Nadie te va a creer Capítulo 5 El nombre de Grijalba
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Capítulo 5 El nombre de Grijalba

El quinto mensaje llegó un miércoles por la noche, mientras Marta estaba sola en casa —Diego había avisado de que llegaría tarde, otra reunión de trabajo que se alargaba—.

Esta vez, siguiendo las instrucciones de Rubén, actuó con una calma metódica que meses atrás jamás hubiera creído posible en ella.

Antes de que el mensaje pudiera desaparecer, Marta llamó a Rubén, que la guió por videollamada para hacer una captura completa de la pantalla, incluyendo la información técnica del mensaje visible en los ajustes del teléfono, algo que ella jamás hubiera sabido buscar por sí sola.

Rubén analizó los datos durante varios minutos, en silencio, mientras Marta esperaba con el corazón acelerado.

—Vale, esto es raro —dijo finalmente—. El mensaje no viene de una red de telefonía convencional.

Está usando un protocolo que normalmente se ve en pruebas de penetración, algo que solo alguien con acceso a herramientas muy específicas, del tipo que se usa en auditorías de seguridad empresarial, podría manejar.

Esto reduce bastante el círculo de sospechosos.

Tendría que ser alguien del mismo sector que Diego, quizás incluso de la misma empresa.

—¿Podrías averiguar quién trabaja con él? —preguntó Marta.

—Puedo intentarlo, pero llevará tiempo. Mientras tanto, ¿vas a seguir el coche el viernes?

Marta lo pensó solo un instante antes de responder que sí.

La advertencia, esta vez, no le pedía que avisara a otra persona, ni que evitara subirse a un vehículo.

Le pedía que actuara directamente, que se convirtiera en observadora de la vida secreta de Diego, algo que hasta entonces solo había hecho de forma pasiva, reactiva, siempre un paso por detrás de los acontecimientos.

El viernes por la noche, Marta le dijo a Diego que tenía turno, otra mentira que empezaba a pesarle como una losa, y en su lugar tomó prestado el coche de Ana —el nuevo, comprado tras el accidente, un Seat gris discreto que Diego no reconocería si por casualidad lo veía— y se apostó a media manzana del edificio donde Diego solía dejar su propio coche en el aparcamiento comunitario.

A las nueve y media, Diego salió de casa, subió a su coche y condujo, con una seguridad que delataba una ruta ya conocida, hacia la zona industrial en las afueras de la ciudad.

Marta lo siguió a distancia, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que el propio sonido pudiera delatarla de alguna forma imposible.

Las calles se fueron vaciando a medida que se alejaban del centro, las farolas cada vez más espaciadas, hasta que llegaron a una zona de naves industriales, la mayoría cerradas, oscuras, con el aspecto abandonado de los polígonos fuera de horario laboral.

Diego aparcó cerca de la nave 12, tal como había anunciado el mensaje.

Marta detuvo el coche a una distancia prudente, apagó las luces, y observó, con los prismáticos pequeños que Ana le había prestado sin hacer demasiadas preguntas, cómo un segundo coche —un todoterreno oscuro que ella no reconoció— se detenía junto al de Diego apenas unos minutos después.

De él bajó un hombre alto, de mediana edad, vestido con la clase de traje discreto y caro que sugería un puesto de responsabilidad, alguien que no encajaba con la imagen habitual de "compañero de trabajo" que Marta se había imaginado.

Diego bajó también de su coche, y los dos hombres hablaron durante varios minutos, con gestos tensos, la conversación de dos personas negociando algo que ninguno de los dos parecía disfrutar del todo.

Marta no podía oír nada desde la distancia, pero en un momento dado, el hombre del traje entregó a Diego un sobre, grueso, del tamaño de un documento doblado varias veces, o quizás de dinero en efectivo, era imposible saberlo con certeza desde donde estaba.

Diego lo guardó rápidamente en el interior de su chaqueta, miró alrededor con un gesto nervioso que a Marta le heló la sangre —porque durante un instante pareció mirar directamente hacia donde ella estaba escondida, aunque la distancia y la oscuridad hacían improbable que pudiera verla realmente—, y volvió a su coche.

Marta esperó a que ambos vehículos se alejaran antes de arrancar el suyo, con las manos temblando sobre el volante, la mente acelerada intentando encajar lo que acababa de presenciar dentro de la historia que había ido construyendo.

¿Qué contenía ese sobre? ¿Quién era ese hombre?

¿Tenía relación con los accidentes de Ana y Elena, con el ataque planeado contra Cristina, con la carpeta llena de capturas de pantalla y fechas que había encontrado en el portátil de Diego?

