Capítulo 4 El hombre del parque
La semana siguiente, Marta decidió dar un paso que llevaba días posponiendo por miedo: contactar con Ana, no como compañera de trabajo, sino como posible aliada en lo que ahora entendía como una investigación real.
La citó un sábado por la tarde en un parque alejado de sus rutinas habituales, un lugar donde sabía que no se cruzarían con nadie conocido, ni con Diego, que solía correr los sábados por la zona del río, del lado opuesto de la ciudad.
—Necesito contarte algo, y necesito que me escuches hasta el final antes de decir nada —empezó Marta, sentada en un banco con las manos entrelazadas sobre el regazo, como si necesitara sujetarlas para que dejaran de temblar.
Le contó todo. Los cuatro mensajes, la desaparición de cada uno de ellos tras unos minutos, el descubrimiento en el portátil de Diego, la carpeta con las capturas de pantalla, la lista de fechas que coincidía exactamente con el accidente de Ana y el fallo del ascensor de Elena, la advertencia sobre el abogado y el internamiento.
Ana la escuchó en silencio, con el rostro cada vez más pálido, sin interrumpir ni una sola vez, hasta que Marta terminó y se quedó callada, esperando un veredicto que temía tanto como necesitaba.
—Marta... ¿Diego provocó el accidente? ¿Manipuló el camión, el conductor, algo?
—No lo sé con certeza. Pero tenía la fecha exacta anotada. Antes de que ocurriera.
Ana se llevó una mano a la boca, y por un momento Marta temió que fuera a levantarse, a alejarse de ella con la misma desconfianza que el resto del hospital ya le mostraba. Pero en cambio, Ana le cogió la mano, con fuerza, y la miró directamente a los ojos.
—Te creo. Dios, Marta, te creo. Casi me mata ese accidente. Si dices que él lo sabía de antemano, le creo a la evidencia, no a la excusa de la coincidencia.
Fue la primera vez, desde que todo había empezado meses atrás, que alguien le decía sin reservas *te creo*. El alivio fue tan intenso que Marta sintió que las lágrimas, contenidas durante semanas de fingimiento constante, finalmente encontraban salida.
—Llevo meses actuando como si estuviera bien —confesó, entre sollozos que ya no intentaba contener—.
Sonriendo a Diego cada noche, fingiendo que todo es normal, mientras por dentro no sé ya ni qué es real y qué no lo es.
Empiezo a entender por qué la gente que sufre esto no lo cuenta.
No es solo miedo a no ser creída. Es que contarlo te obliga a admitir, en voz alta, lo que está pasando de verdad.
—Pues yo te creo, y pienso ayudarte en lo que necesites —dijo Ana, apretándole la mano con una firmeza que Marta agradeció más de lo que las palabras podían expresar—. Aunque no tenga ni idea de por dónde empezar.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ana, después de dejarla llorar un rato en silencio.
—No lo sé. No puedo ir a la policía sin pruebas más sólidas. Lo que tengo es una captura de un mensaje que se autodestruye, y el recuerdo de una carpeta que ya no puedo volver a abrir sin levantar sospechas. Necesito algo más. Necesito entender quién me está avisando y por qué.
—¿Y si es alguien de su trabajo? Dijiste que es analista de seguridad. A lo mejor un compañero descubrió algo y no se atreve a denunciarlo abiertamente, y por eso usa este método tan... raro, de mandarte los mensajes.
Era una teoría razonable, la primera que a Marta se le había ocurrido que no implicara nada sobrenatural ni imposible.
Alguien con acceso a los sistemas de Diego, alguien capaz de falsificar mensajes de texto con tecnología de suplantación —algo que Marta, ajena al mundo técnico, apenas podía imaginar, pero que Diego mismo le había insinuado que era posible meses atrás, cuando ella preguntó por primera vez si alguien podía enviar mensajes desde su número sin que ella lo supiera—.
—Necesito hablar con alguien que entienda de esto. De tecnología, de seguridad informática. Alguien que no tenga relación con Diego.
Ana pensó un momento, y su rostro se iluminó con la clase de idea que solo llega cuando de verdad se quiere ayudar a alguien.
—Mi primo. Rubén. Trabaja en ciberseguridad, en una empresa completamente distinta a la de Diego. Es un poco raro, pero es de fiar, y le encantan estos rompecabezas. Le puedo preguntar si te puede ayudar, sin decirle todos los detalles al principio, solo para tantear.
Marta aceptó, con una mezcla de esperanza y aprensión que llevaba meses sin sentir en esa proporción. Por primera vez desde que todo había comenzado, tenía un aliado, un plan, un siguiente paso concreto que dar en lugar de solo esperar, aterrorizada, el próximo mensaje.
—Una cosa más —añadió Ana, antes de que se separaran—. Rubén es cuidadoso, pero no es infalible. Si empieza a hacer preguntas sobre la empresa de Diego, sobre sus finanzas, existe el riesgo de que algo llegue a oídos equivocados. ¿Estás segura de que quieres arriesgarte a eso?
