Capítulo 7 El plan de salida
El sábado llegó con una lluvia fina que empapaba las calles desde primera hora de la mañana.
Diego salió hacia el partido a las once, con la camiseta de su antiguo equipo universitario bajo el impermeable y la promesa de volver "sobre las siete, ocho como mucho, ya sabes cómo se alarga esto con las cervezas después".
Marta esperó veinte minutos completos después de que la puerta se cerrara, observando por la ventana hasta confirmar que el coche de Diego desaparecía calle abajo, antes de llamar a Rubén.
Llegó con una mochila discreta, de las que cualquiera podría llevar para ir al gimnasio, cargada con un pequeño equipo de herramientas y un portátil.
Trabajó con una eficiencia silenciosa, revisando primero el router del piso, luego cada uno de los dispositivos domésticos inteligentes: la cerradura, el termostato, el asistente de voz de la cocina.
—Aquí —dijo, después de casi una hora de trabajo, mostrándole a Marta la pantalla de su portátil—.
El asistente de voz de la cocina tiene un firmware modificado.
No es el original de fábrica. Alguien lo intervino para que grabara audio de forma continua, no solo cuando se activa con la palabra clave, y enviara esas grabaciones a un servidor externo.
Esto lleva activo, según los registros, desde hace casi dos años.
Marta se quedó mirando el pequeño dispositivo cilíndrico sobre la encimera de la cocina, un objeto que había visto cientos de veces sin pensar en él como algo más que un electrodoméstico curioso, y sintió una náusea física al comprender que cada conversación que había mantenido en esa cocina —con Diego, con Ana por teléfono, incluso consigo misma en voz alta mientras cocinaba— había sido, potencialmente, escuchada y almacenada durante casi dos años.
—Hay más —continuó Rubén, con el tono grave de quien sabe que lo que está a punto de decir va a doler—.
La cerradura inteligente tiene un registro completo de cada vez que la puerta se ha abierto y cerrado, con hora exacta, durante el mismo periodo.
Y el router tiene configurado un acceso remoto que permite a alguien, desde fuera, monitorizar en tiempo real qué dispositivos están conectados a la red, incluido tu propio teléfono cuando estás en casa, y por extensión, tu ubicación aproximada.
Marta se sentó en una de las sillas de la cocina, incapaz de sostenerse en pie con la misma firmeza de hacía un momento.
Dos años. Casi toda la relación que había compartido con Diego había transcurrido bajo un nivel de vigilancia que ella jamás hubiera podido imaginar, ni en sus momentos más paranoicos, hasta que el primer mensaje llegó meses atrás y empezó a desmoronar, pieza por pieza, la fachada de normalidad en la que había vivido.
—¿Puedes conseguir una copia de todo esto? ¿Algo que pueda servir como prueba real?
—Ya lo estoy haciendo —respondió Rubén, sin dejar de teclear—.
Pero necesito que entiendas algo, Marta: si consigo extraer esta información sin autorización, sin una orden judicial, es probable que no sea admisible directamente como prueba en un juicio.
Podría servir para que la policía abra una investigación oficial, para que consigan sus propias órdenes de registro, pero por sí sola, esta copia que estoy haciendo ahora, técnicamente es tan ilegal como lo que Diego te ha estado haciendo a ti.
—Entonces, ¿de qué sirve?
—Sirve para que sepas, con certeza absoluta, contra quién te enfrentas.
Y para que planifiques el siguiente paso sabiendo exactamente qué terreno pisas.
A partir de aquí, necesitamos que la prueba definitiva, la que sí sirva ante la ley, venga de algo que puedas grabar tú misma, en el momento, de forma que se pueda demostrar que no hubo manipulación posterior.
Una confesión grabada, algo que Diego diga con su propia voz, sabiendo —o mejor dicho, sin saber— que está siendo escuchado.
La ironía de la situación no le pasó desapercibida a Marta: para desenmascarar a un hombre que la había vigilado en secreto durante dos años, ella tendría que aprender a hacer exactamente lo mismo, a vigilarlo a él, a esperar el momento en que bajara la guardia lo suficiente como para revelar, con sus propias palabras, la verdad que llevaba tanto tiempo ocultando.
Rubén terminó su trabajo justo a tiempo, guardando cuidadosamente cada dispositivo en su posición original, verificando que ningún indicio de su visita quedara visible.
Se marchó apenas media hora antes de que Diego regresara, empapado por la lluvia y oliendo levemente a cerveza, con el buen humor relajado de quien ha pasado la tarde entre amigos, ajeno por completo a que su santuario tecnológico, la red invisible que había tejido para controlar cada aspecto de la vida de Marta, acababa de ser desmontado y documentado por la misma persona a la que llevaba dos años vigilando sin que ella lo supiera.
—¿Qué tal el partido? —le preguntó Marta, recibiéndolo con una toalla para el pelo mojado, con una naturalidad que, después de lo que acababa de presenciar en su propia cocina, le costó un esfuerzo casi físico sostener.