De regreso a casa, condujo despacio, con la mente todavía en la escena del polígono, sin saber que esa misma noche, mientras ella lo seguía en la oscuridad, Diego había notado, por primera vez, algo que hasta entonces había subestimado por completo: que su pareja, la mujer dócil y confundida que él creía tener bajo control, había empezado a jugar un juego propio, uno que él todavía no comprendía del todo, pero que ya había empezado a percibir como una amenaza real a sus planes.

Llegó a casa antes que Diego, se cambió de ropa a toda prisa y guardó la del paseo nocturno —que olía levemente a la humedad del polígono— en el fondo de la cesta de la ropa sucia, bajo dos toallas, un gesto de disimulo que meses atrás jamás habría imaginado necesitar.

Cuando Diego llegó, media hora después, la encontró en la cama, con la luz apagada y la respiración fingidamente pausada de quien lleva ya un rato dormida.

Sintió cómo él se acercaba en la oscuridad, cómo se quedaba de pie un instante junto a la cama, observándola —o eso le pareció, aunque no podía estar segura con los ojos cerrados— antes de meterse él también bajo las sábanas.

No dijo nada. No la tocó. Simplemente se quedó tumbado, muy quieto, durante un tiempo que a Marta le pareció excesivamente largo para alguien que solo busca conciliar el sueño después de una reunión de trabajo cualquiera.

Al día siguiente, durante el desayuno, Diego mencionó, con la ligereza calculada que ella ya reconocía como una señal de alarma, que había quedado la noche anterior con "un antiguo cliente, temas aburridos de facturación", sin que ella le hubiera preguntado nada al respecto.

Marta asintió, untó mermelada en su tostada con manos que no temblaban en absoluto, y pensó que la mentira, pronunciada sin que nadie la hubiera solicitado, era en sí misma la prueba más reveladora de que Diego sabía, o al menos sospechaba, que alguien había estado observando.

Esa misma mañana, antes de ir a trabajar, aprovechó unos minutos a solas para escribir en su cuaderno una descripción detallada del hombre del polígono: la estatura, el traje, la forma en que caminaba, cualquier detalle que pudiera servir después para identificarlo.

Añadió también, con la letra apretada de siempre, la matrícula parcial del todoterreno que había memorizado a duras penas desde la distancia, tres cifras y dos letras que esperaba fueran suficientes para que Rubén pudiera hacer algo con ellas.

Se cruzó, esa misma tarde en el hospital, con la supervisora de trato brusco que semanas atrás la había interrogado sobre el ascensor de Elena.

Esta vez, la mujer no se detuvo a hablarle, pero le dedicó una mirada larga, evaluadora, que a Marta le confirmó que su reputación dentro de la clínica seguía deteriorándose a un ritmo que ella apenas podía frenar mientras dedicaba toda su energía a la investigación paralela que se había convertido en el centro secreto de su vida.

Rubén tardó una semana en conseguir información sobre el hombre del polígono. Antes de contarle nada sobre Grijalba, sin embargo, Marta tuvo que ganarse su confianza plena, algo que no ocurrió de la noche a la mañana.

La primera vez que se habían visto en persona, semanas atrás, Rubén se había mostrado cauteloso, casi reticente, escuchando el relato inicial de Marta —presentado, todavía entonces, sin mencionar los mensajes imposibles, solo como una sospecha creciente sobre el comportamiento de su pareja— con la actitud de alguien acostumbrado a que la gente exagere, a que los "casos interesantes" resulten, la mayoría de las veces, en nada más que paranoia doméstica sin fundamento real.

—Ana me ha contado que eres enfermera de UCI —le había dicho entonces, revolviendo el azúcar de su café con un gesto mecánico—.

Gente acostumbrada a tomar decisiones bajo presión, a no dejarse llevar por el pánico.

Eso me da algo de confianza. La mayoría de la gente que viene a mí con sospechas sobre su pareja está viendo fantasmas donde no los hay. Pero tú no pareces de esas.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no has llorado ni una vez mientras me lo contabas. Has sido metódica. Fechas, horas, detalles concretos. Eso es lo que necesito para trabajar, no intuiciones vagas.

Esa primera reunión había sentado las bases de una colaboración que, con el paso de las semanas, se convirtió en algo más parecido a una amistad forjada bajo presión que a una simple relación de cliente y experto.

Rubén, descubrió Marta poco a poco, tenía sus propias razones para dedicarse con tanto ahínco a casos como el suyo: años atrás, una prima cercana —no Ana, otra prima, de la rama paterna de la familia— había sido víctima de un esquema de manipulación económica por parte de su entonces pareja, un caso que nunca había llegado a los tribunales por falta de pruebas suficientes, y que había dejado en Rubén una especie de cruzada personal contra ese tipo de depredadores que sabían esconderse detrás de la fachada del hombre atento y cariñoso.