Capítulo 4 El hombre del parque #2
Esa tarde, llamó a Ana desde el aparcamiento del supermercado, el único lugar que por entonces consideraba razonablemente seguro para hablar sin que Diego pudiera, de alguna manera que ella todavía no comprendía del todo, escucharla.
—Creo que nos vio el sábado —le dijo, sin preámbulos—. En el parque.
—¿Qué te dijo?
—Nada directamente. Pero preguntó con quién estaba hablando, y no le sonó a curiosidad normal. Le pareció más bien un interrogatorio disfrazado de pregunta casual, del tipo que ya conocía demasiado bien.
—Vale, esto ya no me gusta nada —dijo Ana, con el ceño fruncido—. ¿Crees que sabe que estamos investigando?
—No lo sé. Pero prefiero pecar de cautelosa. A partir de ahora, nada de llamadas desde casa, nada de mensajes que él pueda ver en la pantalla de bloqueo. Solo en persona, o desde sitios como este.
Colgó con la sensación de estar librando una guerra silenciosa cuyas reglas cambiaban cada semana, y con la certeza cada vez más firme de que el margen de maniobra que le quedaba se estrechaba un poco más con cada día que pasaba.
El encuentro con Rubén, el primo de Ana, se organizó con un cuidado casi paranoico.
Marta le dijo a Diego que tenía turno extra el jueves por la tarde, una mentira sencilla de sostener porque los cambios de turno eran frecuentes en la clínica y nadie los cuestionaba.
En realidad, quedó con Ana y Rubén en una cafetería del centro, lejos de cualquier lugar que Diego pudiera frecuentar.
Rubén resultó ser un hombre de unos treinta años, delgado, con gafas de pasta gruesa y una manera de hablar rápida, casi atropellada, que delataba una mente acostumbrada a procesar información técnica a toda velocidad.
Escuchó el relato de Marta —esta vez sin el detalle sobrenatural de "mensajes del futuro", presentado en cambio como "mensajes anónimos que se autodestruyen, posiblemente relacionados con alguien de su entorno"— con una atención absoluta, tomando notas en una libreta pequeña.
—Vale, esto es interesante —dijo, cuando Marta terminó—.
Lo de los mensajes que desaparecen suena a una app de mensajería efímera, tipo las que se usan para comunicaciones que no quieres que dejen rastro, combinada con spoofing de remitente, que es más común de lo que la gente cree.
Básicamente, alguien puede hacer que un mensaje parezca venir de tu propio número si tiene ciertos accesos, sobre todo si controla algún aspecto de la infraestructura de tu operador, o si usa ciertos servicios de SMS empresariales que permiten personalizar el remitente.
—¿Eso requiere mucho conocimiento técnico? —preguntó Marta.
—Depende del método. Si es alguien con acceso a herramientas de auditoría de seguridad, de las que se usan legítimamente para pruebas de penetración, sí, podría hacerlo con relativa facilidad.
Es el tipo de cosa que alguien en ciberseguridad, digamos, alguien exactamente como tu pareja, sabría hacer sin mucho esfuerzo.
El silencio que siguió a esa frase fue denso, cargado de una implicación que ninguno de los tres quiso pronunciar en voz alta de inmediato.
—Pero espera —continuó Rubén—, hay algo que no encaja.
Si es Diego quien manda los mensajes, ¿por qué se avisaría a sí mismo, o mejor dicho, por qué te avisaría a ti de sus propios planes?
Eso no tiene sentido, a menos que quiera manipularte de alguna forma muy retorcida, hacer que confíes en las advertencias para luego usarlas en tu contra en algún momento clave.
Fue Ana quien planteó la posibilidad que ninguno se había atrevido a nombrar todavía.
—¿Y si no es Diego quien manda los mensajes de advertencia? ¿Y si es otra persona, alguien con acceso a la información de Diego, que está intentando avisar a Marta sin implicarse directamente?
Rubén asintió, pensativo.
