Capítulo 1 El primer mensaje #2
Una tarde, mientras ordenaba el material del carro de curas, se sorprendió a sí misma calculando mentalmente cuántas coincidencias hacían falta para dejar de llamarse coincidencia.
No llegó a ninguna cifra. Solo a la certeza incómoda de que ya no volvería a mirar su vida cotidiana con la misma inocencia de antes.
Diego, por su parte, parecía completamente ajeno a esa nueva vigilancia interior que había empezado a habitar en ella.
Seguía siendo el mismo hombre de siempre: puntual, ordenado, cariñoso a su manera contenida, con esa costumbre de dejar una nota adhesiva en la nevera cuando salía temprano, un gesto que a Marta siempre le había parecido tierno y que ahora, sin saber bien por qué, empezaba a mirar con una atención distinta, casi forense, como si cada nota pudiera esconder algo más que un simple "he ido a por el pan, te quiero".
Un domingo por la tarde, mientras Diego dormía la siesta en el sofá, Marta se quedó observándolo desde la puerta de la cocina, con una taza de té entre las manos que ya se había enfriado.
Pensó en lo extraño que resultaba mirar a alguien que conoces de memoria, cada gesto, cada forma de respirar, y sentir, al mismo tiempo, que ya no sabes nada real sobre esa persona.
Se preguntó si esa sensación era nueva, provocada por el mensaje y todo lo que había desencadenado, o si en realidad llevaba tiempo latente, ignorada bajo la rutina cómoda de la convivencia, esperando solo la grieta adecuada para hacerse visible.
Se acercó al sofá, se sentó en el reposabrazos, y observó su rostro dormido durante un largo rato: la mandíbula relajada, las pestañas que apenas se movían, la respiración pausada de quien duerme sin ningún peso en la conciencia.
Si Diego escondía algo, pensó, lo escondía con una naturalidad que rozaba lo admirable, o lo aterrador, dependiendo del ángulo desde el que se mirara.
Le apartó un mechón de pelo de la frente, un gesto tierno que hizo casi por inercia, y él, sin despertarse del todo, sonrió levemente y murmuró algo ininteligible antes de seguir durmiendo.
Ese pequeño gesto de ternura inconsciente la dejó, esa tarde, más confundida que cualquier otra pista que hubiera encontrado hasta entonces.
Porque una parte de ella, la que llevaba cuatro años queriendo a ese hombre, todavía se resistía a aceptar que todo aquello pudiera ser mentira, y esa resistencia, se daría cuenta más adelante, sería uno de los obstáculos más difíciles de vencer en los meses que estaban por llegar.
Una noche, incapaz de dormir, se levantó y fue hasta el cuarto que usaban como despacho compartido, donde guardaban papeles del banco, facturas, la documentación del piso.
No sabía muy bien qué buscaba. Abrió un par de carpetas sin ningún plan concreto, hojeando extractos bancarios y contratos de suministros con una mezcla de vergüenza y determinación, hasta que el frío del suelo bajo sus pies descalzos la hizo desistir y volver a la cama, convencida de que estaba dejando que el miedo la arrastrara a comportarse como una desconocida de sí misma.
Se prometió, esa noche, que si no volvía a recibir ningún mensaje en las siguientes semanas, dejaría el asunto atrás.
Se lo atribuiría a una jugada extraña de la mente bajo estrés, a una coincidencia estadística improbable pero no imposible, y seguiría con su vida.
Fue una promesa que se hizo con la sinceridad de quien de verdad desea que se cumpla, aunque en el fondo, en un rincón que todavía no se atrevía a examinar del todo, ya intuía que el silencio no iba a durar.
Diego llegó de trabajar dos días después con una botella de vino y la sonrisa fácil de quien ha tenido una buena jornada.
Trabajaba como analista de seguridad en una consultora tecnológica, un empleo que Marta nunca había terminado de entender del todo —algo sobre auditorías, sobre encontrar agujeros en los sistemas antes de que otros los encontraran— pero que le daba a Diego una seguridad tranquila, casi aburrida, sobre el funcionamiento del mundo digital.
Nada lo sorprendía. Todo tenía una explicación técnica.
—¿Sabes lo de Ana? —le preguntó Marta mientras él abría la botella.
—Me lo contaste ayer. Menos mal que no fuiste con ella.
—Sí. Menos mal.
Se quedó mirándolo servir el vino, la manera relajada en que sus manos se movían, y pensó en contárselo todo: el mensaje, la desaparición del mensaje, la sensación de haber recibido una advertencia de un lugar que no debería existir.
Pero algo la detuvo. Tal vez fue el miedo a la mirada que pondría Diego, esa mirada de preocupación clínica con la que a veces la observaba cuando volvía agotada de turnos dobles, como si estuviera calculando cuánto podía aguantar antes de romperse.
—Diego —dijo en cambio—, ¿es posible que alguien mande un mensaje desde mi número sin que yo lo sepa? ¿Como... suplantación?
Él la miró con curiosidad, no con alarma.
