Nadie te va a creer Capítulo 2 La carpeta
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Capítulo 2 La carpeta

La dirección del hospital abrió una investigación interna, rutinaria en apariencia, sobre el fallo del ascensor.

Pero alguien —nunca se supo quién exactamente, aunque Marta sospechaba de una auxiliar con quien había tenido roces meses atrás— mencionó en los pasillos que Marta había "predicho" el accidente.

La palabra corrió rápido, deformándose en cada boca: predicho se convirtió en "sabía algo", que se convirtió en "tiene algo que ver", que se convirtió, en boca de los más suspicaces, en una pregunta directa que un supervisor de recursos humanos le formuló en un despacho pequeño y mal ventilado.

—Marta, entendemos que le advertiste a Elena que no usara el ascensor. ¿Cómo sabías que iba a fallar?

—No lo sabía. Tuve un mal presentimiento.

—¿Un presentimiento tan específico como para nombrar el día, la hora y el ascensor exacto?

Marta no supo qué responder. La verdad sonaba a locura, y una verdad a medias sonaba a que ocultaba algo peor. Optó por el silencio, que en aquel despacho pequeño se interpretó como la peor de las respuestas posibles.

La investigación no llegó a ninguna conclusión formal —no había ninguna ley que prohibiera tener presentimientos—, pero el daño ya estaba hecho.

Las compañeras que antes charlaban con ella en el vestuario ahora la saludaban con una cordialidad más corta, más cuidadosa.

Ana, la única que de verdad le debía la vida, fue de las pocas que no cambió su trato, pero incluso ella, en un momento de confianza, le preguntó directamente:

—¿Hay algo que no me estás contando?

Marta estuvo a punto de contárselo todo. El mensaje, la desaparición del mensaje, la fecha exacta, el propio número de teléfono como remitente. Pero el miedo a la reacción —a ver en los ojos de Ana la misma sospecha que ya veía en los del resto del hospital— la detuvo de nuevo.

—Solo intuición de enfermera —dijo, con una sonrisa que no llegó a los ojos—. Años de trabajo te hacen fijarte en detalles.

Ana no insistió, pero tampoco pareció convencida del todo.

Aquella misma semana, un supervisor de recursos humanos la citó formalmente, esta vez con carácter oficial, para hablar de "su bienestar en el puesto de trabajo", un eufemismo que Marta reconoció de inmediato como el preámbulo de una advertencia disciplinaria disfrazada de preocupación institucional.

Se sentó frente a un hombre de mediana edad, con gafas pequeñas y una carpeta abierta sobre la mesa que contenía, adivinó, un resumen escrito de los rumores que llevaban semanas circulando.

—Marta, valoramos mucho tu trabajo aquí, quiero que quede claro. Pero nos han llegado varios comentarios sobre comportamientos que algunas compañeras describen como... inusuales. Predicciones, advertencias que luego se cumplen de forma que a la gente le resulta, cuanto menos, desconcertante.

—No he hecho nada que vaya contra el reglamento —respondió, con la voz más firme de la que se sentía capaz—. Advertir a una compañera de un peligro no es una falta.

—No estoy diciendo que lo sea. Pero entenderás que, si algún día ocurriera algo grave y se determinara que tenías conocimiento previo por vías que no puedes explicar, la situación podría complicarse mucho más allá de lo laboral.

La velada amenaza legal, envuelta en el lenguaje aséptico de un despacho de recursos humanos, le heló la sangre de un modo distinto al que le helaban los propios mensajes.

Entendió, saliendo de esa reunión, que su credibilidad ya no dependía solo de lo que ella pudiera demostrar, sino de la narrativa que otros —empezando quizás por el propio Diego— estuvieran construyendo a su alrededor sin que ella pudiera verlo del todo.

En casa, las cosas tampoco mejoraban. Diego había empezado a notar los cambios: el sueño irregular de Marta, las veces en que la sorprendía mirando fijamente el teléfono como si esperara que fuera a hacer algo por sí solo, el silencio cada vez más largo entre ellos durante la cena.

—¿Qué está pasando, Marta? Desde lo de Ana estás rarísima.

—Es solo estrés del trabajo. Lo de Elena me afectó.

—Pero llevas semanas así. Y encima esto de los rumores en el hospital, que si tú lo sabías, que si eres una especie de... no sé, no entiendo qué está pasando.

—Yo tampoco lo entiendo, Diego.

Fue lo más cerca que había estado de decir la verdad, y por un instante pensó que quizás debía continuar, abrir la puerta del todo y dejar que él viera lo que había dentro. Pero Diego, en lugar de presionar, suavizó el tono, se acercó y la abrazó.

—Oye. Sea lo que sea, estoy aquí. Si necesitas hablar con alguien, con un profesional, lo que sea, te apoyo. Solo dímelo.

El abrazo debería haberla tranquilizado.

En cambio, sintió una opresión extraña en el pecho, algo que no lograba nombrar, como si la amabilidad de Diego llevara un peso añadido que no sabía identificar.

Se dijo que era una tontería, producto del cansancio y la paranoia acumulada, y se dejó abrazar sin decir nada más.

