Nadie te va a creer Capítulo 9 El contacto
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Capítulo 9 El contacto

Rubén, desde la cama del hospital, con el rostro amoratado y un brazo inmovilizado, insistió en hablar con Marta antes de que pasaran veinticuatro horas.

Ana organizó el encuentro con el mismo cuidado paranoico que habían aplicado a cada reunión anterior, asegurándose de que Marta llegara al hospital con la excusa de "visitar a un paciente conocido de la clínica", una mentira lo bastante plausible como para no levantar sospechas si Diego, por algún medio, llegaba a comprobar sus movimientos.

—Antes de que se llevaran todo —dijo Rubén, con la voz ronca por el dolor pero firme en su determinación—, alcancé a subir una copia completa a un servidor externo.

Todo: la carpeta de Diego, los registros del asistente de voz, la póliza del seguro, los correos entre Grijalba y varias de las empresas afectadas por los "accidentes" anteriores.

Está todo a salvo, pero necesito que sepas algo más: mientras investigaba a Grijalba, encontré algo que no esperaba.

Le mostró, desde la pantalla de su teléfono —el único dispositivo que le habían dejado los atacantes, quizás porque no sabían que contenía acceso a la copia de seguridad—, un documento que había logrado recuperar de un correo antiguo entre Diego y Grijalba, fechado casi un año atrás.

—Diego no empezó esto solo por dinero —dijo Rubén, con una gravedad que preparó a Marta para algo peor de lo que ya sabía—.

Hay una mención, en este correo, a alguien más.

Una tercera persona involucrada, alguien a quien llaman solo "el contacto", que parece haber sido quien introdujo a Diego en todo este esquema de fraude de seguros, mucho antes de que él te conociera a ti.

—¿Antes de conocerme?

—Fíjate en la fecha. Es de hace más de cuatro años. Antes de la boda donde os conocisteis.

Marta sintió que el suelo, ya inestable desde hacía meses, terminaba de derrumbarse por completo bajo sus pies.

Si Diego llevaba metido en este esquema desde antes de conocerla, la pregunta que llevaba tiempo evitando —¿la había elegido a ella por algún motivo relacionado con el fraude, o su relación había sido, al principio, genuina, y solo después se había torcido hacia algo siniestro?

— cobraba una urgencia nueva, más dolorosa.

—Necesito saber quién es "el contacto" —dijo Marta, con una determinación que sorprendió incluso a Rubén, acostumbrado ya a la transformación que había sufrido esta mujer en los últimos meses.

—Estoy en ello, pero desde aquí, con un brazo roto y sin mi equipo, va a costar más tiempo del que probablemente tenemos.

Marta, con lo que acaban de hacerme, con el nerviosismo que muestra Grijalba, creo que deberíamos acelerar el plan.

Ir a la policía ahora, con lo que ya tenemos, aunque no sea perfecto.

Marta lo pensó largamente, sentada junto a la cama de hospital, sopesando el riesgo de moverse demasiado pronto contra el riesgo, cada vez más evidente, de esperar demasiado. Finalmente, negó con la cabeza.

—Todavía no. Si vamos ahora, con pruebas obtenidas de forma irregular, un abogado listo va a encontrar la manera de invalidarlo todo, y Diego, con el aviso previo, tendrá tiempo de destruir cualquier cosa que quede, de preparar una defensa perfecta.

Necesito la confesión completa, grabada de forma limpia.

Necesito que él mismo se hunda con sus propias palabras, delante de un testigo si es posible, de forma que no haya ninguna duda.

—Eso es muy arriesgado, Marta. Cada día que sigues en esa casa es un día que él podría decidir que ya no le sirves viva.

Marta lo sabía. Lo sentía en cada gesto de Diego, en la tensión creciente que percibía bajo su fachada de calma, en la cuenta atrás silenciosa que corría en algún lugar que ella no podía ver del todo, pero que intuía cada vez más cerca de agotarse.

Y sin embargo, algo en ella —quizás la misma obstinación que la había convertido en enfermera, la necesidad de enfrentarse a las crisis en lugar de huir de ellas— la empujaba a quedarse, a terminar lo que había empezado, en lugar de desaparecer sin conseguir la justicia que tanto Ana como Elena, sin saberlo del todo, también merecían.

—Si vas a quedarte, al menos déjame preparar algo por si las cosas se tuercen —dijo Rubén, incorporándose ligeramente en la cama a pesar del dolor evidente que el gesto le provocaba—.

Voy a configurar, en cuanto salga de aquí, un sistema de alerta: si tu ubicación deja de moverse de forma normal durante más de una hora en un momento sospechoso, o si tu teléfono se apaga de golpe sin motivo aparente, Ana recibirá una notificación automática con instrucciones para llamar a la policía de inmediato, sin esperar confirmación tuya.

—¿Puedes hacer eso desde aquí, con el brazo así?

