Nadie te va a creer Capítulo 1 El primer mensaje #3
12%

Capítulo 1 El primer mensaje #3

Elena lo prometió, aunque con la mirada de quien promete algo para terminar una conversación incómoda, no porque realmente vaya a cumplirlo.

Marta lo supo en el momento, con la misma certeza fría con la que había sabido, semanas atrás, que no debía subir al coche de Ana.

Y aun así no pudo hacer nada más. No podía perseguir a Elena el viernes entero, plantarse delante del ascensor y bloquearle el paso físicamente sin parecer, en ese momento sí, completamente desequilibrada.

El viernes por la tarde, mientras terminaba su turno, Marta escuchó gritos al fondo del pasillo, seguidos del sonido metálico y grave de algo cayendo, de algo que no debía caer.

El ascensor del hospital viejo, con el cableado a medio revisar por la reforma, había cedido dos plantas mientras Elena estaba dentro, camino a buscar una caja de material que faltaba en la planta baja.

La cabina cayó apenas metro y medio antes de que los frenos de emergencia, obsoletos pero funcionales, la detuvieran con una sacudida brutal.

Elena salió con una fractura de muñeca, una contusión en la cabeza y un ataque de pánico que la dejó sin poder trabajar durante semanas. Viva. Pero rota.

Y otra vez, la misma pregunta en la mirada de todos cuando se supo que Marta le había advertido apenas dos días antes: ¿cómo lo sabías?

Marta no tenía respuesta. Solo tenía una captura de pantalla en su teléfono, un mensaje enviado desde su propio número que ella juraba no haber escrito, y la sensación creciente, imposible de ignorar ya, de que algo —o alguien— estaba observando su vida con un nivel de detalle que ninguna coincidencia podía explicar.

Fue a visitar a Elena al hospital esa misma tarde, cargando un ramo de flores comprado a toda prisa en el quiosco de la esquina, con la excusa perfecta de la compañera solidaria que se preocupa por una colega herida. Elena, todavía aturdida por los calmantes, la recibió con una sonrisa cansada.

—Menos mal que me lo dijiste. No sé por qué no te hice caso, la verdad. Debí hacértelo.

—No podías saberlo —respondió Marta, sintiendo el peso de la mentira a medias como una piedra en el estómago—. Nadie podía.

—¿Cómo lo supiste tú, entonces?

La pregunta, formulada sin ninguna intención de acusación, con la simple curiosidad de alguien agradecida, resultó sin embargo la más difícil de responder de todas las que le habían hecho hasta entonces.

Marta se limitó a encogerse de hombros, a musitar algo sobre corazonadas de enfermera, y cambió de tema hacia la recuperación, hacia cuánto tiempo tardaría en volver a caminar con normalidad.

De camino a casa, con las manos todavía temblando por la tensión acumulada de la visita, Marta se preguntó, no por primera vez, cuántas veces más tendría que sostener esa misma mentira a medias antes de que alguien, tarde o temprano, dejara de aceptarla sin más.

Esa misma semana, la dirección del hospital convocó una reunión informativa para todo el personal sobre el estado de las reformas en el ala vieja, tras el episodio del ascensor.

Un hombre de mantenimiento externo, contratado para evaluar los daños, explicó con diapositivas técnicas que el fallo se debía a un desgaste en el sistema de frenado que, según sus palabras, "cualquier inspección rutinaria mínimamente atenta debería haber detectado meses atrás".

Marta escuchó la explicación desde el fondo de la sala, atenta a cada palabra, buscando algo que confirmara o desmintiera la posibilidad de un sabotaje deliberado, pero el informe, redactado con el lenguaje neutro y evasivo de quien no quiere asumir responsabilidades legales, no aclaraba nada en ninguna dirección.

Al salir de la reunión, una de las supervisoras del turno de noche, una mujer mayor de trato brusco a la que Marta apenas conocía, la abordó en el pasillo con una mirada que no auguraba nada bueno.

—Tú eres la que avisó a Elena, ¿no? —preguntó, sin preámbulos.

—Sí.

—¿Y cómo sabías tú algo que ni el propio servicio de mantenimiento del hospital había detectado?

Marta sintió que el suelo del pasillo se volvía inestable bajo sus pies, la misma sensación de examen que ya empezaba a resultarle dolorosamente familiar.

—No lo sabía con certeza. Fue solo un mal presentimiento.

La supervisora la miró largamente, con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y algo parecido a la sospecha genuina, antes de alejarse sin decir nada más, dejando a Marta con la sensación helada de que, a partir de ese momento, cada movimiento suyo dentro del hospital sería observado con una lupa que antes no existía.

Esa noche, en casa, mientras preparaba la cena, Marta se sorprendió deseando, por primera vez desde que todo había empezado, que los mensajes dejaran de llegar del todo, que aquel episodio quedara atrás como una anomalía inexplicable de la que nunca volvería a saber nada más.

Sabía, sin embargo, con una certeza que no necesitaba de ningún mensaje del futuro para confirmarse, que ese deseo era tan inútil como pedirle a una tormenta que se detuviera a mitad de camino.

Diego llegó esa noche más tarde de lo habitual, con el nudo de la corbata aflojado y el cansancio visible de una jornada larga, y se sentó a la mesa sin preguntar apenas por el día de Marta, algo que en cualquier otro momento le habría llamado la atención y que esa noche, sumida en sus propias cavilaciones, apenas registró.

—¿Todo bien en el hospital? —preguntó él, casi por cortesía, mientras se servía la cena que ella había preparado.

—Los rumores de siempre. Nada nuevo.

—No dejes que te afecten. La gente necesita explicaciones sencillas para las cosas raras, y tú eres la explicación más sencilla que tienen a mano.

La frase, pronunciada con un tono que sonaba a consuelo genuino, se le quedó grabada a Marta durante el resto de la noche, resonando con un doble sentido que en ese momento no supo del todo si era real o imaginado: ¿se refería Diego a los rumores del hospital, o estaba, sin que ella pudiera todavía probarlo, hablando de un plan mucho más amplio en el que la propia Marta, con su reputación cada vez más deteriorada, encajaba a la perfección como la explicación sencilla de cualquier cosa que pudiera salir mal en el futuro?