El tercer mensaje no llegó hasta un mes después, y cuando lo hizo, cambió por completo las reglas del juego.

*No dejes que Cristina vuelva sola a casa el sábado por la noche. La van a atacar en el callejón junto al bar donde queda con sus amigas. Avísala, pero no le digas cómo lo sabes, o no te va a creer nadie. Ya lo sabes.*

Cristina era la mejor amiga de Marta desde la universidad, la persona con la que había compartido piso durante los años de carrera, la madrina de su hipotética boda futura si alguna vez llegaba a casarse con Diego.

Un mensaje sobre un coche o un ascensor defectuoso podía interpretarse, con esfuerzo, como un accidente que alguien había podido prever por causas racionales —un fallo mecánico documentado, un mantenimiento descuidado—.

Pero esto era distinto. Esto hablaba de un ataque.

De una persona, o varias, con intención de hacer daño.

Marta llamó a Cristina esa misma noche.

—Necesito que me prometas algo. El sábado, cuando salgas con tus amigas, no vuelvas sola. Que alguien te acompañe hasta la puerta de casa, o coge un taxi hasta el portal, pero no camines sola por la zona del bar donde soléis quedar.

—Marta, me estás asustando. ¿Ha pasado algo?

—No, pero por favor, hazme caso.

—¿Es por lo de Elena? Me enteré de lo del ascensor. ¿Tiene algo que ver?

Marta cerró los ojos. La red de coincidencias empezaba a ser demasiado visible, demasiado difícil de sostener con un simple "presentimiento".

—Cristina, prométemelo. Es lo único que te pido.

Cristina lo prometió, esta vez con más seriedad que Elena, quizás porque la conocía mejor, porque sabía que Marta no era de las que se alarmaban sin motivo.

El sábado por la noche, Marta no pudo dormir.

Se quedó despierta junto al teléfono, esperando una llamada, un mensaje, cualquier señal de que Cristina había llegado bien a casa.

A la una de la madrugada, un mensaje —esta vez real, esta vez de Cristina, con su nombre de siempre y su foto de perfil real— llegó por fin: *Ya en casa.

Todo bien. Un poco borracha jaja, gracias por preocuparte tanto mamá gallina. *

Marta soltó el aire que llevaba horas conteniendo.

Por primera vez desde el primer mensaje, la advertencia no se había cumplido.

O tal vez, pensó después, mientras por fin lograba dormir, se había cumplido precisamente porque ella había actuado a tiempo.

No lo sabría nunca con certeza. Y esa incertidumbre —no saber si estaba previniendo desastres o simplemente reaccionando a delirios propios— empezaba a pesarle más que cualquiera de los mensajes.

Los días posteriores al susto de Cristina trajeron consigo un extraño alivio mezclado con agotamiento.

Marta durmió mal durante casi una semana, despertándose a horas intempestivas con el corazón acelerado, convencida por un instante de haber escuchado el sonido de un mensaje entrante, para descubrir, al comprobar el teléfono, que solo había sido su propia ansiedad jugándole una mala pasada.

Empezó a evitar, sin darse cuenta, cualquier situación que pudiera parecer arriesgada: cambió su ruta habitual al trabajo por otra más larga pero, según su lógica cada vez más supersticiosa, más segura; dejó de coger el ascensor incluso en edificios que no tenían ninguna relación con el hospital; revisaba dos veces el cinturón de seguridad antes de arrancar el coche, como si el gesto pudiera protegerla de un peligro que ya sabía que no dependía de ningún cinturón.

Diego notó esos cambios, por supuesto, y los interpretó, o al menos así se lo hizo saber, como síntomas de un estrés laboral que se estaba desbordando.

—Deberías pedir unos días libres —le sugirió una noche, mientras la veía comprobar por tercera vez que la puerta de casa estuviera cerrada con llave—. No puedes vivir así, tan alerta todo el rato.

—Estoy bien, Diego. Solo cansada.

—No pareces cansada. Pareces asustada. ¿De qué tienes miedo, Marta?

La pregunta, formulada con una suavidad que en otro contexto podría haber sonado a genuina preocupación, se le quedó grabada durante días, resonando en su cabeza con un eco que no lograba interpretar del todo: ¿era la pregunta de un hombre que amaba a su pareja y la veía sufrir sin entender por qué, o la pregunta calculada de alguien que necesitaba medir, con precisión, cuánto sabía realmente la persona que dormía a su lado?

Esa misma semana, Marta decidió volver a visitar a Elena, que ya se había reincorporado parcialmente al trabajo con tareas administrativas ligeras mientras terminaba de recuperarse de la fractura de muñeca.

La encontró en la sala de descanso, revisando papeles con la mano sana, y se sentó a su lado con dos cafés de la máquina.

—¿Cómo llevas la muñeca?

—Mejorando, aunque el fisio dice que me quedará algo de rigidez para siempre. —Elena sonrió, sin rastro de rencor en la voz—. Pero podría haber sido mucho peor, y lo sé. Sigo sin entender cómo lo supiste.