—Puedo dictarle el código a Ana por teléfono, letra por letra si hace falta. No es la primera vez que trabajo con limitaciones peores que un brazo roto.

La determinación de Rubén, incluso magullado y con la vida todavía alterada por el ataque sufrido, conmovió a Marta de una forma que no esperaba.

Pensó, no por primera vez, en lo distinto que resultaba ese tipo de lealtad —ganada sin condiciones, sin cálculo, sin ningún motivo oculto detrás— comparado con la fachada de cuidado que Diego había sostenido durante años.

—Gracias, Rubén. De verdad. No solo por esto. Por todo, desde el principio.

—No me las des todavía —respondió él, con una sonrisa cansada pero genuina—. Dámelas cuando esto termine bien. Ahora mismo lo único que quiero es que salgas de esa casa entera, y que ese hombre pague por todo lo que ha hecho, no solo por lo que te ha hecho a ti.

Marta asintió, sintiendo, en medio de todo el miedo acumulado de los últimos meses, una calidez inesperada al comprobar que, después de todo, no estaba tan sola como Diego siempre había pretendido hacerle creer.

Antes de salir del hospital, Rubén le entregó un papel doblado, escrito con la letra torpe de quien escribe con la mano no dominante por culpa de un brazo escayolado.

—Es lo único que pude sacar en claro del correo antes de que me lo destrozaran todo. Un fragmento del nombre de "el contacto". Beatriz algo. El apellido lo tengo incompleto, empieza por O, creo, pero no estoy seguro.

Marta guardó el papel con el mismo cuidado con que guardaba cada pieza de su investigación privada, y esa misma tarde, antes de volver a casa, se detuvo en un locutorio con acceso a internet para buscar, con las escasas letras que tenía, cualquier rastro de una Beatriz cuyo apellido empezara por O y que hubiera tenido relación con la empresa de Diego en algún momento de los últimos cinco años.

Los resultados fueron escasos y confusos: un perfil profesional desactualizado, sin foto, que mencionaba un puesto de "consultora de riesgos" en la misma empresa donde trabajaba Diego, con fecha de baja de hacía justo tres años, casi coincidiendo con la fecha del correo que Rubén había encontrado.

No había más información pública: ni redes sociales activas, ni artículos, ni ninguna huella digital que permitiera contactar con ella de forma directa.

Marta anotó el nombre completo —Beatriz Oyarzun, dedujo finalmente tras cruzar varios resultados— en su cuaderno, subrayado, como quien guarda la pieza más valiosa de un rompecabezas todavía sin terminar, sin saber que ese mismo nombre sería, meses después, la clave que le permitiría entender por fin el origen completo de los mensajes que habían cambiado su vida.

De camino a casa desde el hospital, Marta llamó a Cristina por primera vez en semanas sin una excusa preparada de antemano.

No le contó nada de lo que estaba ocurriendo —seguía convencida de que cuantas menos personas supieran los detalles, menos riesgo corrían todas ellas—, pero necesitaba, aunque fuera por quince minutos, sentir la normalidad de una conversación sin cálculo, sin capas de significado oculto, solo dos amigas hablando de nada en particular.

—Te noto rara —le dijo Cristina, hacia el final de la llamada—. Más rara de lo habitual, quiero decir.

—Ha sido una semana complicada en el trabajo.

—Marta, llevas meses de "semanas complicadas". En algún momento vas a tener que contarme qué está pasando de verdad.

—Te lo prometo. Pronto.

Colgó con la sensación amarga de haber postergado, una vez más, una verdad que Cristina merecía escuchar hacía tiempo. Pero aún no era el momento. Todavía no. Faltaba, calculaba, muy poco para que pudiera contárselo todo sin poner en riesgo nada más que ya no estuviera ya en juego.

El plan final, diseñado en las siguientes cuarenta y ocho horas con la ayuda remota de Rubén desde su cama de hospital y la presencia física de Ana como apoyo constante, requería que Marta provocara una confrontación directa con Diego, en un momento y lugar que ella pudiera controlar, con la grabadora activa y, si era posible, con algún tipo de respaldo externo que pudiera intervenir si la situación se salía de control.

Eligieron la noche del miércoles, cuando Diego solía quedarse hasta tarde revisando informes, un momento en que la casa estaba tranquila y las probabilidades de interrupciones externas eran mínimas.

Ana esperaría en un coche aparcado cerca del edificio, con el teléfono de Marta compartiendo ubicación en tiempo real, lista para llamar a la policía al primer indicio de que algo iba mal.

Rubén, todavía en el hospital pero con acceso a un ordenador portátil que Ana le había llevado, monitorizaría de forma remota, a través de una aplicación instalada discretamente en el router del piso —la misma vulnerabilidad que Diego había usado contra Marta, ahora vuelta en su contra—, cualquier actividad sospechosa en la red doméstica.

