Nadie te va a creer Capítulo 5 El nombre de Grijalba #3
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Capítulo 5 El nombre de Grijalba #3

Las palabras cayeron sobre la mesa como piedras.

Marta pensó de inmediato en el mensaje que había leído semanas atrás: *Está reuniendo pruebas contra ti.

Quiere que parezca que tú provocaste lo de Ana y lo de Elena, que estás desequilibrada.

* En ese momento había interpretado la advertencia como parte de un plan para desacreditarla, para aislarla socialmente.

Pero si la teoría de Rubén tenía algo de cierto, el plan podía ser mucho más literal, mucho más terminal: hacer que pareciera que Marta, en un episodio de inestabilidad mental, había provocado ella misma los accidentes de sus amigas —quizás incluso plantando pruebas falsas que apuntaran en esa dirección— antes de que a ella misma le ocurriera algo "accidental" del que Diego, como pareja desconsolada, resultara la última persona sospechosa.

Un seguro de vida. Una herencia. Cualquier motivo económico que un hombre meticuloso como Diego habría sabido calcular con precisión.

—Tengo que irme de esa casa —dijo Marta, con una calma extraña, la calma de quien acaba de tomar una decisión que llevaba tiempo posponiendo por miedo—. No puedo seguir durmiendo a su lado sabiendo esto.

—Espera —intervino Ana, cogiéndole la mano—.

Si te vas de repente, sin pruebas sólidas, sin explicación, vas a confirmar exactamente la narrativa que él está construyendo: que estás inestable, que reaccionas sin motivo aparente.

Necesitamos pruebas reales antes de que hagas ningún movimiento.

Algo que puedas llevar a la policía, algo que no dependa de mensajes que se autodestruyen ni de teorías, por muy sólidas que parezcan.

Marta sabía que Ana tenía razón, aunque cada fibra de su cuerpo le gritara que huyera esa misma noche, que hiciera la maleta mientras Diego seguía en el trabajo y desapareciera sin dejar rastro.

Pero la lógica fría, la misma que le había permitido sobrevivir meses de sospecha y disimulo, le decía que una huida precipitada, sin pruebas, la dejaría exactamente donde Diego —y quien fuera que estuviera detrás de todo esto— la quería: sola, desacreditada, sin nadie que le creyera.

Esa noche, de vuelta en el piso que compartía con el hombre que ahora sabía, con una certeza que le helaba la sangre, capaz de las peores cosas, Marta se propuso un objetivo nuevo, más peligroso que cualquiera de los anteriores: en lugar de huir, se quedaría.

Fingiría, con más cuidado que nunca, seguir siendo la mujer confundida y dócil que Diego creía controlar, mientras por dentro, en secreto, construía la trampa que finalmente lo desenmascararía ante todos los que hasta ahora se habían negado a creerle.

Antes de dormirse, repasó mentalmente cada uno de los pasos que la habían llevado hasta ese punto: el primer mensaje, el accidente evitado, el ascensor de Elena, la advertencia sobre Cristina, la carpeta descubierta en el portátil, la reunión con Rubén, la investigación sobre Grijalba, la póliza de seguro con su nombre como beneficiaria del dolor ajeno.

Cada pieza, por separado, podría haberse explicado de mil maneras distintas.

Juntas, formaban una acusación que ningún tribunal del mundo podría ignorar, si lograba reunir las pruebas con el rigor necesario.

Se preguntó, también, qué habría sido de ella si jamás hubiera recibido ese primer mensaje.

Probablemente habría subido al coche de Ana aquel jueves de lluvia fina, ajena por completo al peligro, y quizás ahora mismo estaría muerta, o gravemente herida, sin haber llegado nunca a sospechar de Diego, sin haber tenido la oportunidad de luchar por su propia vida.

La idea, en lugar de aterrorizarla más, le infundió una determinación nueva: fuera quien fuera la persona que le había enviado esos mensajes, le debía algo que solo podría pagar de una manera —terminando lo que esa advertencia anónima había empezado, y asegurándose de que Diego jamás volviera a tener la oportunidad de hacerle esto a nadie más.

Al día siguiente, todavía con la escena del parque grabada en la memoria, Marta le contó a Ana y a Rubén, en su siguiente encuentro clandestino, lo que había presenciado la noche del martes: el paseo nocturno, el abatimiento genuino, la frase pronunciada al teléfono sobre algo que "se le estaba yendo de las manos".

—Esto podría cambiar la estrategia —dijo Rubén, pensativo, tras escuchar el relato completo—.

Si Diego está empezando a sentir remordimiento, o simplemente pánico ante la posibilidad de que todo se descubra, podríamos aprovechar esa grieta.

Alguien que se siente acorralado a veces busca confesar, aunque sea de forma parcial, con tal de aliviar la presión.

—O podría hacer justo lo contrario —advirtió Ana—. Sentirse acorralado también puede llevar a alguien a hacer algo desesperado, mucho más peligroso que seguir con el plan original con calma.

Ambas posibilidades quedaron flotando sobre la mesa como dos caminos igual de plausibles y de aterradores.

Marta, escuchando el debate entre sus dos únicos aliados, sintió el peso añadido de tener que decidir, en última instancia, cuál de esos dos escenarios era más probable, sabiendo que su propia seguridad dependía de acertar.

—Voy a seguir de cerca sus salidas de los martes —dijo finalmente—. Si hay un patrón, quiero entenderlo antes de decidir nada más.

Rubén asintió, aunque con una expresión de preocupación que no intentó disimular.

—Ten cuidado, Marta. Cuanto más te acerques al borde de lo que él controla, más peligroso se vuelve el juego para ti.

Ella lo sabía. Lo sentía en el cuerpo cada noche, en la tensión que ya no la abandonaba ni siquiera en sueños. Pero había cruzado, hacía tiempo, la línea desde la que retroceder ya no le parecía una opción menos peligrosa que seguir adelante.