Capítulo 8 La grieta
El punto de inflexión llegó de una forma que ni Marta ni Rubén habían anticipado del todo: no por algo que Marta provocara directamente, sino por un error de cálculo del propio Diego.
Fernando Grijalba, el hombre del polígono industrial, empezó a mostrar signos de nerviosismo que se filtraron, sin que Diego lo supiera, hasta oídos de Rubén, quien mantenía una vigilancia discreta sobre las comunicaciones públicas y perfiles profesionales de Grijalba desde hacía semanas.
Una publicación en una red profesional, aparentemente inocua, mencionaba que la consultora de Grijalba estaba "reestructurando su cartera de clientes ante una posible auditoría regulatoria", un lenguaje corporativo neutro que, interpretado por alguien con el conocimiento de Rubén, sonaba a alarma real: alguien, en algún organismo regulador, había empezado a hacer preguntas sobre los patrones de reclamaciones de seguro gestionados por Grijalba.
—Esto cambia el ritmo de todo —le explicó Rubén a Marta, con una urgencia que no había mostrado hasta entonces—.
Si Grijalba siente que se acerca una investigación externa, es muy probable que intente cortar cualquier cabo suelto que lo vincule a fraudes anteriores.
Y eso te incluye a ti, indirectamente, porque si Diego siente que su socio está en peligro, podría acelerar sus propios planes en lugar de esperar el momento perfecto.
La advertencia resultó profética. Apenas dos días después, Diego llegó a casa con un comportamiento distinto al habitual: más callado, más tenso, revisando el teléfono con una frecuencia nerviosa que contrastaba con su habitual dominio de sí mismo.
Cuando Marta le preguntó, con la mayor naturalidad posible, si todo iba bien en el trabajo, Diego respondió con una brusquedad que jamás había mostrado antes.
—Todo bien. Deja de hacer tantas preguntas.
Fue la primera vez, en cuatro años de relación, que Diego le hablaba con ese tono cortante, y aunque duró apenas un instante, antes de que él mismo pareciera darse cuenta y suavizara la voz con una disculpa rápida —"perdona, es solo estrés, un cliente complicado"—, Marta lo archivó como la primera fisura real, visible, en la máscara que Diego llevaba puesta desde el principio de su relación.
Los días siguientes trajeron consigo una tensión doméstica que Marta jamás había experimentado con Diego, ni siquiera en los peores momentos de discusión por asuntos triviales.
Él se mostraba distraído durante las cenas, respondía con monosílabos a preguntas que antes habría contestado con detalle, y en más de una ocasión Marta lo sorprendió mirando por la ventana del salón con una expresión ausente que no reconocía en el hombre metódico y controlado que había conocido durante años.
Una noche, mientras fingía ver la televisión, escuchó a Diego hablar por teléfono desde el balcón, con la puerta entreabierta y la voz baja pero no lo suficiente como para que ella no captara fragmentos sueltos: *"...
no puedo seguir cubriéndote esto, Fernando...
si esto sale a la luz, los dos nos hundimos...
necesito que me asegures que está controlado"*.
Anotó cada palabra que logró retener, esa misma noche, en su cuaderno, sintiendo que el círculo se cerraba cada vez con más fuerza alrededor de ambos hombres, y preguntándose, con una punzada de miedo renovado, qué tan lejos estaría Diego dispuesto a llegar si sentía que ese círculo también empezaba a cerrarse sobre él mismo.
Esa misma noche, Marta activó el pequeño dispositivo de grabación que Rubén le había proporcionado, cosido en el forro interior de su bata de estar por casa, y provocó, con el corazón latiendo desbocado bajo una fachada de calma absoluta, la conversación más arriesgada que había tenido hasta entonces.
—Diego, he estado pensando en la cita de la clínica. Y en todo lo que hemos pasado este último año. Quiero que sepas que, pase lo que pase con mi cabeza, confío en ti. Sé que has estado ahí para mí, aunque a veces no lo pareciera.
Era un cebo cuidadosamente diseñado, una invitación a que Diego bajara la guardia, a que aceptara el papel de salvador comprensivo que llevaba meses construyendo, con la esperanza de que la emoción del momento, la sensación de victoria inminente, lo empujara a decir algo más de lo prudente.
Diego la miró largamente, con una expresión que Marta no logró descifrar del todo —¿ternura genuina, o el cálculo frío de quien ve a su plan acercarse, por fin, a la recta final?
—, antes de responder con palabras que, aunque no constituían una confesión explícita, se acercaban más de lo que jamás se había acercado hasta entonces.
—Todo lo que he hecho, Marta, lo he hecho pensando en lo que es mejor. Aunque tú, ahora mismo, no lo puedas entender. Cuando todo esto termine, lo vas a entender. Te lo prometo.
Las palabras quedaron grabadas, ambiguas pero cargadas de un peso que, combinadas con el resto de las pruebas que Rubén había reunido, empezaban a dibujar un cuadro cada vez más difícil de negar.
