Capítulo 6 La nota en el cajón #3
El viernes por la noche, Diego mencionó, mientras veían la televisión, que un compañero del equipo de fútbol universitario le había escrito preguntando si al final se apuntaba al partido del día siguiente, "con el rollo que tengo últimamente en el curro, no sé si me apetece madrugar", y por un instante el corazón de Marta se detuvo, temiendo que todo el plan cuidadosamente orquestado con Rubén se desmoronara por un simple cambio de humor.
—Deberías ir —dijo, con una naturalidad que le costó un esfuerzo enorme sostener—. Te vendrá bien desconectar un rato del trabajo.
Diego la miró con una sonrisa cansada, casi agradecida.
—Tienes razón. Necesito despejarme. Iré.
Marta asintió, sintiendo el alivio recorrerle el cuerpo como una descarga eléctrica, mientras por dentro se preguntaba, con una punzada de vergüenza que no esperaba sentir, si acaso estaba empezando a disfrutar, de alguna manera retorcida, la habilidad recién descubierta de manipular pequeñas decisiones de Diego a su favor, del mismo modo en que él, durante años, había manipulado las suyas.
El sábado amaneció despejado, sin rastro de la lluvia de días anteriores, y Diego salió puntual hacia el partido, con la bolsa de deporte al hombro y un beso rápido de despedida que a Marta, esa mañana, le costó más de lo habitual devolver con naturalidad.
En cuanto el coche desapareció calle abajo, llamó a Rubén, que llegó apenas quince minutos después, con la misma mochila discreta de la vez anterior y un gesto de determinación que delataba las ganas de encontrar, por fin, algo definitivo.
Mientras Rubén trabajaba en los dispositivos, Marta aprovechó para revisar, con una calma que ella misma encontraba extraña, los cajones del escritorio que compartían, algo que jamás se había atrevido a hacer hasta entonces por miedo a que Diego notara el más mínimo cambio en el orden de sus papeles.
Encontró facturas antiguas, garantías de electrodomésticos, un sobre con fotografías impresas de un viaje a la costa que habían hecho el año anterior, imágenes de ambos sonriendo frente al mar que ahora, vistas con la distancia de todo lo que sabía, le parecían pertenecer a la vida de otra persona completamente distinta.
Se detuvo un momento en una de esas fotografías: los dos, empapados y riendo, después de que una ola les hubiera pillado desprevenidos cerca de la orilla.
Recordaba ese momento con una nitidez casi dolorosa, el sabor a sal en los labios, la risa genuina de Diego, tan distinta de la risa contenida y calculada que ahora le atribuía a cada gesto suyo.
Se preguntó, sosteniendo la fotografía, si aquel día en la playa había sido real, si el hombre de la imagen —empapado, despeinado, riendo sin ningún cálculo aparente— había existido de verdad en algún momento, o si incluso entonces, ya en ese viaje, Diego estaba interpretando un papel con la misma precisión con la que ahora, sospechaba, interpretaba el de pareja preocupada.
Guardó la fotografía de nuevo en el sobre, con un nudo en la garganta que no esperaba sentir en medio de una investigación tan fría y calculada como la que estaba llevando a cabo, y siguió revisando el resto del cajón.
En el fondo de uno de los cajones, bajo una carpeta de garantías, encontró algo que no esperaba: una carta manuscrita, sin firmar, con una letra que no reconoció como la de Diego, que decía simplemente: *"Sé lo que hiciste con lo de la fábrica de Alcorisa.
Esto no va a quedar así."* No había fecha, ni sobre, ni ninguna otra pista sobre quién la había escrito ni cuándo había llegado a manos de Diego.
—Rubén —llamó, con la voz apenas firme—, ven a ver esto.
Rubén leyó la nota dos veces, con el ceño fruncido en la misma expresión de concentración que ponía al analizar código.
—Alcorisa. No me suena que hayamos investigado nada de una fábrica en Alcorisa. Esto podría ser otro incidente, uno que ni siquiera sabíamos que existía.
Fotografió la nota con su teléfono, la devolvió exactamente a su posición original bajo la carpeta de garantías, y ambos se quedaron mirándose durante un largo instante, conscientes de que acababan de descubrir que el esquema de Diego era, probablemente, mucho más amplio de lo que hasta ese momento habían llegado a imaginar.
—Esto cambia las cosas —dijo Rubén, guardando el teléfono en el bolsillo con manos que, notó Marta, temblaban ligeramente—.
Si hay más víctimas de las que sabemos, más gente que ha intentado, aunque sea de forma anónima, hacerle frente a Diego, significa que no eres la primera persona que se ha acercado peligrosamente a la verdad.
Y también significa que quien escribió esta nota podría seguir viva, en algún lugar, con información que nosotros no tenemos.
—¿Crees que podríamos encontrar a esa persona?
—No lo sé. La letra no me dice nada por sí sola, y no hay ninguna otra pista. Pero voy a intentarlo. Si existe una posibilidad de encontrar a alguien que ya pasó por esto y sobrevivió para escribir una amenaza como esta, merece la pena perseguirla.
Terminaron de revisar el resto del escritorio sin encontrar nada más relevante, y Rubén guardó sus herramientas con la misma meticulosidad de siempre, mientras Marta, todavía con la imagen de la nota grabada en la memoria, se preguntaba cuántas personas más, silenciosas e invisibles, habrían intentado ya, sin éxito, hacer justicia contra el hombre con el que compartía su vida.