Nadie te va a creer Capítulo 2 La carpeta #2
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Capítulo 2 La carpeta #2

Marta dudó, con la taza de café caliente entre las manos, sopesando una vez más cuánto podía revelar sin poner en riesgo ni a Elena ni a sí misma.

—A veces uno simplemente presta atención a detalles que no sabe ni que está registrando —dijo finalmente, la misma explicación desgastada que ya había repetido tantas veces que empezaba a sonarle hueca incluso a ella misma.

—Bueno, sea lo que sea, te debo una grande. Si alguna vez necesitas algo, lo que sea, cuenta conmigo.

Marta guardó esa promesa, sin saber todavía cuánto la necesitaría en los meses siguientes, ni que Elena, cuando llegara el momento, cumpliría su palabra sin dudarlo ni un instante.

Antes de despedirse, Elena la sujetó del brazo con la mano sana, con una expresión súbitamente seria que contrastaba con el tono ligero de la conversación anterior.

—Oye, Marta. En serio. Si alguna vez necesitas ayuda de verdad, no de la que se ofrece por cortesía, sino de la que cuenta cuando las cosas se ponen feas, cuenta conmigo. No sé qué está pasando exactamente, pero algo me dice que esto no ha terminado.

Marta la miró, sorprendida por la perspicacia inesperada de una compañera con la que apenas había compartido, hasta entonces, más que turnos y cafés de máquina.

—Gracias, Elena. En serio.

—Y otra cosa. Si alguna vez me necesitas a mí, no a otra persona, específicamente a mí, es porque sabes que ya he pasado por algo que hace que entienda mejor que nadie lo que es no ser creída.

La frase, pronunciada sin más explicación, se quedó flotando entre ambas, y Marta, aunque no se atrevió a preguntar más en ese momento, la archivó con cuidado en su memoria, intuyendo que quizás, en algún futuro no muy lejano, tendría que volver sobre esas palabras con más atención de la que les prestaba en ese instante.

Lo que no sabía, lo que no podía saber todavía, era que esa misma noche, mientras ella vigilaba el teléfono esperando noticias de Cristina, Diego había estado despierto en el salón, con su propio portátil abierto, revisando algo en la pantalla con una concentración que no tenía nada que ver con el trabajo.

Al día siguiente, domingo, Cristina se pasó por el piso a devolverle en persona un libro que le había prestado meses atrás, y de paso, según dijo, para "ver con sus propios ojos que estaba bien de verdad".

Se sentaron en la cocina con café y las sobras de un bizcocho que Diego había horneado el día anterior, y Cristina, con la desenvoltura de quien lleva años de amistad acumulados, no tardó en ir al grano.

—A ver, cuéntame la verdad. Lo del ascensor de tu compañera, lo mío del sábado... ¿esto tiene que ver con algo que sabes y no me quieres contar?

Marta estuvo a punto, por segunda vez en pocas semanas, de soltarlo todo.

Notó cómo las palabras se le acumulaban en la garganta, listas para salir: *recibo mensajes de mi propio número que luego desaparecen, y todos se cumplen*.

Pero miró a Diego, que en ese momento entraba en la cocina a por más café, sonriente, ajeno en apariencia a la conversación, y algo se le cerró por dentro.

—Son cosas del trabajo —dijo en cambio—. Se me da bien anticipar cuándo va a fallar algo, será la costumbre de la UCI, donde tienes que adelantarte a que un paciente se complique antes de que ocurra.

Cristina no pareció muy convencida, pero no insistió, quizás por respeto, quizás porque prefería no forzar una conversación que intuía más delicada de lo que Marta estaba dispuesta a admitir.

Antes de irse, sin embargo, la cogió del brazo en el rellano, ya fuera del alcance de los oídos de Diego, y le dijo algo que Marta guardaría durante meses como una advertencia propia, esta vez sin necesidad de ningún mensaje fantasma.

—Sea lo que sea, si algún día necesitas contármelo de verdad, aquí estoy. Y si necesitas un sitio donde quedarte, sin preguntas, también.

En ese momento, Marta interpretó el ofrecimiento como una simple muestra de cariño entre amigas, el tipo de frase que se dice sin pensar demasiado en su alcance real.

Solo mucho más tarde entendería que Cristina, con la intuición fina de quien conoce a alguien desde hace más de una década, ya había empezado a sospechar que el problema de Marta no estaba en su cabeza, sino en algún lugar mucho más cercano y mucho más peligroso: dentro de las paredes de su propia casa.

Esa noche, después de que Cristina se marchara, Diego comentó, con la ligereza de quien hace una observación sin mayor trascendencia, que la había notado "muy unida a Cristina últimamente, casi como si necesitaras apoyarte en más gente de lo normal".

Marta no le dio importancia entonces. Con el tiempo, revisando mentalmente cada conversación de esos meses, entendería que ese comentario, aparentemente inocuo, había sido la primera piedra de un muro que Diego empezaría a levantar, ladrillo a ladrillo, entre ella y todas las personas capaces de creerle si algún día decidía contar la verdad completa.