Marta lo pensó un momento, sopesando el peligro de avanzar contra el peligro, cada vez más evidente, de quedarse quieta esperando que los mensajes siguieran llegando sin que ella hiciera nada por entender su origen.
—Estoy más seguro de esto que de cualquier otra cosa en los últimos meses.
Esa misma tarde, de regreso a casa, se cruzó por casualidad —o eso creyó en el momento— con Diego, que volvía de su carrera por el parque, sudoroso, con los auriculares todavía puestos.
—¿Qué hacías por aquí? —preguntó él, quitándose un auricular, con un tono que a Marta, ya entrenada en detectar matices, le pareció apenas un poco más cortante de lo habitual.
—Dando un paseo. Necesitaba pensar.
—¿Con quién estabas? Te vi hablando con alguien en el banco.
El corazón de Marta dio un vuelco. No sabía cuánto tiempo llevaba Diego observándola, ni desde qué distancia, ni si había visto lo suficiente como para reconocer a Ana, para intuir de qué habían estado hablando durante casi una hora.
—Una compañera del hospital. Cosas del trabajo.
Diego asintió, se puso de nuevo el auricular, y siguieron caminando juntos hacia casa en un silencio que a Marta le pareció, por primera vez, genuinamente peligroso, como si acabara de darse cuenta de que el hombre a su lado no solo la vigilaba a través de una pantalla, sino también, quizás, en persona, con sus propios ojos, en momentos que ella había creído privados.
Al llegar al portal, Diego se detuvo un instante antes de meter la llave en la cerradura, y se volvió hacia ella con una expresión que Marta no supo interpretar del todo: mitad sonrisa, mitad algo más frío, más calculador.
—Oye, Marta. Sé que llevas una temporada rara. Y quiero que sepas que, sea lo que sea que te está pasando, prefiero que me lo cuentes a mí antes que a nadie más. Somos un equipo, ¿no? Siempre lo hemos sido.
Las palabras, en cualquier otro momento de su relación, la habrían conmovido.
Ahora, en cambio, le sonaron a advertencia disfrazada de cariño, a una forma sutil de recordarle que cualquier alianza fuera de la pareja era, en cierto modo, una traición a ese "equipo" que él insistía en mencionar con tanta frecuencia últimamente.
—Claro que sí, Diego. Eres lo primero.
Mintió con una naturalidad que la sorprendió incluso a ella misma, y subieron juntos en el ascensor del edificio —el de casa, no el del hospital, el único que todavía le resultaba seguro— en un silencio que ya no tenía nada de cómodo.
Ya en el piso, Diego se sirvió un vaso de agua y se apoyó en la encimera de la cocina, observándola con una atención que Marta sintió física, casi palpable, mientras colgaba su chaqueta en el perchero de la entrada.
—¿Sabes qué es lo que más me gustó de ti cuando nos conocimos? —preguntó él, de repente, con un tono reflexivo que no encajaba con la tensión de los minutos anteriores.
—¿Qué? —respondió Marta, con cautela, sin saber hacia dónde se dirigía la conversación.
—Que nunca me mentías. Ni en las cosas pequeñas. Me contabas hasta lo que no hacía falta contar. Ahora a veces siento que ya no sé qué parte de lo que me dices es verdad.
La observación, formulada con una tristeza que sonaba genuina, dejó a Marta paralizada durante un instante, atrapada entre la culpa de saber que en efecto llevaba meses mintiéndole en cada frase, y la certeza, cada vez más sólida, de que esas mentiras eran la única defensa que tenía contra un hombre capaz de las cosas que ella sospechaba que Diego había hecho.
—Las cosas cambian, Diego. La gente cambia.
—Sí —respondió él, apartando la mirada hacia la ventana—. Supongo que sí.
Esa noche cenaron temprano, casi sin hablar, y Diego se retiró antes de lo habitual con la excusa de un dolor de cabeza.
Marta se quedó despierta en el salón, fingiendo ver la televisión, repasando mentalmente el encuentro en el parque, preguntándose cuánto tiempo llevaba Diego observándola desde la distancia antes de acercarse, y si aquel "paseo casual" de después de su carrera había sido, en realidad, exactamente lo contrario: un rodeo calculado para interceptarla en el camino de vuelta.
Al día siguiente, mientras ordenaba el armario del pasillo en busca de una manta de invierno, encontró, en el fondo de una caja que llevaba meses sin abrir, una funda de cámara pequeña, del tipo que se usa para modelos compactos de vigilancia, con un cargador que no reconocía como suyo ni de Diego, al menos no de ningún dispositivo que hubiera visto usar en casa.
La sostuvo entre las manos un largo rato, calculando si merecía la pena preguntar directamente o si era mejor guardar el hallazgo en su memoria, sumarlo a la lista cada vez más larga de objetos y comportamientos que no terminaban de encajar en la vida ordenada que aparentaban llevar.
Optó por lo segundo. Volvió a colocar la funda exactamente donde la había encontrado, con el mismo cuidado meticuloso con el que Diego, sospechaba ahora, colocaba cada pieza de su propio engaño, y cerró la caja como si nunca la hubiera abierto.