Nadie te va a creer Capítulo 3 El precio del silencio #3
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Capítulo 3 El precio del silencio #3

Un pensamiento la asaltó, tan perturbador que se incorporó en la cama, despierta de golpe: ¿y si la persona que le enviaba los mensajes era alguien tan cercano a Diego, tan integrado en su vida, que tenía acceso a su ordenador, a sus planes, a información que solo alguien de máxima confianza podría conocer?

¿Y si esa persona, fuera quien fuera, tenía sus propios motivos para advertirle, motivos que no tenían nada que ver con protegerla a ella, sino con algo completamente distinto?

Se levantó, incapaz de volver a conciliar el sueño, y fue hasta la cocina a beber un vaso de agua, moviéndose despacio en la oscuridad para no despertar a Diego.

Apoyada en la encimera, con el vaso frío entre las manos, repasó mentalmente a cada persona que conocía relacionada con el trabajo de Diego: los pocos compañeros que había conocido en alguna cena de empresa, los nombres que a veces mencionaba de pasada durante la cena, ninguno de los cuales parecía encajar con el perfil de alguien dispuesto a arriesgarse tanto por avisar a una desconocida.

Pensó también, por primera vez, en la posibilidad de que la persona que enviaba los mensajes hubiera sido, en algún momento, víctima del propio Diego, alguien que conocía sus métodos porque los había sufrido en carne propia, y que ahora, incapaz de denunciarlo abiertamente por motivos que Marta todavía no alcanzaba a imaginar, había optado por esta vía indirecta, casi desesperada, para advertir a la siguiente persona en la línea de fuego.

La idea le produjo un escalofrío distinto al miedo habitual: no el miedo a lo desconocido, sino la compasión incómoda hacia alguien que quizás había pasado por algo parecido a lo que ella estaba viviendo ahora, sin nadie que le creyera, sin ningún cuaderno escondido en una taquilla que documentara su versión de los hechos.

Volvió a la cama con esa idea rondándole la cabeza, preguntándose si algún día llegaría a conocer la identidad de esa persona, y si cuando lo hiciera, encontraría en ella una aliada o, en cambio, una advertencia sobre lo que a ella misma podría llegar a pasarle si no actuaba con la suficiente rapidez.

Al día siguiente, aprovechando que le tocaba turno de tarde, Marta decidió hacer algo que llevaba tiempo posponiendo: buscar en internet, desde el ordenador público de la biblioteca municipal, información sobre la empresa donde trabajaba Diego.

La web corporativa mostraba lo esperado, un catálogo aséptico de servicios de auditoría y ciberseguridad dirigido a medianas empresas, con fotografías de oficinas luminosas y empleados sonrientes entre los que, en la sección de "nuestro equipo", encontró una fotografía pequeña de Diego, con el cargo de "Analista Senior de Riesgos Tecnológicos" bajo su nombre.

Buscó también menciones de la empresa en foros y noticias, y encontró, tras varias páginas de resultados irrelevantes, un hilo antiguo en un foro de exempleados de consultoras tecnológicas donde alguien, con un pseudónimo genérico, se quejaba de "prácticas cuestionables" en una empresa cuyo nombre coincidía con el de Diego, sin dar más detalles concretos, en un mensaje de hacía casi tres años que nadie había respondido.

Anotó la fecha y el nombre del foro en su cuaderno, consciente de que probablemente no llevara a ninguna parte, pero incapaz de descartar ningún hilo, por débil que pareciera, en la maraña que intentaba desenredar.

Leyó también, en ese mismo foro, otros hilos sobre la misma empresa: comentarios genéricos sobre horarios exigentes, sobre un ambiente de trabajo "tóxico pero bien pagado", nada que apuntara directamente a un fraude organizado, pero sí un patrón de insatisfacción que, cruzado con lo que ya sabía, le pareció menos inocente de lo que habría parecido meses atrás.

Encontró, en uno de los hilos, una respuesta breve de un usuario distinto al autor original que decía simplemente: "algunos hacen mejor en no hacer demasiadas preguntas ahí, hazme caso", sin más contexto, sin ninguna forma de identificar quién lo había escrito ni cuándo exactamente.

Copió el hilo completo, con fecha y usuarios, en una fotografía de la pantalla del ordenador público, y lo añadió a la carpeta digital que había empezado a construir en la cuenta de correo anónima, junto a la captura del quinto mensaje y las notas manuscritas de su cuaderno.

De vuelta a casa, con la mente todavía ocupada en la búsqueda, se cruzó por casualidad con una vecina del rellano de abajo, una mujer mayor llamada Pilar con la que apenas intercambiaba más que saludos de cortesía en el ascensor.

—Oye, hija, no sé si es cosa mía, pero llevo un tiempo viendo a tu marido salir muy tarde algunas noches, cuando tú ya debes de estar durmiendo. ¿Va todo bien?

La pregunta, formulada con la inocencia despreocupada de quien simplemente comenta lo que ha visto desde su ventana, cayó sobre Marta como una piedra más en el estanque cada vez más turbio de su vida.

Nunca había notado que Diego saliera de noche.

Ni una sola vez, en cuatro años de convivencia, se había despertado para encontrar la cama vacía a su lado.

—¿Estás segura de que era él? —preguntó, con un tono que esperaba sonara casual y que probablemente no lo logró en absoluto.

—Segurísima. Le reconozco el andar y ese abrigo azul marino que lleva siempre. Debe de ser una vez a la semana, más o menos, los martes creo. Como madrugo tanto para el perro...

Marta le dio las gracias, subió a casa con las piernas temblando, y esa noche, un martes precisamente, fingió dormir con más atención que nunca, decidida a comprobar con sus propios ojos si la vecina decía la verdad.