Los meses siguientes trajeron una calma tensa, del tipo que se sostiene sobre un hilo que uno sabe que puede romperse en cualquier momento.

No llegaron más mensajes durante casi ocho semanas, un silencio que Marta no supo si agradecer o temer.

Intentó, en ese tiempo, recuperar cierta normalidad: volvió a quedar con Cristina para tomar café, aceptó turnos extra en el hospital para mantener la mente ocupada, incluso convenció a Diego de que hicieran una escapada de fin de semana a la costa, algo que llevaban posponiendo desde hacía un año.

Fue durante ese viaje cuando Marta empezó a notar las primeras grietas reales, no en su propia mente, sino en el comportamiento de Diego.

Estaban cenando en un restaurante junto al puerto, con las luces de los barcos reflejándose en el agua oscura, cuando Marta mencionó de pasada, sin darle mayor importancia, que quizás debería pedir cita con un neurólogo, solo para descartar algo, para tener la tranquilidad de que los "presentimientos" no eran síntoma de nada físico.

—No creo que sea necesario —dijo Diego, con una rapidez que a Marta le pareció, en retrospectiva, extraña—. Ya sabes cómo son estas cosas, si vas al médico te van a mandar mil pruebas, te van a asustar por nada. Ha sido estrés, coincidencias. Ya ha pasado.

—Pero han sido tres veces, Diego. Tres.

—Y las tres veces has tenido razón, lo cual es una locura estadística, ¿no? A lo mejor tienes una intuición muy desarrollada por el trabajo. No necesitas un neurólogo para eso.

Había algo en el tono, una suavidad calculada, casi persuasiva, que Marta no supo identificar en el momento pero que se le quedó grabada como una nota discordante en una melodía que hasta entonces había sonado perfecta.

Diego, el hombre práctico, el que resolvía todo con lógica y datos, de pronto no quería que ella buscara una explicación médica.

Prefería la palabra "intuición" a la palabra "sospecha", y "coincidencia" a "patrón".

No le dio más vueltas esa noche. El vino, la brisa del mar, la mano de Diego sobre la suya en la mesa, todo conspiraba para que Marta quisiera creer que estaban bien, que eran una pareja normal disfrutando de un fin de semana normal.

Pero de vuelta en casa, guardando la maleta, encontró algo que no encajaba: un cargador de teléfono, de un modelo que no reconocía, escondido en el fondo de la bolsa de aseo de Diego.

—¿Esto es tuyo? —le preguntó, sosteniéndolo en alto.

Diego tardó una fracción de segundo de más en responder.

—Es del trabajo. Un cable para pruebas de dispositivos antiguos. Lo llevo siempre por si acaso.

La explicación era plausible. Diego trabajaba con tecnología, tenía sentido que llevara cables raros.

Y sin embargo, algo en la rapidez con que había respondido, en la manera en que había cogido el cable de sus manos y lo había guardado en su propia mochila en lugar de dejarlo donde estaba, le dejó a Marta una sensación incómoda que no lograba nombrar del todo.

Empezó, sin ser plenamente consciente de ello, a observar a Diego de una manera distinta.

No con la desconfianza abierta de quien sospecha de una infidelidad, sino con la atención minuciosa de quien busca, sin saber muy bien qué, algo que no encaja.

Notó que Diego llevaba el teléfono con él incluso a la ducha, algo que antes no hacía.

Notó que a veces, cuando ella entraba en una habitación, él cerraba rápidamente la pantalla del portátil, con un gesto tan fluido que resultaba casi invisible si una no estaba prestando atención.

Notó, sobre todo, algo que la dejó helada una tarde de domingo: Diego, sin que ella se lo hubiera contado, sabía que el turno de Cristina en su trabajo había cambiado esa semana.

—¿Cómo sabes que Cristina cambió de turno? —le preguntó, casi sin pensarlo, mientras él comentaba de pasada que podían quedar con ella el jueves porque "ahora libraba ese día".

Diego se quedó callado un segundo, un segundo que a Marta le pareció eterno.

—Me lo dijiste tú, supongo.

—No, no te lo dije. Ni siquiera yo lo sabía hasta ayer.

—Habrá salido en algún grupo de WhatsApp, no sé, Marta, no le des tantas vueltas.

Pero Marta sí le dio vueltas. Esa noche, mientras Diego dormía, se quedó despierta mirando el techo, repasando mentalmente cada pequeño detalle de los últimos meses: la rapidez con que Diego restaba importancia a los mensajes, la negativa a que buscara una explicación médica, el cargador extraño, el conocimiento de datos que ella no le había proporcionado.

Ninguno de esos detalles, por separado, significaba nada.

Pero juntos empezaban a dibujar una forma, todavía borrosa, que ella no quería ver con claridad porque hacerlo implicaba una posibilidad demasiado terrible para nombrarla en voz alta, ni siquiera para sí misma.