Nadie te va a creer Capítulo 6 La nota en el cajón
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Capítulo 6 La nota en el cajón

Fingir se convirtió, en las semanas siguientes, en una disciplina casi profesional.

Marta se levantaba cada mañana y se ponía, junto con el uniforme del hospital, una máscara de normalidad que ya dominaba con precisión quirúrgica: la sonrisa exacta, el tono de voz relajado, las preguntas triviales sobre el día de Diego que antes hacía por costumbre y ahora hacía por estrategia, para mantenerlo hablando, para que bajara la guardia, para observar cualquier detalle que se le escapara entre líneas.

Diego, por su parte, parecía haber decidido intensificar su propio juego. Las sugerencias sobre "ayuda profesional" se volvieron más frecuentes, más insistentes, siempre envueltas en la retórica del cuidado y la preocupación.

—He estado investigando un poco, y hay una clínica muy buena, especializada en estrés postraumático y episodios disociativos —dijo una noche, mostrándole en su teléfono la web de un centro privado con nombre suave, casi balsámico—.

No digo que tengas que ingresar ni nada parecido, solo una evaluación. Para tu tranquilidad. Para la mía.

—Lo pensaré —respondió Marta, con el tono neutro que había perfeccionado, aunque por dentro cada palabra de Diego le sonaba ahora a una pieza más del andamiaje que estaba construyendo a su alrededor: un historial, aunque fuera solo de conversaciones y capturas de pantalla de esa web, que algún día podría presentar como prueba de que él había intentado, con paciencia y amor, ayudar a una mujer que se negaba a aceptar ayuda.

Notó también que Diego había empezado a alejarla, con sutileza, de las pocas personas que todavía formaban parte de su vida.

Comentarios de pasada sobre Ana —"últimamente la noto rara contigo, ¿no te parece que te mete ideas raras en la cabeza?

"—, sobre Cristina —"desde que le contaste lo del ascensor te mira distinto, ¿no lo notas?

"—, pequeñas semillas de duda plantadas con la delicadeza de quien sabe exactamente cómo erosionar la confianza sin levantar sospechas.

Si Marta no hubiera sabido ya, con certeza, lo que sabía, esas palabras podrían haber funcionado.

Podrían haberla aislado, poco a poco, hasta dejarla sin nadie a quien recurrir salvo el propio Diego, la única persona "constante" en un mundo que él mismo se encargaba de volver inestable a su alrededor.

Rubén, mientras tanto, seguía investigando la relación entre Diego y Fernando Grijalba.

Descubrió que la consultora de Grijalba había gestionado, en los últimos tres años, al menos cuatro reclamaciones de seguro relacionadas con empresas que, casualmente, habían sido auditadas por la consultora tecnológica donde trabajaba Diego poco antes de sufrir "fallos técnicos" que derivaron en pagos sustanciales de las aseguradoras.

El patrón, aunque circunstancial, era demasiado consistente para ser coincidencia.

—Hay más —le dijo Rubén a Marta durante una de sus reuniones clandestinas, esta vez en casa de Ana, un lugar que consideraban más seguro que cualquier espacio público—.

Encontré una póliza de seguro de vida, contratada hace ocho meses, con Diego como tomador y tú como asegurada.

Cobertura por muerte accidental, con una cláusula de doble indemnización si el fallecimiento ocurre en circunstancias específicas: accidente de tráfico, caída, ciertos tipos de incidentes domésticos "no premeditados".

Marta sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Ocho meses. Contando hacia atrás, la fecha coincidía casi exactamente con el primer mensaje, con la advertencia sobre el coche de Ana.

—¿Cómo conseguiste esa información? —preguntó, aunque en el fondo no estaba segura de querer saber la respuesta, ni de que fuera legal la manera en que Rubén había accedido a esos datos.

—Digamos que tengo mis métodos, y que es mejor que no preguntes demasiado.

Lo importante es que ahora tenemos algo real.

Un motivo económico documentado, un patrón de incidentes que coincide con el perfil profesional de Diego, y una relación con alguien —Grijalba— que ha estado involucrado en fraudes similares antes.

Esto ya no es una teoría paranoica, Marta. Esto es un caso.

Ana, que había permanecido en silencio durante buena parte de la explicación técnica, tomó la palabra con una voz que a Marta le sonó distinta, más dura de lo habitual.

—Lo que no entiendo es cómo puede alguien planear algo así con tanta frialdad. Cuatro años juntos, Marta. Cuatro años fingiendo quererte mientras calculaba de qué manera sacarte más provecho.

—No sé si todo fue fingido —respondió Marta, sorprendida de escucharse defender, aunque fuera mínimamente, la posibilidad de que hubiera existido algo genuino entre ellos—.

Quizás empezó siendo real, y en algún momento se torció hacia esto.

