Nadie te va a creer Capítulo 7 El plan de salida #2
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Capítulo 7 El plan de salida #2

—Tienes que hacer que se sienta seguro. Que crea que ha ganado, que tú ya no representas ninguna amenaza.

Los hombres como él, calculadores, orgullosos de su propia inteligencia, a veces bajan la guardia precisamente cuando creen que ya no necesitan cuidarse, cuando creen que la víctima está completamente sometida.

La estrategia que diseñaron, en las semanas siguientes, requería de Marta una actuación tan sostenida y precisa que empezó a sentir que se estaba perdiendo a sí misma en el proceso.

Aceptó, finalmente, la cita con la clínica que Diego llevaba tiempo sugiriendo, presentándolo como un gesto de rendición: *tienes razón, necesito ayuda, estoy agotada de sentirme así*.

Diego reaccionó con un alivio tan evidente, tan genuino en apariencia, que por un instante Marta dudó de su propia interpretación de los hechos, preguntándose si acaso se había equivocado en algo, si la preocupación de Diego, después de todo, podía ser real.

Pero esa misma noche, mientras Diego dormía, revisó de nuevo, mentalmente, cada pieza de evidencia que Rubén había reunido: la carpeta con las capturas de pantalla, la póliza de seguro de vida con cláusulas específicas de doble indemnización, el firmware modificado del asistente de voz, la reunión con Grijalba en el polígono industrial.

Ninguna interpretación inocente lograba explicar todo ese conjunto de hechos a la vez.

El alivio de Diego, se convenció, no era el alivio de una pareja preocupada que por fin ve a su compañera aceptar ayuda.

Era el alivio de un depredador que ve a su presa acercarse, dócil, exactamente hacia donde él quería llevarla desde el principio.

La cita con la clínica se fijó para dentro de tres semanas.

Marta sabía que tenía ese margen de tiempo, no más, para conseguir la confesión que necesitaba, antes de que el proceso de "evaluación psiquiátrica" empezara a generar el historial documental que Diego —estaba convencida— planeaba usar en su contra, ya fuera para desacreditarla ante cualquier denuncia futura, o para algo mucho peor.

Pasó los días siguientes ensayando, casi como una actriz preparando el papel más importante de su carrera, distintas formas de introducir el tema del dinero, del seguro, de Grijalba, sin que sonara forzado.

Practicó frente al espejo del baño, en voz baja, las inflexiones exactas que debía dar a cada frase, el grado justo de indiferencia que debía transmitir para que Diego no sospechara que cada palabra estaba calculada de antemano.

Se sorprendió, en más de una ocasión, riéndose amargamente de sí misma ante el espejo, consciente de lo absurdo y lo aterrador a la vez que resultaba tener que ensayar la propia vida como quien memoriza un guion.

Rubén, mientras tanto, le proporcionó una lista de preguntas y afirmaciones que, según su experiencia en interrogatorios técnicos durante auditorías de seguridad, solían desestabilizar a personas acostumbradas a mantener el control: menciones aparentemente casuales de fechas exactas, nombres completos pronunciados sin ningún énfasis especial, silencios prolongados después de una pregunta directa que empujaban al interlocutor a llenar el vacío con más información de la que pretendía dar.

—No subestimes el poder del silencio —le explicó Rubén por teléfono, la noche antes de que Marta pusiera en práctica la primera de esas técnicas—.

La mayoría de la gente, cuando hace una pregunta y no recibe respuesta inmediata, siente la necesidad de seguir hablando para llenar ese vacío.

Diego no es la excepción, por muy entrenado que esté.

Empezó a introducir, en conversaciones aparentemente inocentes, pequeñas provocaciones calculadas: comentarios sobre el dinero del seguro de vida que "por curiosidad" había visto mencionado en unos papeles del banco, preguntas casuales sobre Grijalba, a quien mencionó haber "visto por casualidad" en la ciudad, observando con atención milimétrica cada reacción de Diego, cada micro expresión que se escapaba antes de que él pudiera recomponer la máscara de calma habitual.