—Perdimos, como siempre. Pero las cervezas de después lo compensaron. ¿Tú qué tal la tarde, tranquila?
—Tranquilísima. Un rato leyendo, nada más.
Diego sonrió, la besó en la frente con la misma ternura de siempre, y fue a ducharse sin sospechar nada.
Marta se quedó de pie en el salón, escuchando el agua correr al otro lado de la puerta del baño, y sintió, por primera vez desde que todo había empezado, algo parecido a una ventaja real: ya no era solo una víctima reaccionando al miedo.
Tenía pruebas. Tenía un aliado experto. Y, sobre todo, tenía la determinación fría de alguien que ha decidido dejar de esconderse y empezar, en cambio, a cazar.
Esa noche, mucho después de que Diego se durmiera, Marta se sentó en el suelo del salón, a oscuras, con el cuaderno abierto sobre las piernas, y empezó a redactar lo que llamó, mentalmente, su "plan de salida": una lista de pasos concretos, numerados, que debía seguir en caso de que la situación se volviera insostenible antes de conseguir las pruebas definitivas.
Anotó el nombre de un abogado de familia que Cristina le había recomendado meses atrás, sin saber entonces el uso que le daría.
Anotó una cuenta bancaria que abriría a su nombre, en un banco distinto al que compartía con Diego, donde iría transfiriendo pequeñas cantidades de su sueldo sin que él lo notara, lo suficiente como para sobrevivir un mes si tenía que marcharse de forma repentina.
Anotó, también, la dirección de un piso de una antigua compañera de la universidad que vivía sola, a la que podría recurrir en caso de emergencia sin involucrar a Ana ni a Cristina, cuyas conexiones con ella eran ya demasiado evidentes para Diego.
Ese plan de salida, redactado con la misma meticulosidad con la que documentaba cada mensaje y cada pista, se convirtió en las semanas siguientes en su ancla más sólida: la certeza de que, pasara lo que pasara, tenía un camino trazado hacia la seguridad, aunque tuviera que abandonarlo todo de la noche a la mañana.
Compartió una copia resumida de ese plan con Ana, no por desconfianza hacia Rubén, sino porque necesitaba que al menos otra persona, además de ella misma, supiera exactamente qué hacer si algún día Marta desaparecía sin previo aviso.
—Si alguna vez no contesto al teléfono durante más de dos horas seguidas, sin ningún mensaje previo avisando de un turno largo, quiero que vayas directamente a este piso —le dijo, entregándole un papel con la dirección de la antigua compañera de universidad—.
Y si tampoco me encuentras ahí, llama a la policía inmediatamente y cuéntales todo, sin filtrar nada, aunque suene una locura.
Ana guardó el papel con una expresión grave que Marta rara vez le había visto, y la abrazó con una fuerza que decía más de lo que ninguna palabra podría haber expresado en ese momento.
—No va a hacer falta llegar a eso —dijo Ana, aunque ambas sabían que la promesa era más un deseo que una certeza—. Pero si hace falta, cuenta con ello.
Con las pruebas de Rubén como base, Marta empezó a construir, con una paciencia que ella misma encontraba casi irreconocible en su propio carácter, el escenario final.
Sabía que necesitaba una confesión, o al menos una conversación lo suficientemente reveladora, grabada de forma que resultara útil ante la policía.
Y sabía, también, que Diego —cauteloso, técnico, entrenado precisamente en detectar vulnerabilidades— no caería fácilmente en una trampa evidente.
La primera idea, sugerida por Rubén, fue usar el propio teléfono de Marta como grabadora, escondido en el bolsillo o en el bolso durante alguna conversación que pudiera dirigir hacia el terreno peligroso.
Pero Diego revisaba con frecuencia su teléfono, a veces con la excusa de "actualizar el software" o "revisar la seguridad", un hábito que antes Marta interpretaba como cuidado tecnológico y que ahora entendía como una forma más de control.
Cualquier aplicación de grabación visible, cualquier archivo de audio sospechoso, podría delatarla de inmediato.
Rubén propuso una alternativa: un pequeño dispositivo de grabación independiente, sin conexión a internet, sin software rastreable, que Marta podría llevar cosido en el forro de su bolso o escondido entre la ropa, imposible de detectar salvo mediante un registro físico exhaustivo que Diego no tendría motivo para realizar mientras ella se comportara con normalidad.
—El problema —advirtió Rubén, entregándole el dispositivo del tamaño de una moneda grande— es que necesitas que él hable.
Que diga algo concreto, no solo insinuaciones.
"Sospecho que Diego está detrás de esto" no sirve de nada legal.
Necesitas que él, con sus propias palabras, reconozca lo que ha hecho o lo que planea hacer.
—¿Cómo consigo eso sin que sospeche que le estoy provocando?