Marta pasó la tarde del miércoles con una calma que, de puertas para dentro, le costó un esfuerzo casi sobrehumano mantener.

Cocinó la cena favorita de Diego, sirvió una copa de vino para cada uno, y esperó el momento en que él, relajado por la comida y el alcohol, bajara lo suficiente la guardia como para permitir que la conversación avanzara hacia el terreno que ella necesitaba.

—Diego, he estado pensando mucho en estos últimos meses. En todo lo que ha pasado. Y creo que necesito preguntarte algo directamente, sin rodeos, porque ya no puedo seguir viviendo con esta incertidumbre.

Diego dejó el tenedor sobre el plato, con un gesto lento que a Marta le pareció, por primera vez en semanas, genuinamente atento.

—Dime.

—¿Tienes algo que ver con lo que le pasó a Ana? ¿Con el ascensor de Elena? Necesito que me digas la verdad, Diego. Sea cual sea. Prefiero saberlo, aunque sea terrible, a seguir viviendo con esta sospecha carcomiéndome por dentro.

Fue un movimiento arriesgado, mucho más directo de lo que Rubén había recomendado, pero Marta había decidido, en algún momento de esa tarde interminable, que ya no tenía sentido seguir jugando al ratón y al gato con sutilezas.

Necesitaba ver la reacción de Diego a una pregunta sin ambigüedades, y estaba dispuesta a asumir el riesgo que eso implicaba.

El silencio que siguió se extendió durante varios segundos que a Marta le parecieron eternos.

Vio, en el rostro de Diego, una sucesión de expresiones que hasta entonces jamás había presenciado juntas: sorpresa, cálculo, algo parecido al alivio, y finalmente, una especie de resignación cansada, como la de alguien que lleva demasiado tiempo sosteniendo un peso y por fin encuentra un motivo para soltarlo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Diego, con una voz que había perdido, de golpe, toda la suavidad protectora que había cultivado durante meses.

—No importa cómo lo sé. Necesito que me lo digas tú. Con tus propias palabras.

Diego se levantó de la mesa, caminó hasta la ventana, y se quedó mirando la calle durante un largo momento antes de volverse hacia ella con una expresión que Marta no supo interpretar del todo: ¿arrepentimiento genuino, o el cálculo frío de quien decide, en ese instante, cambiar de estrategia?

—Empezó como algo pequeño, Marta. Un favor para Grijalba, hace años, mucho antes de conocerte.

Nada que involucrara daño real a nadie, solo...

ajustes en sistemas, informes que decían lo que convenía que dijeran.

Y luego se fue haciendo más grande, más difícil de parar.

Cuando te conocí, ya estaba metido hasta el cuello, y no supe cómo salir sin que todo se derrumbara sobre mí.

—¿Y los accidentes de Ana y Elena? ¿Formaban parte de esto?

Diego cerró los ojos un instante, como si buscara en su interior el valor necesario para decir en voz alta lo que llevaba meses ocultando.

—Necesitaba pruebas de que el método funcionaba, antes de usarlo en un objetivo más grande, más rentable.

Elegí cosas cercanas a ti porque... porque sabía que reaccionarías, que intentarías advertir, y necesitaba observar cómo reaccionaba el sistema, cómo se comportaba todo bajo presión real.

Fuiste, sin saberlo, parte del experimento.

Las palabras cayeron sobre Marta con un peso que ninguna de las sospechas anteriores había logrado igualar.

No solo había vivido meses de manipulación y vigilancia; había sido, literalmente, utilizada como conejillo de indias en un esquema criminal que había puesto en peligro real la vida de sus amigas más cercanas.

—¿Y la nota que encontré en el cajón? ¿Lo de Alcorisa? —preguntó, incapaz de contenerse, aunque sabía que cada pregunta adicional la alejaba del guion cuidadosamente planeado con Rubén.

Diego palideció visiblemente, la primera reacción de sorpresa genuina que Marta le veía en toda la conversación.

—¿Cómo sabes tú lo de esa nota?

—Contesta primero tú. ¿Quién la escribió?

—Alguien que trabajó conmigo hace tiempo. Alguien que descubrió demasiado y decidió que no iba a quedarse callada. La hicimos desaparecer del mapa profesional, pero nunca logramos que dejara de amenazarnos del todo.

El plural —"la hicimos desaparecer"— se le quedó grabado a Marta con un frío distinto a todo lo anterior, la confirmación definitiva de que Grijalba y Diego no solo compartían beneficios, sino también, probablemente, métodos mucho más oscuros de proteger su esquema de cualquiera que amenazara con exponerlo.

—¿Y a mí, Diego? ¿Qué papel juego yo en el objetivo final?

La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de un peligro que ambos parecieron percibir al mismo tiempo, justo cuando el teléfono de Marta, sobre la mesa, empezó a vibrar con una llamada entrante de Ana que ninguno de los dos, en ese momento de tensión máxima, se atrevió a ignorar del todo.