—Eso tendría más sentido. Alguien que conoce a Diego, que quizás trabaja con él o tiene acceso a sus sistemas, y que descubrió algo que le preocupó lo suficiente como para querer avisar a Marta, pero sin arriesgarse a una confrontación directa.
El método —mensajes falsificados que se autodestruyen— es exactamente lo que alguien haría si quisiera avisar sin dejar rastro, sin poder ser identificado si algo sale mal.
—¿Cómo podríamos averiguar quién es? —preguntó Marta, con una mezcla de esperanza y vértigo ante la posibilidad de tener, por fin, un nombre al que dirigirse.
—Necesitaría acceso a los metadatos del mensaje, algo que en teoría podría rastrear si tuviera el dispositivo físico en el momento en que llega el mensaje, antes de que se borre.
¿Sería posible que la próxima vez que llegue uno, me llames de inmediato, sin tocar nada, y yo te guío para hacer una captura más completa, con metadatos incluidos, antes de que se autodestruya?
Marta accedió, aunque la idea de esperar el próximo mensaje —de desear, en cierto modo, que llegara para poder actuar— le produjo una sensación extraña, casi de vértigo moral.
Estaba empezando a depender de las advertencias de un desconocido para sobrevivir dentro de su propia relación, un desconocido cuyas intenciones, por muy protectoras que parecieran hasta el momento, seguían siendo un misterio completo.
De camino a casa esa tarde, Marta se detuvo frente al escaparate de una tienda de electrónica, mirando sin ver realmente los teléfonos expuestos, mientras procesaba todo lo que Rubén le había explicado.
Por primera vez, la explicación de lo que estaba ocurriendo empezaba a tener una lógica racional, terrenal, alejada de cualquier fantasía sobre premoniciones o viajes en el tiempo.
Alguien, con conocimientos técnicos avanzados y acceso a la vida de Diego, estaba intentando protegerla.
La pregunta que quedaba, la más urgente de todas, era por qué esa persona no simplemente se presentaba ante ella, no le contaba todo cara a cara, en lugar de mantener este juego elaborado de advertencias fragmentadas y anónimas.
A menos, pensó Marta con un escalofrío repentino, que esa persona tuviera sus propios motivos para mantenerse oculta.
Motivos que quizás no tenían nada que ver con protegerla a ella, sino con protegerse a sí misma de algo, o de alguien, mucho más peligroso de lo que Marta había imaginado hasta ese momento.
Esa noche no pudo dormir bien. Se levantó varias veces, revisó el teléfono sin motivo concreto, y terminó sentada en el sofá del salón, a oscuras, escuchando el silencio del piso con una atención que hasta entonces había reservado solo para los monitores de constantes vitales durante los turnos de noche más difíciles.
Diego dormía, ajeno, en el dormitorio, y Marta se preguntó, no por primera vez, cuánto tiempo más podría sostener esa doble vida —la de la mujer confiada que Diego creía tener a su lado, y la de la investigadora clandestina que se movía, cada vez con más soltura, en las sombras de su propia relación.
Al día siguiente, en el trabajo, notó que Ana la observaba con una preocupación distinta a la habitual, más cercana, más cómplice desde que compartía parte de la verdad.
—¿Has dormido algo? —le preguntó, mientras preparaban juntas el carro de medicación.
—No mucho. Demasiadas cosas en la cabeza.
—Cuando esto termine, sea como sea que termine, te vas a tomar unas vacaciones como está mandado. Te lo debes.
Marta sonrió, agradecida por el gesto, aunque en el fondo sabía que "cuando esto termine" era una frase que llevaba implícita una incertidumbre demasiado grande como para aferrarse a ella con facilidad.
No sabía todavía cómo terminaría nada de esto, ni si el final, cuando llegara, sería el que ella estaba empezando a imaginar, o algo mucho peor que ni siquiera se atrevía a considerar del todo.
El martes que había mencionado Pilar llegó con una lentitud exasperante.
Marta se acostó a la hora habitual, fingió el ritmo de respiración de quien duerme profundamente, y esperó, con los músculos en tensión bajo las sábanas, a que Diego, si es que realmente pensaba salir, hiciera algún movimiento.