Nadie te va a creer Capítulo 5 El nombre de Grijalba #2
56%

Capítulo 5 El nombre de Grijalba #2

—Por eso hago esto gratis, más o menos —le había confesado una noche, mientras esperaban juntos, en el coche, a que Diego terminara una cena de trabajo que Rubén había decidido vigilar por su cuenta—.

No por Ana, aunque la quiero mucho. Por mi prima.

Porque a ella nadie la ayudó a tiempo, y yo tenía entonces los conocimientos técnicos que tengo ahora, pero no la experiencia para saber cómo usarlos.

Fue en esa misma conversación cuando Marta empezó a confiar en Rubén no solo como técnico competente, sino como alguien que entendía, desde su propia experiencia indirecta, la magnitud exacta de lo que estaba en juego.

Esa confianza resultaría, en las semanas siguientes, tan importante como cualquiera de las pruebas técnicas que él lograría reunir.

Lo identificó, con paciencia y una serie de búsquedas que Marta apenas logró seguir en su explicación técnica, como Fernando Grijalba, socio de una pequeña consultora de "gestión de riesgos" que, en la superficie, ofrecía servicios legítimos a empresas medianas, pero que, escarbando un poco más, aparecía mencionada en un par de artículos periodísticos antiguos relacionados con casos de fraude de seguros nunca completamente resueltos.

—Fraude de seguros —repitió Marta, sentada de nuevo en la misma cafetería, con Ana a su lado y Rubén desplegando en su portátil una serie de documentos y capturas de pantalla que había reunido—. ¿Qué tiene eso que ver con Diego?

—Esto es una teoría, ojo, no una certeza —advirtió Rubén—.

Pero si uno mira los tres incidentes que me has contado, el accidente de Ana, el fallo del ascensor de Elena, y ahora esta reunión con Grijalba...

Diego trabaja auditando sistemas de seguridad de empresas, ¿verdad?

Muchas de esas empresas tienen pólizas de seguro sobre sus instalaciones, sus vehículos de empresa, sus infraestructuras.

Si alguien con acceso privilegiado a esos sistemas provocara fallos "accidentales" —un camión con los frenos manipulados, un ascensor con el mantenimiento saboteado— y tuviera un cómplice en una consultora de gestión de riesgos dispuesto a inflar las indemnizaciones o dirigir las investigaciones hacia conclusiones convenientes, podrían estar sacando dinero de pólizas de seguro de una forma muy difícil de rastrear.

El silencio que siguió fue absoluto. Marta sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable, como si la explicación racional que tanto había buscado, ahora que por fin la tenía delante, fuera todavía más aterradora que cualquier fantasía sobrenatural que hubiera podido imaginar.

—Pero un fraude de seguros normal no suele implicar accidentes reales con personas de carne y hueso —intervino Ana, con el ceño fruncido en un gesto de incredulidad que Marta compartía—.

Suele ser papeleo falso, facturas infladas, cosas así.

¿Por qué arriesgarse a algo tan visible, tan peligroso, como manipular los frenos de un camión?

—Porque los fraudes de papel tienen un techo —explicó Rubén—.

Un informe falso de daños puede sacarte unos cuantos miles de euros.

Un "accidente" real, bien orquestado, con víctimas de verdad, activa cláusulas de cobertura mucho más altas, sobre todo si hay lesiones o víctimas mortales de por medio.

Es más arriesgado, sí, pero también mucho más rentable si sabes cómo hacerlo parecer un fallo técnico legítimo, algo que alguien con la formación de Diego sabría exactamente cómo lograr.

—¿Y cómo se sale alguien con la suya durante tanto tiempo sin que nadie lo note? —preguntó Marta, todavía intentando encajar la magnitud de lo que estaba escuchando.

—Porque las aseguradoras no suelen investigar a fondo cada siniestro, sobre todo si la documentación parece impecable y el patrón no es lo bastante obvio como para levantar sospechas automáticas. Y porque, sospecho, Grijalba se encarga precisamente de eso: de que la documentación parezca impecable.

El silencio volvió a instalarse en la mesa, esta vez cargado de la certeza incómoda de que lo que habían descubierto era mucho más metódico, mucho más frío, de lo que cualquiera de los tres había imaginado al principio.

—¿Y yo qué pinto en todo esto? —preguntó, con la voz apenas audible—. ¿Por qué provocar accidentes que afectan a mis amigas, a mi entorno? Eso no encaja con un fraude de seguros empresarial.

Rubén dudó antes de responder, y ese titubeo, más que cualquier palabra, hizo que Marta se preparara para algo que no quería escuchar.

—Tengo otra teoría, y esta es más oscura.

¿Y si los "accidentes" de Ana y Elena no fueran el objetivo en sí, sino pruebas?

Ensayos, de alguna forma, para comprobar que el método funcionaba, que Diego podía provocar fallos técnicos indetectables como accidentes, antes de usar la misma técnica para algo mucho más grave.

—¿Como qué?

—No lo sé con certeza. Pero si tiene un socio dispuesto a pagarle por resultados, y ha estado practicando en el entorno cercano a ti, quizás el objetivo final no sea un fraude de seguros contra una empresa cualquiera. Quizás el objetivo final seas tú.