Marta sonrió, asintió, dejó que Diego la abrazara esa noche con la misma ternura fingida de siempre, mientras por dentro, con una claridad gélida, comprendía que el tiempo que le quedaba antes de que Diego ejecutara su plan final, fuera cual fuera exactamente, se estaba agotando mucho más rápido de lo que había calculado.
Esa noche, después de que Diego se durmiera, Marta se quedó despierta escuchando su respiración, preguntándose si el abrazo que acababan de compartir había significado algo real para él, aunque fuera un resto minúsculo de cariño genuino en medio de todo el cálculo.
Se sorprendió deseando, contra toda lógica, que la respuesta fuera afirmativa, no porque cambiara nada de lo que tenía que hacer, sino porque la idea de haber compartido cuatro años de su vida con una persona completamente vacía de sentimientos reales le resultaba, de algún modo retorcido, más difícil de aceptar que la idea de haber sido traicionada por alguien capaz, al menos en parte, de quererla de verdad.
Al día siguiente, envió la grabación a Rubén a través de un canal cifrado que él mismo le había configurado semanas atrás, y esperó, con el estómago encogido, su valoración como quien espera el resultado de una biopsia.
—Es un buen avance —le confirmó Rubén por teléfono, esa misma tarde—, pero un abogado defensor lo va a intentar presentar como una frase ambigua, casi poética, sin ninguna confesión concreta de delito.
Necesitamos que diga algo específico. Un nombre, una cantidad de dinero, una acción concreta.
"Todo lo que he hecho" puede significar cualquier cosa ante un juez.
Marta cerró los ojos, agotada solo de imaginar cuánto más tendría que sostener la actuación, cuántas noches más tendría que dormir junto a un hombre capaz de las cosas que ahora sabía que era capaz, esperando el momento exacto en que su cautela se resquebrajara lo suficiente como para dejar caer, por fin, la pieza que faltaba.
Esa noche, incapaz de conciliar el sueño a pesar del agotamiento acumulado, salió al balcón envuelta en una manta y se quedó mirando las luces de la ciudad, preguntándose cuántas otras personas, en ese mismo instante, estarían viviendo una doble vida similar a la suya: sonriendo por fuera mientras calculaban, por dentro, cada palabra, cada gesto, cada segundo de una actuación que no podían permitirse abandonar.
Pensó en Beatriz Oyarzun, la mujer sin rostro cuyo nombre incompleto llevaba semanas rondándole la cabeza, y se preguntó si ella también había pasado noches así, sola en algún balcón parecido, calculando cómo advertir a una desconocida sin exponerse ella misma al peligro que ya conocía de primera mano.
—¿Cuánto tiempo crees que tenemos? —preguntó, aunque sabía que Rubén no podía darle una respuesta certera.
—No lo sé, Marta. Pero por lo que hemos visto con Grijalba, algo se está acelerando. No creo que sea mucho más.
Colgó con la sensación, cada vez más nítida, de estar corriendo una carrera cuya línea de meta nadie le había mostrado, contra un rival que llevaba toda la ventaja del mundo por haber sido, durante años, el único que conocía las reglas del juego.
Los días previos al sexto mensaje transcurrieron bajo una calma tensa que a Marta, con la experiencia acumulada de los últimos meses, ya no lograba engañar.
Había aprendido a reconocer esos períodos de aparente tranquilidad como el silencio que precede a la tormenta, y pasó esos días reforzando, en la medida de lo posible, cada precaución que había ido tomando: revisó dos veces el dispositivo de grabación cosido en su bata, confirmó con Rubén que la copia de seguridad en la nube seguía intacta y accesible, y memorizó, una vez más, cada paso del plan de salida que llevaba semanas puliendo en su cuaderno.
El sábado por la noche, mientras cenaban, Diego mencionó, con una ligereza que a Marta ya no lograba desarmar del todo, que Grijalba le había llamado esa tarde "más nervioso de lo habitual, casi paranoico", quejándose de que alguien estaba husmeando en sus cuentas sin que él supiera identificar quién.
—Le he dicho que está viendo fantasmas —comentó Diego, sirviéndose más vino—, pero la verdad es que últimamente actúa como si alguien de verdad estuviera detrás de él. Me pone nervioso, la paranoia de la gente se contagia.
Marta asintió, fingiendo un interés casual mientras por dentro el corazón se le aceleraba, calculando cuánto sabía Grijalba en realidad, y cuánto tiempo tardaría en atar los cabos que llevaban hasta Rubén, hasta ella misma.
El sexto mensaje —el último que Marta recibiría jamás de aquel remitente imposible— llegó un domingo por la mañana, mientras Diego dormía todavía, agotado tras una noche que Marta había pasado despierta, repasando mentalmente cada detalle de la grabación conseguida dos días antes.
*Rubén está en peligro. Grijalba ha descubierto que alguien investiga sus finanzas y ha rastreado el acceso hasta él. Avísale ahora mismo. No hay tiempo.*