No lo sé. Y la verdad es que ya no sé si eso me consuela o me duele más.

—Sea lo que sea, ahora mismo lo único que importa es que salgas de esto viva y con él entre rejas —dijo Ana, apretándole la mano con una firmeza que Marta agradeció más de lo que pudo expresar en ese momento.

—Pero sigue sin ser suficiente para la policía, ¿verdad? Nada de esto prueba que él causara los accidentes directamente.

—No —admitió Rubén—. Necesitamos algo más directo. Una confesión, una prueba física del sabotaje, algo que lo vincule sin ambigüedad. Y para eso, me temo que vamos a necesitar que tú consigas algo que yo no puedo conseguir desde fuera.

Marta entendió, sin que hiciera falta que lo dijera en voz alta, lo que Rubén estaba sugiriendo: tendría que acercarse más a Diego, no alejarse, para obtener la prueba definitiva que lo hundiera.

Tendría que convertirse, durante el tiempo que fuera necesario, en la actriz perfecta de su propia vida, viviendo cada día junto al hombre que —estaba cada vez más convencida— planeaba su muerte, mientras buscaba el momento y el método exactos para desenmascararlo antes de que él ejecutara su plan final.

Esa noche, de vuelta en el piso, Marta se obligó a hacer algo que llevaba semanas evitando: mirar a Diego a los ojos durante una conversación entera, sin desviar la mirada, sin dejar que el miedo la empujara a bajar la vista como llevaba haciendo desde el descubrimiento de la carpeta.

Cenaron pasta con una salsa que él mismo había preparado, hablaron del tiempo, de una serie que estaban viendo juntos, de la boda de un primo lejano a la que ninguno de los dos tenía muchas ganas de asistir.

Fue, en apariencia, una noche completamente normal, y esa normalidad, sostenida con un esfuerzo que a Marta le dejó agotada hasta los huesos, se convirtió en su primera práctica real del papel que tendría que interpretar durante las semanas siguientes.

Antes de dormir, mientras Diego se cepillaba los dientes en el baño, Marta se permitió, por primera vez en mucho tiempo, un instante de duda genuina: ¿sería capaz de sostener esta actuación el tiempo necesario?

¿Y si Diego, con la misma capacidad de observación minuciosa que había demostrado tener sobre su vida entera, notaba la actuación por lo que era, un disfraz mal cosido sobre un miedo que no dejaba de crecer?

No tenía respuesta para esas preguntas. Solo tenía la certeza de que retroceder ya no era una opción, y que el único camino posible, por aterrador que fuera, era hacia delante.

Se miró en el espejo del pasillo antes de meterse en la cama, un gesto que llevaba haciendo toda la vida sin pensarlo demasiado, y por primera vez en meses se permitió observarse con detenimiento: las ojeras que el maquillaje ya no lograba disimular del todo, la tensión permanente en la mandíbula que se había convertido en su expresión por defecto, los ojos que todavía conservaban, a pesar de todo, un brillo de determinación que no reconocía del todo pero que agradeció encontrar ahí.

No era la misma mujer que meses atrás había recibido el primer mensaje sin entender nada.

Se preguntó, mirando ese reflejo desconocido y familiar a la vez, si esa mujer nueva, más dura, más alerta, sería capaz de reconocerse a sí misma cuando todo esto, por fin, terminara.

Para entender cómo habían llegado hasta ahí, Marta se descubrió, en las noches de insomnio que se habían vuelto habituales, repasando el principio de su relación con Diego, buscando señales que en su momento había interpretado de forma completamente distinta.

Se habían conocido cuatro años atrás, en la boda de un conocido común, en una mesa de invitados donde ninguno de los dos conocía a casi nadie más.

Diego le había parecido, desde el primer momento, un hombre tranquilizador: seguro de sí mismo sin ser arrogante, con un sentido del humor discreto, capaz de escuchar con una atención que a Marta, acostumbrada a las prisas del hospital, le había parecido un lujo.

Hablaron durante horas esa noche, sobre trabajo, sobre familia, sobre los pequeños desencantos de la vida adulta, y Marta salió de esa boda con la sensación, poco frecuente en su experiencia, de haber conocido a alguien genuinamente interesado en ella.

Ahora, con la distancia que le daba todo lo que sabía, recordaba detalles de esa primera conversación que en su momento le habían parecido encantadores y que ahora, reexaminados, adquirían un matiz distinto.

Diego había sabido, esa misma noche, detalles sobre su trabajo en la clínica que ella no recordaba haberle contado con tanta precisión.

Había mencionado, de pasada, el nombre de una antigua compañera de piso de la universidad, un dato que Marta, entonces, atribuyó a una coincidencia de conocidos comunes, pero que ahora, sabiendo lo que Diego era capaz de hacer con la información digital, le parecía sospechosamente específico para una primera conversación entre desconocidos.