Diego, cada vez, lograba desviar la conversación con explicaciones plausibles, pero Marta empezó a notar, con la satisfacción fría de quien ve una estrategia empezar a dar frutos, que las grietas en su compostura se hacían, poco a poco, un poco más visibles.

Rubén, mientras tanto, había empezado a investigar el nombre que aparecía en la nota encontrada en el cajón: Alcorisa, y la mención a "la fábrica". Tardó varios días en encontrar algo concreto, pero cuando lo hizo, se lo comunicó a Marta con una urgencia que no había mostrado hasta entonces.

—Hay una fábrica textil en Alcorisa que sufrió un incendio hace dos años, en la sección de almacenaje.

Las pérdidas se cubrieron con un seguro cuantioso, y la investigación oficial en su momento determinó que el incendio se debió a un cortocircuito en una instalación eléctrica antigua.

Adivina qué empresa había hecho la auditoría de seguridad de esa fábrica apenas dos meses antes del incendio.

—La de Diego.

—Exacto. Y adivina quién gestionó la reclamación del seguro por parte de la aseguradora.

—Grijalba.

—Exacto otra vez. Esto ya no es un patrón de dos o tres incidentes cercanos a ti, Marta.

Esto es un método que llevan aplicando, como mínimo, desde hace más de dos años, en empresas completamente ajenas a tu vida.

Lo que te ha hecho a ti, a Ana, a Elena, podría ser solo la parte que puedes ver desde donde estás.

La magnitud de lo que empezaba a revelarse dejó a Marta con una sensación de vértigo distinta a todas las anteriores.

Ya no se trataba solo de su seguridad personal, ni siquiera solo de la de sus amigas cercanas.

Se trataba de un esquema que, de confirmarse en toda su extensión, podía haber dejado un rastro de daños —económicos, quizás también humanos— mucho más amplio de lo que había imaginado hasta entonces.

—¿Hubo heridos en el incendio de Alcorisa? —preguntó, con una voz que apenas reconocía como suya.

Rubén dudó antes de responder, un titubeo que ya le resultaba a Marta la señal inequívoca de que la respuesta no iba a ser fácil de escuchar.

—Un guardia de seguridad sufrió quemaduras graves intentando contener el fuego antes de que llegaran los bomberos.

Sobrevivió, pero según los artículos que encontré, quedó con secuelas respiratorias permanentes.

Se llama Joaquín Ferreira. Todavía vive en Alcorisa, según los registros que pude consultar.

El nombre, pronunciado en voz alta, se convirtió de inmediato en algo más que una cifra abstracta dentro de una investigación.

Joaquín Ferreira. Un hombre real, con secuelas reales, que probablemente jamás sabría que su sufrimiento había sido, muy posiblemente, el resultado calculado de una decisión tomada por alguien que en ese mismo momento dormía cada noche a apenas un metro de Marta.

—Tenemos que documentar todo esto con el mismo rigor —dijo, con una determinación renovada—. No solo lo que me afecta a mí. Si esto es tan grande como parece, necesito que caiga por completo, no solo la parte que me ha tocado vivir.

Esa noche, sin poder dormir, Marta buscó el nombre de Joaquín Ferreira en internet, sin encontrar mucho más de lo que Rubén ya le había contado: una breve mención en un periódico local de la época del incendio, sin fotografía, sin ninguna entrevista posterior.

Se preguntó si algún día tendría la oportunidad de hablar con él, de contarle la verdad sobre lo que probablemente le había ocurrido, o si su historia, como la de tantas otras víctimas invisibles de Diego y Grijalba, quedaría para siempre enterrada bajo capas de papeleo, informes técnicos y explicaciones oficiales que nadie se había molestado en cuestionar a fondo.

Anotó su nombre en el cuaderno, en una página nueva, bajo un encabezado que escribió con una determinación que no había sentido hasta entonces: "Otras víctimas". Sabía que la lista, con el tiempo, probablemente crecería.