Nadie te va a creer Capítulo 8 La grieta #2
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Capítulo 8 La grieta #2

Marta salió al balcón, con el pretexto de tomar el aire, y llamó a Rubén con manos temblorosas. El teléfono sonó cinco veces, seis, sin respuesta, hasta que saltó el buzón de voz. Llamó a Ana de inmediato.

—No contesta, Ana. Nunca deja de contestar mis llamadas, y menos ahora.

Ana, con la voz ya alterada por el pánico que empezaba a contagiarse, prometió ir directamente al piso de su primo, que vivía a apenas quince minutos en coche.

Marta esperó, paralizada en el balcón, con el teléfono apretado contra el pecho, contando los minutos con una angustia que le resultaba dolorosamente familiar: la misma que había sentido la noche del ataque planeado contra Cristina, la misma que había sentido esperando noticias sobre el ascensor de Elena.

La llamada de Ana llegó veinte minutos después, con una voz quebrada que a Marta le costó reconocer al principio.

—Está vivo. Está vivo, Marta, pero lo han golpeado.

Alguien entró en su piso, revolvió todo, se llevó su portátil y los discos duros donde tenía guardadas las pruebas.

Rubén logró esconder una copia en la nube antes de que se lo llevaran todo, pero está en el hospital, con una contusión y varias costillas rotas.

Marta sintió que las piernas le fallaban, que tuvo que sujetarse a la barandilla del balcón para no caer. Rubén, que se había involucrado en todo esto por lealtad a su prima, por generosidad hacia una desconocida, había pagado un precio que Marta jamás hubiera querido que nadie pagara por ella.

—Voy para allá —dijo, aunque una parte racional de su cerebro, la parte que llevaba meses entrenándose en el cálculo frío de la supervivencia, le advertía del peligro de moverse de forma precipitada, de romper la rutina que tan cuidadosamente había mantenido.

—No —la detuvo Ana—. Si vas ahora, y Diego se entera de que has salido corriendo al hospital a ver a Rubén, sabrá que estáis conectados, que sabemos más de lo que deberíamos. Quédate en casa. Actúa con normalidad. Yo me quedo con Rubén, te mantengo informada.

Fue el consejo más difícil de seguir que Marta había recibido hasta entonces.

Volvió al dormitorio, donde Diego seguía dormido, ajeno —o fingiendo estarlo, ya no podía estar segura de nada— a lo que acababa de ocurrir, y se metió de nuevo en la cama junto a él, con el corazón desbocado, obligándose a respirar despacio, a fingir una calma que no sentía en absoluto.

Se quedó tumbada, mirando el techo, repasando cada detalle de la llamada de Ana, intentando encajar el ataque a Rubén dentro del mapa mental que llevaba meses construyendo.

Si Diego lo había ordenado, o lo había ejecutado él mismo, significaba que ya sabía, con certeza, que alguien estaba investigando activamente el esquema de Grijalba.

Si no lo había ordenado, si el ataque venía de otra dirección —quizás del propio Grijalba, actuando por su cuenta ante el pánico de una posible investigación regulatoria—, entonces el peligro no procedía de una sola fuente, sino de al menos dos, cada una con sus propios cálculos y su propia disposición a la violencia.

Ninguna de las dos posibilidades resultaba tranquilizadora.

Marta se preguntó, mirando el perfil dormido de Diego junto a ella, cuánto sabía él realmente de lo que hacía su socio por su cuenta, y cuánto de lo que ella atribuía a la crueldad calculada de Diego podía ser, en realidad, el resultado de una maquinaria mayor que él mismo ya no controlaba del todo.

La distinción, se dio cuenta con amargura, ya no cambiaba en nada su propia situación: fuera cual fuera el origen exacto del peligro, ella seguía atrapada en el centro de su trayectoria.

Cuando Diego despertó, media hora después, la encontró aparentemente tranquila, preparando el desayuno en la cocina con la misma rutina de cada domingo.

—¿Todo bien? —preguntó él, besándola en la mejilla con una naturalidad que a Marta, esa mañana, le resultó insoportable.

—Todo bien. ¿Café?

Pasó el resto del día actuando el papel más difícil de su vida, mientras por dentro cada minuto le pesaba como una losa, preguntándose si Diego sabía ya que ella estaba al tanto del ataque a Rubén, si el propio Diego había ordenado ese ataque, o si —la posibilidad más aterradora de todas— él mismo lo había ejecutado personalmente.

