Capítulo 6 La nota en el cajón #2
Recordó, también, un detalle que en su momento le había resultado entrañable: Diego le había preguntado, esa misma noche, por su miedo a las alturas, un dato que jamás había compartido con nadie fuera de su círculo más cercano, y que ella atribuyó, entonces, a una especie de conexión instantánea, a la sensación de haber encontrado a alguien capaz de intuir cosas de ella sin que se las contara.
Ahora, con la lucidez que le daba la distancia, se preguntaba si esa "intuición" no habría sido, en realidad, información recopilada de antemano, extraída quizás de conversaciones antiguas en redes sociales que ella apenas recordaba haber tenido, o de comentarios que alguna amiga común hubiera compartido sin malicia alguna.
Llamó a la anfitriona de aquella boda, una conocida lejana llamada Marisa a la que no veía desde hacía años, con la excusa de "ponerse al día", y aprovechó la conversación para preguntar, con el tono más casual que pudo fabricar, cómo había conocido Diego a los novios de la boda, si había sido invitado por parte de la novia o del novio.
—Uy, pues no me acuerdo muy bien, la verdad —respondió Marisa, tras pensarlo un momento—. Creo que vino como acompañante de alguien, no como invitado directo. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada, curiosidad tonta. Estábamos recordando cómo nos conocimos.
Colgó con una inquietud nueva sumada a las anteriores: si Diego no había sido invitado directo a esa boda, sino "acompañante de alguien", cabía la posibilidad de que su presencia allí, la noche en que Marta lo conoció, no hubiera sido tan casual como ella siempre había creído.
La idea de que su historia de amor, la que llevaba cuatro años contando como el inicio afortunado de su vida en pareja, pudiera haber sido, desde el primer minuto, una operación calculada, le resultó mucho más difícil de digerir que casi cualquier otra revelación que hubiera tenido hasta entonces.
¿La había investigado antes de esa boda?
¿Había elegido acercarse a ella no por azar, sino por algún motivo que Marta todavía no comprendía del todo?
La idea era tan perturbadora que durante un tiempo prefirió no seguir tirando de ese hilo, temerosa de descubrir que toda su relación, desde el primer día, había sido una construcción calculada.
Recordó también el ritmo de su noviazgo, que en su momento le había parecido natural y que ahora, con ojos distintos, le parecía extrañamente eficiente.
Diego se había mudado con ella apenas ocho meses después de conocerse, una decisión que en su momento celebró como un signo de compromiso serio, pero que ahora se preguntaba si había respondido, en cambio, a una necesidad práctica de acceso: a su rutina, a su círculo social, a los detalles minuciosos de su vida cotidiana que un hombre con las habilidades técnicas de Diego podría necesitar para planificar algo a largo plazo.
Recordó, también, un episodio que en su momento le había parecido irrelevante: apenas un mes después de mudarse juntos, Diego había insistido en "modernizar" la seguridad del piso, instalando una serie de dispositivos domésticos inteligentes —una cerradura conectada, un termostato programable, un pequeño asistente de voz en la cocina— con el argumento práctico de la comodidad y el ahorro energético.
Marta, entonces, se había alegrado de tener una pareja tan atenta a esos detalles.
Ahora se preguntaba cuántos de esos dispositivos, aparentemente inocentes, formaban parte de la red de vigilancia que Diego había tejido a su alrededor sin que ella lo notara.
Una tarde, aprovechando que Diego había salido a correr, Marta llamó a Rubén y le pidió que investigara específicamente los dispositivos domésticos del piso.
—Puedo intentar analizar el tráfico de red desde fuera, pero sería mucho más fácil y seguro si pudiera echar un vistazo físico, aunque sea rápido, a los dispositivos —le explicó Rubén—. ¿Hay alguna manera de que pueda entrar al piso cuando Diego no esté?
La idea de dejar entrar a Rubén en su propia casa, de convertir el espacio que compartía con Diego en escena de una investigación clandestina, le producía una inquietud que rozaba el vértigo.
Pero la necesidad de pruebas concretas pesaba más que cualquier escrúpulo, y acordaron una fecha: el sábado siguiente, cuando Diego tenía previsto asistir a un partido de fútbol con antiguos compañeros de universidad, una de las pocas rutinas sociales que mantenía al margen de Marta y de su trabajo.
Esa noche, mientras cenaban, Marta observó a Diego con una atención renovada, buscando en cada uno de sus gestos habituales —la forma en que cortaba la comida, el modo en que apoyaba el codo sobre la mesa, la sonrisa que le dedicaba entre bocado y bocado— algún indicio de la persona calculadora que sabía que se escondía detrás de esa fachada amable.
No encontró nada evidente. Diego seguía pareciendo, en la superficie, el hombre del que se había enamorado cuatro años atrás, y esa capacidad para mantener la máscara con tanta perfección, sin la más mínima fisura visible, le resultó más aterradora que cualquier prueba física que Rubén pudiera encontrar en los dispositivos del piso.
Los días previos al sábado transcurrieron con una lentitud angustiosa.
Marta se sorprendió, más de una vez, ensayando mentalmente cada gesto que debería mostrar si Diego, por algún motivo, cambiaba de planes y volvía antes de lo previsto: la sorpresa fingida, la excusa preparada de antemano sobre una visita de Ana para tomar café, el itinerario de mentiras que había memorizado con el mismo cuidado con que antes memorizaba protocolos médicos.