—Depende. Si alguien clona la SIM, sí. Si accede a tu cuenta de mensajería desde otro dispositivo vinculado, también. ¿Por qué?
—Por nada. Cosas que dicen las compañeras del hospital. Paranoias.
—Bueno, si te preocupa, cambiamos las contraseñas y activamos verificación en dos pasos. Te lo dejo configurado este finde.
Fue amable, práctico, como siempre. Y sin embargo, esa noche, mientras se cepillaba los dientes, Marta se sorprendió mirando el teléfono de Diego, cargando sobre la mesilla de noche, con una desconfianza que no sabía de dónde venía y que la avergonzó de inmediato.
Era su pareja desde hacía cuatro años. Vivían juntos desde hacía dos.
No había ningún motivo racional para sospechar de él, y sin embargo la sospecha estaba ahí, pequeña y fría, agazapada en algún rincón de su cabeza.
Durante las siguientes semanas, la vida recuperó su ritmo normal.
Turnos en la clínica, la compra los sábados, cenas con amigos que cada vez espaciaban más por el cansancio acumulado de los dos.
Marta casi había logrado convencerse de que el mensaje había sido un episodio aislado, quizás explicable —Diego tenía razón, podía haber sido un fallo técnico, una app comprometida, cualquier cosa— cuando el segundo mensaje llegó.
En esas semanas de calma aparente, Marta retomó incluso una rutina que llevaba meses posponiendo: clases de yoga los martes por la tarde, en un pequeño estudio a diez minutos andando del piso, al que iba con una vecina del edificio de al lado a la que apenas conocía más allá de los saludos en el ascensor.
Diego, lejos de poner ningún impedimento, la animó activamente a retomarlas, incluso le regaló una esterilla nueva "para que no tengas excusa", un gesto que en su momento Marta interpretó como puro cariño y que, mirado después con otros ojos, encajaría con la imagen de un hombre que sabía exactamente cuándo aflojar la vigilancia para no levantar sospechas y cuándo, en cambio, apretarla sin que ella lo notara.
Fue durante una de esas clases de yoga, mientras sostenía una postura que llevaba semanas sin lograr del todo, cuando sintió, por primera vez desde el episodio del mensaje, una paz genuina, el tipo de calma que solo llega cuando el cuerpo se concentra tanto en el equilibrio físico que no queda espacio mental para nada más.
Salió de esa clase con una sensación de ligereza que hacía tiempo no experimentaba, casi convencida de que lo del coche de Ana había sido, después de todo, una jugada extraña de su propia mente bajo el estrés acumulado de años de turnos agotadores.
Esa sensación de calma duró exactamente hasta el martes siguiente.
Esta vez fue un martes, a media tarde, mientras estaba en el trabajo. Sintió la vibración en el bolsillo de la bata y, por algún motivo, supo antes de mirarlo qué iba a encontrar.
*Elena va a coger el ascensor del hospital viejo el viernes por la tarde. Dile que no lo haga. Por favor, esta vez avísala a tiempo.*
Elena era otra enfermera, más joven, recién llegada al equipo, con la que Marta apenas había cruzado un par de conversaciones más allá del trabajo.
El "hospital viejo" era el ala en obras, cerrada al público desde hacía meses por una reforma que no terminaba nunca, pero donde el personal a veces cruzaba por atajo para llegar más rápido a los almacenes.
Marta se quedó paralizada en medio del pasillo, con el teléfono todavía en la mano.
Esta vez el mensaje no desapareció al instante.
Pudo hacer una captura de pantalla, torpe, con los dedos temblando, antes de que —efectivamente, como la primera vez— la conversación se borrara sola unos minutos después, dejando solo esa imagen guardada en su galería como prueba de que no se lo había inventado.
Esa noche buscó a Elena por los pasillos hasta encontrarla en la sala de material, reponiendo cajas de guantes.
—Elena, sé que esto va a sonar rarísimo, pero necesito que me hagas caso en algo.
Elena la miró con la sonrisa educada de quien no conoce bien a alguien pero le tiene respeto profesional.
—Dime.
—El viernes, por la tarde, no cojas el ascensor del hospital viejo. El que está en la zona de obras.
—¿Por qué? ¿Está estropeado?
—No lo sé con certeza. Pero prométeme que no lo cogerás.
Elena entrecerró los ojos, mitad divertida, mitad incómoda.
—Vale... ¿es por algo que has oído? ¿Mantenimiento dijo algo?
Marta dudó. Podía mentir, inventar que había oído un comentario de los técnicos, algo plausible. Pero algo en ella —quizás el peso de lo que había pasado con Ana, quizás el instinto de no querer mentir dos veces sobre lo mismo— la empujó a decir una verdad a medias.
—Tuve una especie de presentimiento. Sé que suena a locura. Pero por favor, hazme caso.
La sonrisa de Elena se volvió más tensa.
—Marta, ¿estás bien? Últimamente te veo un poco... no sé, distraída.
—Estoy bien. Solo prométemelo.