Esa noche, cuando por fin pudo quedarse a solas un momento en el baño, revisó de nuevo el teléfono en busca del mensaje, con la esperanza absurda de poder responder, de poder preguntar quién era, de poder agradecer la advertencia que probablemente había salvado la vida de Rubén al permitir que Ana llegara a tiempo.

Pero el mensaje, como todos los anteriores, ya había desaparecido, dejando solo la captura de pantalla guardada como único testimonio de que había existido.

Nunca llegaría un séptimo mensaje. Marta no lo sabría hasta más adelante, pero la persona que durante meses le había enviado advertencias desde las sombras había hecho, esa misma noche, su última intervención posible antes de que las circunstancias la obligaran a desaparecer por completo del tablero.

Los días que siguieron al ataque a Rubén transcurrieron bajo una tensión que Marta no había experimentado hasta entonces, ni siquiera en los peores momentos de las semanas anteriores.

Cada sonido en el piso, cada coche que se detenía en la calle, cada llamada de número desconocido le provocaba una descarga de adrenalina que tardaba minutos en disiparse.

Diego, por su parte, parecía haber entrado en una fase distinta, más silenciosa, casi ausente, como si estuviera librando internamente una batalla que ya no lograba ocultar del todo tras la fachada habitual.

Una noche, mientras cenaban, Diego dejó los cubiertos sobre el plato con un gesto brusco que sobresaltó a Marta.

—¿Te acuerdas de aquella vecina, Pilar, la del perro? Me la crucé hoy en el portal y me preguntó, con una sonrisa rarísima, si "todo iba bien entre nosotros últimamente". No sé qué le has contado, Marta, pero empiezo a estar harto de que la gente me mire como si fuera un monstruo.

El corazón de Marta dio un vuelco. No recordaba haberle contado nada relevante a Pilar más allá de la conversación sobre las salidas nocturnas de los martes, pero la posibilidad de que la vecina hubiera comentado algo más de lo prudente, o de que Diego hubiera empezado a atar cabos por su cuenta, la dejó con una inquietud nueva.

—No le he contado nada, Diego. A lo mejor solo es cotilleo de vecina aburrida.

—Pues que se meta en sus asuntos.

El tono, cortante, distinto al que Diego solía emplear incluso en sus peores días, confirmó a Marta que algo en el equilibrio precario que habían mantenido durante meses empezaba a resquebrajarse de una forma que ya no podía controlar del todo.

Al día siguiente, en el hospital, Ana le contó que Rubén, todavía recuperándose de las costillas rotas, había insistido en revisar remotamente, desde la cama, los registros de acceso al router del piso de Marta, y había detectado un intento fallido de conexión desde una dirección desconocida, apenas dos noches atrás, exactamente a la hora en que Diego había mencionado el comentario de Pilar.

—Cree que alguien intentó entrar en tu red doméstica y no lo consiguió, gracias a los cambios de seguridad que hizo la última vez —le explicó Ana, con la voz baja, mirando por encima del hombro como si el propio pasillo del hospital pudiera estar comprometido—.

No sabe si fue el propio Diego comprobando algo, o si fue alguien más.

Pero dice que deberías extremar las precauciones esta semana.

Que algo se está moviendo más rápido de lo previsto.

Esa noche, tumbada junto a él, sintió por primera vez con una claridad física, casi corporal, que el tiempo que le quedaba para actuar se medía ya en días, no en semanas.

Se levantó, ya de madrugada, incapaz de conciliar el sueño, y se sentó en el suelo del salón con su cuaderno abierto sobre las piernas, repasando una vez más el plan de salida que llevaba semanas puliendo.

Añadió, esa noche, un último elemento que hasta entonces no se había atrevido a considerar del todo: una fecha límite.

Si en dos semanas no había conseguido la confesión definitiva, se marcharía de todos modos, con las pruebas que tuviera, aunque no fueran perfectas, aunque un abogado defensor pudiera cuestionarlas.

Prefería una justicia imperfecta a arriesgar su vida por una confesión que quizás nunca llegara.

Cerró el cuaderno, lo guardó en su escondite habitual, y volvió a la cama con esa fecha límite grabada en la mente como una cuenta atrás silenciosa que, a partir de esa noche, empezaría a correr con o sin el consentimiento de Diego.