No ha venido a la facultad y… bueno… hay quienes creen que iba a revelar algo muy, muy incómodo en una conferencia en España.

Tan frunció el ceño. Había algo extraño en el tono del chico.

—¿A qué te refieres exactamente? Hablé recientemente con él, estábamos trabajando en un artículo de investigación para el FDP —comentó, enderezándose.

Mateo tragó saliva, nervioso.

—Es que… creemos que ha pasado algo. Y… tenemos un vídeo.

El aula quedó en silencio. Parecía que la teoría de Tan sobre «silenciar al mensajero» era la antesala de lo que iban todos a ver en aquella pantalla.

Mateo respiró hondo, abrió el portátil y giró la pantalla hacia Tan.

—Esto es de la conferencia en Valencia. Tienes que verlo —conminó el joven.

La grabación mostraba la sala de conferencias del Museo Príncipe Felipe, brillante bajo los focos. El auditorio amaneció lleno; la luz blanca reflejándose en el techo en forma de costillas futuristas. Sobre el escenario, la mesa de ponentes esperaba a que comenzara la sesión.

La cámara captó a Darrow accediendo desde un lateral.

Caminaba con normalidad, sereno, con esa mezcla de elegancia distraída que siempre lo caracterizaba.

Vestía su habitual gabardina gris, a juego con su escaso pelo canoso y rizado, y recubría su cuello con una bufanda que se insertaba dentro de ella.

Al llegar a la mesa, dirigió su mirada por encima de sus gafas de pasta —oscuras y redondas— a uno de los ponentes, a quien estrechó la mano, un hombre de oscuro que apenas aparecía en el plano, solo su silueta y el brazo extendido.

—Mira bien ese momento —dijo Mateo, retrocediendo dos segundos y reproduciéndolo a cámara lenta.

En la imagen, el apretón de manos parecía completamente inocente… salvo por un detalle mínimo: Darrow reaccionó echándose la otra mano al pecho, como si un pinchazo o una sensación extraña le hubiera recorrido la piel. Pero luego su gesto siguió siendo cordial.

—Hasta ahí todo normal —explicó Mateo—. Pero ahora mira.

La cámara enfocó al primer ponente, que ya estaba hablando frente a un micrófono con un tono entre académico e indignado.

—…y es imprescindible recordar —decía, moviendo las manos con énfasis— que Einstein jamás recibió el Premio Nobel por la teoría de la relatividad, la obra que revolucionó nuestra comprensión del universo.

No. Se lo concedieron por «su contribución al mundo de la ciencia».

¿Os imagináis? La teoría que alteró la física moderna…

ignorada por completo por el jurado en una afirmación tan genérica y abstracta.

Algunos asistentes rieron ante la vehemencia del orador.

—Einstein siempre dijo que lo aceptó con resignación —continuó—, pero la verdad es que esto demuestra cómo la comunidad científica puede, en ocasiones, preferir lo «aceptable» antes que lo verdaderamente revolucionario.

A los pocos minutos llegó el momento de Darrow.

Mientras el presentador terminaba de introducirlo, algo empezó a cambiar en él.

Primero, muy sutil: su respiración se aceleró ligeramente.

Luego, se removió en la silla. Una mano le tembló al ajustar los papeles.

Y finalmente, una contracción involuntaria en las piernas le obligó a cruzarlas, intentando controlar un impulso apremiante.

—Ahí —susurró Mateo— empieza a notar algo.

El presentador pronunció su nombre, invitándolo a hablar. Darrow se incorporó, con una sonrisa rígida, y se agarró al borde de la mesa, de pronto la sala se le hubo inclinado.

—Disculpen… —balbuceó, casi sin voz—. Necesito… un momento…

Se dio la vuelta bruscamente y salió del escenario hacia los pasillos laterales, caminando con una urgencia imposible de disimular.

El murmullo del público fue en ascenso; los ponentes se miraron confundidos…

y la cámara siguió grabando el escenario con la silla vacía, donde segundos antes había estado uno de los científicos más brillantes del país.

Mateo pausó el vídeo.

—Después de eso, no aparece en ningún otro plano del museo —dijo con un tenue hilo de voz—. No hay registros de entrada al baño, ni de salida por ninguna puerta. Nada.

Tan se quedó mirando la pantalla congelada.

El apretón de manos, la mano en el pecho, el temblor, la desaparición…

Todo encajaba demasiado como para ser casualidad.