Nadie te va a creer Capítulo 4 El hombre del parque #3
48%

Capítulo 4 El hombre del parque #3

Pasó la una de la madrugada. Pasaron las dos.

Empezaba a pensar que Pilar se había equivocado, que la vecina, entre la vejez y la costumbre de espiar sin mala intención, había confundido la noche o directamente a la persona, cuando sintió el peso del colchón aligerarse a su lado.

Contuvo la respiración, entornó los ojos apenas una rendija, y vio la silueta de Diego, ya vestido —lo cual significaba que se había cambiado en el baño, con la puerta cerrada, algo que Marta jamás había notado hasta esa noche—, moverse con sigilo hacia la puerta del dormitorio.

Esperó diez minutos completos después de escuchar la puerta de la calle cerrarse, contando cada segundo con una angustia que le apretaba el pecho, antes de levantarse ella también, vestirse a toda prisa con la ropa más discreta que encontró, y bajar a la calle con el corazón desbocado.

No tenía coche a mano —Ana se había quedado con el suyo esa semana por un asunto de la ITV—, así que caminó, a paso rápido, en la dirección en la que había visto alejarse la silueta de Diego, sin ninguna garantía de alcanzarlo, guiándose solo por el instinto y por la esperanza desesperada de no perder el rastro.

Lo encontró, quince minutos después, no en ningún encuentro sospechoso con Grijalba ni con nadie parecido, sino sentado solo en un banco de un pequeño parque a varias calles de distancia, con la cabeza entre las manos, en una postura de abatimiento tan genuino que Marta, escondida tras un seto, sintió que el suelo volvía a moverse bajo sus pies, esta vez en una dirección completamente distinta a la que esperaba.

Se quedó observándolo durante casi media hora, sin acercarse, viendo cómo Diego, ajeno a su presencia, se pasaba las manos por la cara repetidas veces, como quien intenta borrarse algo del rostro que no consigue quitarse de encima.

En un momento dado, sacó el teléfono y marcó un número, y aunque Marta no pudo escuchar la conversación completa desde la distancia, alcanzó a distinguir un fragmento que se le quedó grabado con la misma nitidez que el que había escuchado semanas atrás en el salón: *"No puedo seguir haciendo esto, Fernando. Se me está yendo de las manos"*.

Volvió a casa antes que él, con más preguntas de las que había salido a resolver, incapaz de decidir si lo que acababa de presenciar confirmaba sus peores sospechas o revelaba, en cambio, una faceta de Diego —la del hombre atrapado en algo que ya no sabía cómo detener— que no encajaba del todo con el retrato del depredador calculador que había empezado a construir en su cabeza.

Se metió en la cama, con el corazón todavía acelerado, y fingió dormir cuando escuchó, veinte minutos después, la puerta de la calle abrirse de nuevo y los pasos de Diego acercarse con el mismo sigilo con el que se había marchado.

Lo sintió detenerse junto a la cama, quedarse de pie un instante —el mismo gesto que ya había notado otras veces, esa costumbre suya de observarla en la oscuridad antes de acostarse—, y finalmente meterse bajo las sábanas con un suspiro largo, cansado, que a Marta le sonó genuinamente a derrota.

Durante los días siguientes, observó a Diego con una atención renovada, buscando en cada gesto suyo algún rastro de la conversación telefónica que había presenciado desde el parque.

Notó que estaba más callado de lo habitual, que apenas tocaba la comida durante las cenas, que en más de una ocasión lo sorprendió con la mirada perdida en algún punto indefinido de la pared, como alguien que carga con un peso que ya no puede seguir sosteniendo en silencio.

Se preguntó, no sin cierta inquietud, si aquella fragilidad recién descubierta en Diego representaba una oportunidad —un hombre al borde de quebrarse podía, quizás, quebrarse también en una confesión— o si, por el contrario, un hombre acorralado y desesperado resultaba mucho más impredecible, mucho más peligroso, que el depredador frío y calculador que ella llevaba meses imaginando.

Compartió esta última reflexión con Ana y Rubén en su siguiente encuentro, y la respuesta de Rubén, pragmática como siempre, le ayudó a ordenar sus propios pensamientos.

—Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez —dijo, mientras revisaba unas notas en su portátil—.

Puede sentir remordimiento genuino y, al mismo tiempo, seguir siendo capaz de hacer lo que haga falta para protegerse si siente que todo está a punto de derrumbarse.

La gente no es una sola cosa. Eso no cambia lo que necesitamos hacer, solo significa que tenemos que movernos con más cuidado que nunca a partir de ahora.

Ana, por su parte, insistió en un punto que Marta no había considerado del todo.

—Si de verdad está empezando a sentirse acorralado, es posible que también empiece a sospechar de ti más de lo que ya sospecha. Cuanto más débil se sienta él, más atento estará a cualquier señal de que tú representas una amenaza. Tienes que ser todavía más cuidadosa, no menos.

Marta asintió, consciente de que ambos tenían razón, y de que el margen de error que se había permitido hasta entonces se estrechaba con cada día que pasaba.